NOTA DE LA BLOGUERA:
He estado floja, lo sé, pero vuelvo en gloria y majestad con una bloguera invitada, y es de lujo, dejo con Uds. a una gran madre, esposa y profesional, y, por supuesto a una gran amiga. Ella está al otro lado de la cordillera, pero como verán, en todos lados se cuecen habas, o en este caso, se intenta hacer malabarismo entre los hijos, el marido y la pega... Acá va:
…Este es mi humilde homenaje. A todas aquellas mujeres que están solas con sus hijos a cargo, sin maridos ni círculo cercano que las contenga y apoye. Sin más sostén que sus propios brazos y su corazón abierto para dar, cada minuto que pasa, más amor a sus hijos.
Pude acercarme mínimamente a esa realidad esta semana, al tener una nueva experiencia de “madre a cargo de casa e hijos” por una semana, con dos niños: una niña próxima a cumplir los 4 (Clara) y un bebé de 8 meses (José Ignacio).
Sin ser una feminista de vanguardia, les aseguro que después de esta, mi segunda experiencia con los dos chicos sola, no puedo dejar de pensar en todas aquellas madres que andan solas por la vida (quiero decir sin pareja) y que heroicamente se hacen cargo de sus hijos trabajando, estudiando y/o ejerciendo sus profesiones.
La mía fue una experiencia chiquita. La de ellas, en muchos casos les tomará toda su vida.
Me quedé sola estoicamente a cargo del barco desde un sábado cualquiera hasta el sábado siguiente. Otro viaje más de trabajo de mi maridito me puso nuevamente ante el desafío de lo que creo nos sale de entrada: “yo me la puedo”….aunque pensándolo bien: AUXILIO, SOCORRO, necesito de más manos que me ayuden a atajar lo que por momentos es un manicomio, un caos ensordecedor o un concierto de múltiples voces en distintos tonos musicales o estruendosos, como prefiera mirarlo.
¿Quién? Familia? No tengo acá lamentablemente. La de mi marido es chica y casi que no cuenta para estos menesteres. De hecho, hace un mes que les anticipé de este viaje a mi cuñada y suegro y de la primera sólo tuve un “sí, cualquier cosa arreglamos con papá”. Ah!, pero igualmente debo agradecer que se dieron una vuelta la segunda noche, porque ella tenía que aprovechar de sacar unas medidas de ventanas para su curso de confección de cortinas. Entonces, como las necesitaba se autoinvitaron a comer el domingo (aunque me traían una pizza, claro). Pero como teníamos un cumple con Clara y el tiempo no iba a dar, lo dejamos para la tarde-noche y me dieron una mano con la comida y baño de los chicos. Y sería todo, “suerte, cualquier cosa llamanos!”.
También debo agradecer que vino dos noches nuestra amiga que nos da una mano con estos menesteres infantiles y hogareños (este es uno de sus trabajos). Así que primera premisa: no quejarse. Recuerda: esto es sólo por una semana, hay mujeres que lo viven toda su vida.
Comenzamos el sábado: una jornada donde Clara estuvo bastante contenida gracias a una amiguita que vino a jugar a casa.
El domingo “el” programa fue el cumpleaños de una amiguita del jardín de Clara, así que todo el día fue en función de eso. “Yo la llevo y la traigo”, me ofreció una mamá del jardín amablemente, “así tu descansas, duermes la siesta o lo que quieras hacer”. Siesta? De qué me hablan!, ya no sé lo que es eso!, nunca fui fan de siestas y menos después de tener hijos!!!. Cuando lo he intentado justo se despiertan o pasa algo y me quedo con un humor peor que si no me hubiera acostado. “Mira, mi programa esta semana son ellos, así que gracias, no te preocupes!”, le dije.
