Estoy leyendo a la Amanda Céspedes. Seca ella. Su libro, Niños con pataletas, adolescentes desafiantes debiera estar en el velador de toda madre, padre, tía aperrada, abuelo todoterreno y docente comprometido con su pega (el estante queda muy lejos y se puede perder entre tanto libro).
La verdad que hace tiempo estaba por comprármelo, pero había optado por los textos de RR.II. o de Marketing, como si adquirir un libro que le ayudara a uno a ser mejor madre, no fuera exponencialmente más importante que leer cosas que te aporten en lo profesional (y vaya que lo es).
Cuando conté que lo estaba leyendo y comencé a comentar algunos de los utilísimos consejos que ya he comenzado a poner en práctica con mis hijas en "edad preescolar", varios de mis interlocutores me miraron con cara de "pobrecita, sus hijas deben ser unos demonios tales que tiene que recurrir a los libros de autoayuda" o "como trabaja, no sabe ser buena madre, y piensa que unos textos de bolsillo la van a ayudar". Ya, puede que esté exagerando la nota y la gente no sea tan mal pensada como aquí describo, pero lo concreto es que me llamó profundamente la atención la falta de humildad y autocrítica de varios padres (aquí hablo en genérico). ¿Es que acaso pensamos que lo hacemos siempre el descueve? ¿que somos los mejores papás que nuestros hijos pueden tener?, ¿que nada es perfectible?, ¿que nacemos sabiendo?. No pues señores, nadie le enseña a uno a ser mamá o papá, y tal como le digo siempre a mis amigas cuando me manifiestan que están pensando en "encargar" (como si las guaguas las vendieran en el duty free), les digo lo mismo: "Ojo, que vienen sin garantía y sin manual".
A ver, ser mamá es MARAVILLOSO, es la oportunidad de encontrarle sentido a la vida todos los días y a cada rato; de mejorar la peor de las jornadas en la pega simplemente poniendo la llave en la puerta de la casa y sintiendo pasitos correr por el pasillo hacia nuestro encuentro; de reencontrarse con todas esas cosas simples y sorprendentes que creíamos perdidas en la caja negra que es la memoria adulta; de descubrir energía cuando creíamos que las preocupaciones cotidianas habían ya agotado nuestra cuota diaria. Pero vamos, que fácil no es.
El que diga que nunca ha perdido la paciencia, que tire la primera piedra... si hay alguien, por favor, que escriba un libro de autoayuda para hacerse millonario, dicte charlas en escuelas para padres o se vaya adonde pertenece (al planeta Marte, los mortales comunes y corrientes sólo sentiremos envidia por usted).
No se trata de contar hasta diez, de encerrarlos en la pieza hasta que se les pase la tontera, de dejarlos sin tele como consecuencia de su pataleta, o peor, de pegarles un correazo porque "nadie se muere de eso y se lo tenía bien merecido". Es mucho más complejo, integral y enriquecedor. Se trata simple -y complicadamente- de una invitación a entender la mente y la emocionalidad de nuestros hijos. "No existe en el mundo un niño o un adolescente que no desee transmutar sus pataletas, su rebeldía y su mala fama en gentileza y buena disposición", asegura Céspedes en su libro. Saben?, es cierto.
Mientras -y en lugar de procurar educarlos poniéndonos en su lugar-, caemos en facilismos como la negligencia o la desidia, porque estamos cansados de tanta trabajo y total "ya se les pasará". O nos dejamos llevar por el descontrol, los gritos y la reacción desmesurada, cuadro que vendría a constituirse en algo así como nuestra propia pataleta que lo único que consigue es angustiar más a nuestros hijos. No dije que fuera fácil, pero la promesa de convertir al pequeño demonio de tasmania en un adorable angelito, bien vale el esfuerzo.
Les cuento, muy humildemente, lo que a mí me ha funcionado tras la lectura del libro. Y ojo, que no es que antes yo fuera una madre desastrosa y negligente, es, sencillamente que todo ser humano es perfectible. Las madres también lo somos, aún cuando nos creamos las más secas sobre la faz de la tierra o nuestros hijos nos vean como la Chica Supersabia.
Yo pensaba que la hacía de lujo, cada vez que la de 3 años tenía pataleta, yo en lugar de gritarle o perder el control la "ignoraba" hasta que se calmaba (el proceso podía tardar de 5 minutos a 2 horas, con o sin público, en la casa un día domingo antes de comer o en la fila eterna del supermercado un viernes por la tarde). Resulta que mi "ignorarla" consistía, básicamente en dejarla llorar en el suelo y hacerle comentarios del tipo "No me la vas a ganar", o "pareces una guagua chica comportándote así". Pues bien, los niños -en varias ocasiones mucho más perceptivos, sabios y simples que uno- captan esa ironía, desdén y cuota de humillación en nuestras palabras. Resultado?, mis "inocentes" comentarios lo único que estaban logrando era atizar la ira pataletoza.
Hoy, sí, la ignoro (no la reto, ni corro a darle en el gusto), pero en vez de comentar ironías entre dientes y con los brazos cruzados como solía hacer, me quedo serena y acogedora junto a ella, le trasmito paz, le sonrío, la invito a jugar, le cambio el switch. Las pataletas duran menos, (no, no es que no las haya) y creo que ambas somos un poco más felices.
Porque no se trata de someternos a todos los caprichos de nuestros niños, bien saben que cuesta menos un sí que un no. Pero tampoco se trata de "someterlos" a ellos; son niños, son libres, son traviesos, son energía desbordante descubriendo el mundo. Debemos ser quienes los guien y los formen, no quienes los subyuguen. Eso, al menos yo, no nací sabiéndolo. Y si bien los 3 años y medio como madre me han desarrollado la intuición y la sabiduría, agradezco todo consejo, sugerencia y ayuda bien intencionada. ¿Quién no?
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jueves, 19 de agosto de 2010
Nadie nace sabiendo!
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