Y empezamos la semana: lunes y martes bien aunque al más chico se le alteraron sus rutinas de sueño por la tarde, con lo cual, sólo me dedicaba a hacerlo dormir y terminé a las noches con los brazos y espalda hechos trizas. A esto se suma que Clarita se hace pis por las noches cuando “emocionalmente” no está bien (cuando la hemos retado por algo o cuando está triste por extrañar, como en este caso), con lo cual para “asegurarme” de que aquel evento no ocurriera, la llevaba a hacer pis dormida antes de ir a acostarme yo. Pero zas! No llegué al segundo día y ya se había hecho pis minutos antes de que la llevara (me dí cuenta porque su ropa mojada y la cama meados estaban calentitos…) si, un asco, peor fue sacarla de ahí dormida para lavarla considerando que la niñita ronda los 20 kilos. Y no se despertó nunca!.
Miércoles: control de José Ignacio y cuando volvíamos, zas!, el evento que tenía que pasar: un pequeño accidente de Clarita. A correr con ella a la guardia médica ni bien llegué con José Ignacio y por supuesto ese día se quedó sin ir al jardín. Un golpe que pudo haber terminado en fractura pero que se curó bancándose los llantos, con cremitas, jarabe desinflamatorio y parches curitas sicológicos (sólo tienen ese efecto, porque no los necesitaba en realidad). “Todo sigue bajo control”, me seguí diciendo.
Jueves: Clarita de vuelta al jardín. Mi suegro que vino para llevarla y de paso le pedí que se quedara “un ratito” con Josesito mientras dormía la siesta para poder hacer algunas compras en el súper lo cual implica: ir hasta allá, cargar rápidamente el carrito sin que se olviden las cosas (olvídense de la listita escrita en papel a estas alturas), cargarlas en el auto, volver hasta casa y descargar todo para acomodarlo en su lugar. Ay como amo ir al súper!!! Un programón!!!!
Ya para eso se hizo la hora para reitrar a Clarita del jardín. Nos fuimos con José Ignacio y terminamos en una placita con juegos porque ir a otro lugar a veces es mejor que pasar 4 horas en casa hasta que se termina el día.
Y llegamos al viernes, la mayor ya no puede andar más pegote conmigo. El enano sigue peleándose para no dormir la siesta (y después anda de mal humor por no dormir). Ya no queda nada, es la última noche y mañana al mediodía llegará papá.
Debo decir que mucho de lo que ocurrió esta semana fue “una cuestión de actitud” como diría el gran Fito. Actitud de: no amurrarse por no estar en ese privilegiado lugar en el que está mi esposo (no me refiero sólo a Europa, sino al lugar que tiene en su trabajo), visitando lugares hermosos y ser “alguien importante” que envían con gastos pagados, cuando yo estoy sin trabajo hace meses y soy tan profesional que él. Es decir, actitud de NO A LA ENVIDIA. Esto es una etapa y seguro que si estuviera trabajando el reclamo sería “quiero pasar más horas con mis hijos” (al final, siempre estamos desconformes).
Actitud de “esto no me sobrepasará, tengo todo bajo control”. Aunque el enano de 8 meses grite como si lo estuvieran ahorcando porque algo no le gusta, con Clarita que no para de saltar y correr por todos lados, mientras yo intento cocinar.
Actitud de no romper rutinas: entonces, mientras se baña Clarita, a José Ignacio ponerlo en el coche en la puerta del baño para que mire y no se sienta solo…y mientras lo baño a él, dejar a la más grande en la cama reencontrarse con algún cuento que hace mucho no veía…Las rutinas de: comida, baño, cuento (a la más grande), pecho (al chiquitín) y a dormir no podían faltar esta semana. Ya bastante es que el padre esté ausente estos días. Sí, podía hacer todo eso en simultáneo, sólo tenía que enfrentarme a la situación…..aunque ahora necesite por lo menos otra semana más para reponerme.
En fin, actitud. Una gran lección de esta semana ha sido que esa contención que necesitan los chicos en gran parte se logra ESTANDO, tirándose al piso, jugando, siendo (aunque sea por momentos), como niños. Así te ganas su escucha, que te hagan caso, hay más capacidad de negociación. ENTENDIENDO que a veces están cansados, que tienen sueño y que van entonces a ponerse a llorar por cualquier cosa y que lo mejor es hacerlos reír o desviar su atención y no enojarse. Y sobre todo, MANTENIENDO LA CALMA.
Más que autocompadecerme (no es la idea), sólo quería compartir algunos aprendizajes de lo vivido. Estoy cansada, muy cansada. Quisiera que mi marido a su vuelta me lleve a alguna salida solos, sin niños, irme a caminar por un paisaje bello, comprarme maquillajes y preocuparme de la depilación que no he podido hacerme, el pelo que no me he podido cortar, repito, sin niños. No porque me los quiera sacar de encima, LOS AMO y haría lo que fuera por ellos, pero las mujeres necesitamos estar plenas en todas nuestras dimensiones: mamás, profesionales, esposas, amigas, lindas y bellas. Somos un todo y no sólo la suma de las partes. Necesitamos tiempo para nosotras, para desarrollarnos profesionalmente, para hacernos cargo de nuestra casa, y sobre todo, para estar con nuestros hijos. Estoy segura que muchas mamás que trabajan darían lo que fueran por pasar el tiempo que yo he tenido estos meses con mis hijos, pero créanme que el equilibrio para nosotras es lo mejor.
Y por otro lado, sigo pensando en aquellas mujeres que viven esto no sólo una semana sino su vida completa. Y le dan la vuelta a la vida y son felices por ver crecer a sus hijos y sus hijos ven en ellas la protección, la seguridad y el amor pleno que necesitan para crecer. Créanme que las admiro. Y este fue mi humilde homenaje para ellas.
lunes, 27 de diciembre de 2010
jueves, 19 de agosto de 2010
Nadie nace sabiendo!
Estoy leyendo a la Amanda Céspedes. Seca ella. Su libro, Niños con pataletas, adolescentes desafiantes debiera estar en el velador de toda madre, padre, tía aperrada, abuelo todoterreno y docente comprometido con su pega (el estante queda muy lejos y se puede perder entre tanto libro).
La verdad que hace tiempo estaba por comprármelo, pero había optado por los textos de RR.II. o de Marketing, como si adquirir un libro que le ayudara a uno a ser mejor madre, no fuera exponencialmente más importante que leer cosas que te aporten en lo profesional (y vaya que lo es).
Cuando conté que lo estaba leyendo y comencé a comentar algunos de los utilísimos consejos que ya he comenzado a poner en práctica con mis hijas en "edad preescolar", varios de mis interlocutores me miraron con cara de "pobrecita, sus hijas deben ser unos demonios tales que tiene que recurrir a los libros de autoayuda" o "como trabaja, no sabe ser buena madre, y piensa que unos textos de bolsillo la van a ayudar". Ya, puede que esté exagerando la nota y la gente no sea tan mal pensada como aquí describo, pero lo concreto es que me llamó profundamente la atención la falta de humildad y autocrítica de varios padres (aquí hablo en genérico). ¿Es que acaso pensamos que lo hacemos siempre el descueve? ¿que somos los mejores papás que nuestros hijos pueden tener?, ¿que nada es perfectible?, ¿que nacemos sabiendo?. No pues señores, nadie le enseña a uno a ser mamá o papá, y tal como le digo siempre a mis amigas cuando me manifiestan que están pensando en "encargar" (como si las guaguas las vendieran en el duty free), les digo lo mismo: "Ojo, que vienen sin garantía y sin manual".
A ver, ser mamá es MARAVILLOSO, es la oportunidad de encontrarle sentido a la vida todos los días y a cada rato; de mejorar la peor de las jornadas en la pega simplemente poniendo la llave en la puerta de la casa y sintiendo pasitos correr por el pasillo hacia nuestro encuentro; de reencontrarse con todas esas cosas simples y sorprendentes que creíamos perdidas en la caja negra que es la memoria adulta; de descubrir energía cuando creíamos que las preocupaciones cotidianas habían ya agotado nuestra cuota diaria. Pero vamos, que fácil no es.
El que diga que nunca ha perdido la paciencia, que tire la primera piedra... si hay alguien, por favor, que escriba un libro de autoayuda para hacerse millonario, dicte charlas en escuelas para padres o se vaya adonde pertenece (al planeta Marte, los mortales comunes y corrientes sólo sentiremos envidia por usted).
No se trata de contar hasta diez, de encerrarlos en la pieza hasta que se les pase la tontera, de dejarlos sin tele como consecuencia de su pataleta, o peor, de pegarles un correazo porque "nadie se muere de eso y se lo tenía bien merecido". Es mucho más complejo, integral y enriquecedor. Se trata simple -y complicadamente- de una invitación a entender la mente y la emocionalidad de nuestros hijos. "No existe en el mundo un niño o un adolescente que no desee transmutar sus pataletas, su rebeldía y su mala fama en gentileza y buena disposición", asegura Céspedes en su libro. Saben?, es cierto.
Mientras -y en lugar de procurar educarlos poniéndonos en su lugar-, caemos en facilismos como la negligencia o la desidia, porque estamos cansados de tanta trabajo y total "ya se les pasará". O nos dejamos llevar por el descontrol, los gritos y la reacción desmesurada, cuadro que vendría a constituirse en algo así como nuestra propia pataleta que lo único que consigue es angustiar más a nuestros hijos. No dije que fuera fácil, pero la promesa de convertir al pequeño demonio de tasmania en un adorable angelito, bien vale el esfuerzo.
Les cuento, muy humildemente, lo que a mí me ha funcionado tras la lectura del libro. Y ojo, que no es que antes yo fuera una madre desastrosa y negligente, es, sencillamente que todo ser humano es perfectible. Las madres también lo somos, aún cuando nos creamos las más secas sobre la faz de la tierra o nuestros hijos nos vean como la Chica Supersabia.
Yo pensaba que la hacía de lujo, cada vez que la de 3 años tenía pataleta, yo en lugar de gritarle o perder el control la "ignoraba" hasta que se calmaba (el proceso podía tardar de 5 minutos a 2 horas, con o sin público, en la casa un día domingo antes de comer o en la fila eterna del supermercado un viernes por la tarde). Resulta que mi "ignorarla" consistía, básicamente en dejarla llorar en el suelo y hacerle comentarios del tipo "No me la vas a ganar", o "pareces una guagua chica comportándote así". Pues bien, los niños -en varias ocasiones mucho más perceptivos, sabios y simples que uno- captan esa ironía, desdén y cuota de humillación en nuestras palabras. Resultado?, mis "inocentes" comentarios lo único que estaban logrando era atizar la ira pataletoza.
Hoy, sí, la ignoro (no la reto, ni corro a darle en el gusto), pero en vez de comentar ironías entre dientes y con los brazos cruzados como solía hacer, me quedo serena y acogedora junto a ella, le trasmito paz, le sonrío, la invito a jugar, le cambio el switch. Las pataletas duran menos, (no, no es que no las haya) y creo que ambas somos un poco más felices.
Porque no se trata de someternos a todos los caprichos de nuestros niños, bien saben que cuesta menos un sí que un no. Pero tampoco se trata de "someterlos" a ellos; son niños, son libres, son traviesos, son energía desbordante descubriendo el mundo. Debemos ser quienes los guien y los formen, no quienes los subyuguen. Eso, al menos yo, no nací sabiéndolo. Y si bien los 3 años y medio como madre me han desarrollado la intuición y la sabiduría, agradezco todo consejo, sugerencia y ayuda bien intencionada. ¿Quién no?
La verdad que hace tiempo estaba por comprármelo, pero había optado por los textos de RR.II. o de Marketing, como si adquirir un libro que le ayudara a uno a ser mejor madre, no fuera exponencialmente más importante que leer cosas que te aporten en lo profesional (y vaya que lo es).
Cuando conté que lo estaba leyendo y comencé a comentar algunos de los utilísimos consejos que ya he comenzado a poner en práctica con mis hijas en "edad preescolar", varios de mis interlocutores me miraron con cara de "pobrecita, sus hijas deben ser unos demonios tales que tiene que recurrir a los libros de autoayuda" o "como trabaja, no sabe ser buena madre, y piensa que unos textos de bolsillo la van a ayudar". Ya, puede que esté exagerando la nota y la gente no sea tan mal pensada como aquí describo, pero lo concreto es que me llamó profundamente la atención la falta de humildad y autocrítica de varios padres (aquí hablo en genérico). ¿Es que acaso pensamos que lo hacemos siempre el descueve? ¿que somos los mejores papás que nuestros hijos pueden tener?, ¿que nada es perfectible?, ¿que nacemos sabiendo?. No pues señores, nadie le enseña a uno a ser mamá o papá, y tal como le digo siempre a mis amigas cuando me manifiestan que están pensando en "encargar" (como si las guaguas las vendieran en el duty free), les digo lo mismo: "Ojo, que vienen sin garantía y sin manual".
A ver, ser mamá es MARAVILLOSO, es la oportunidad de encontrarle sentido a la vida todos los días y a cada rato; de mejorar la peor de las jornadas en la pega simplemente poniendo la llave en la puerta de la casa y sintiendo pasitos correr por el pasillo hacia nuestro encuentro; de reencontrarse con todas esas cosas simples y sorprendentes que creíamos perdidas en la caja negra que es la memoria adulta; de descubrir energía cuando creíamos que las preocupaciones cotidianas habían ya agotado nuestra cuota diaria. Pero vamos, que fácil no es.
El que diga que nunca ha perdido la paciencia, que tire la primera piedra... si hay alguien, por favor, que escriba un libro de autoayuda para hacerse millonario, dicte charlas en escuelas para padres o se vaya adonde pertenece (al planeta Marte, los mortales comunes y corrientes sólo sentiremos envidia por usted).
No se trata de contar hasta diez, de encerrarlos en la pieza hasta que se les pase la tontera, de dejarlos sin tele como consecuencia de su pataleta, o peor, de pegarles un correazo porque "nadie se muere de eso y se lo tenía bien merecido". Es mucho más complejo, integral y enriquecedor. Se trata simple -y complicadamente- de una invitación a entender la mente y la emocionalidad de nuestros hijos. "No existe en el mundo un niño o un adolescente que no desee transmutar sus pataletas, su rebeldía y su mala fama en gentileza y buena disposición", asegura Céspedes en su libro. Saben?, es cierto.
Mientras -y en lugar de procurar educarlos poniéndonos en su lugar-, caemos en facilismos como la negligencia o la desidia, porque estamos cansados de tanta trabajo y total "ya se les pasará". O nos dejamos llevar por el descontrol, los gritos y la reacción desmesurada, cuadro que vendría a constituirse en algo así como nuestra propia pataleta que lo único que consigue es angustiar más a nuestros hijos. No dije que fuera fácil, pero la promesa de convertir al pequeño demonio de tasmania en un adorable angelito, bien vale el esfuerzo.
Les cuento, muy humildemente, lo que a mí me ha funcionado tras la lectura del libro. Y ojo, que no es que antes yo fuera una madre desastrosa y negligente, es, sencillamente que todo ser humano es perfectible. Las madres también lo somos, aún cuando nos creamos las más secas sobre la faz de la tierra o nuestros hijos nos vean como la Chica Supersabia.
Yo pensaba que la hacía de lujo, cada vez que la de 3 años tenía pataleta, yo en lugar de gritarle o perder el control la "ignoraba" hasta que se calmaba (el proceso podía tardar de 5 minutos a 2 horas, con o sin público, en la casa un día domingo antes de comer o en la fila eterna del supermercado un viernes por la tarde). Resulta que mi "ignorarla" consistía, básicamente en dejarla llorar en el suelo y hacerle comentarios del tipo "No me la vas a ganar", o "pareces una guagua chica comportándote así". Pues bien, los niños -en varias ocasiones mucho más perceptivos, sabios y simples que uno- captan esa ironía, desdén y cuota de humillación en nuestras palabras. Resultado?, mis "inocentes" comentarios lo único que estaban logrando era atizar la ira pataletoza.
Hoy, sí, la ignoro (no la reto, ni corro a darle en el gusto), pero en vez de comentar ironías entre dientes y con los brazos cruzados como solía hacer, me quedo serena y acogedora junto a ella, le trasmito paz, le sonrío, la invito a jugar, le cambio el switch. Las pataletas duran menos, (no, no es que no las haya) y creo que ambas somos un poco más felices.
Porque no se trata de someternos a todos los caprichos de nuestros niños, bien saben que cuesta menos un sí que un no. Pero tampoco se trata de "someterlos" a ellos; son niños, son libres, son traviesos, son energía desbordante descubriendo el mundo. Debemos ser quienes los guien y los formen, no quienes los subyuguen. Eso, al menos yo, no nací sabiéndolo. Y si bien los 3 años y medio como madre me han desarrollado la intuición y la sabiduría, agradezco todo consejo, sugerencia y ayuda bien intencionada. ¿Quién no?
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viernes, 30 de julio de 2010
Lo que a mí me funciona
Mi Facebook dice desde ayer algo así: "Dos controles esta semana, la próxima examen de y control del ramo nuevo y la siguiente, examen de nuevo, ¿No será mucho?". Ante este autodiagnóstico y su poco glamorosa declaración pública en la web, ha resultado por decir lo menos, gracioso, ver cómo las personas declaran que "Les Gusta" mi estado, como si la desgracia ajena fuera motivo de alegría... bueno, pensándolo bien,nuestra cultura chilensis siempre ha sido un poco así. Hay cierto morbo en el padecimiento del otro.
Como sea, prefiero pensar que a mis contactos virtuales les "gusta" no mi sufrimiento académico, sino más bien el hecho que esté estudiando, perfeccionándome, adquiriendo más competencias profesionales o el eufenismo que quieran usar para decir que estoy reventada entre clases, análisis de casos, libros y papers.
Lo aún más wako es que un amigo, de hecho, mi mejor amigo, comentó mi estado del face poniendo el detalle de los exámenes, certámenes y presentaciones que él tiene esta semana en su MBA (con ramos que, al menos en el papel, suenan más peludos que los míos), como broche de oro luego de la enumeración, posteó la siguiente frase: "¿Cómo te quedó el ojo?"
Yo, muy digna, le contesté que el ojo me había quedado exactamente igual (chico y rojo de tanto leer) porque mal que mal el es soltero, se está cambiando de pega y no es papá. Y yo, yo bueno, soy mamá, esposa, dueña de casa, profesional, docente y ahora, además, estudiante otra vez.
Como si fuera poco, la pega estas semanas ha estado fatal, entre la mucha que hay y los cambios al interior de la empresa en los niveles gerenciales, que hacen que de mi jefatura directa para arriba todos anden medio saltones.
Ojo, no me quejo, yo me metí en este baile solita y mi única alternativa es hacerme cargo de mi nueva etapa de estudiante, no hay de otra. Sin embargo, la catarsis es necesaria. No se trata de andar de víctima por la vida, pero un poquito de empatía tampoco anda mal.
Para colmo, como soy reñoña (el ñoña ya me quedó chico) estoy fichando los textos y haciendo resúmenes. Según algunos, sólo me falta subrayarlos con lapicitos rosados con olor a frutilla. La verdad es que los lapicitos que ocupo son plumones fosforescentes y no tienen aroma, pero la última vez que un colega me vio estudiar -con subrayado incluido- se burló de mí, con un comentario que no recuerdo bien, pero que básicamente me comparaba con aquel pasaje de la película "Legalmente Rubia" en el que la protagonista entrega su curriculum en un muy singular papel rosa perfumado.. Alla él, pensé. Momento seguido, el espíritu santo de posó sobre mí y recordé las palabras sabias, y quizás hasta premonitorias que un doctor amigo de mi familia -con la nada despreciable suma de 12 hijos (no, no es opus)- me regaló hace ya casi 10 años atrás. Cenábamos en su casa junto a mi actual marido (entonces apenas mi pololo) y no pude evitar consultar por el silencio monástico que reinaba en el hogar a las 10 de la noche (recuerden, 12 hijos). El prolífico padre se limitó a contestar: "mantén el orden, que el orden te mantendrá".
Tras 9 años como profesional, 5 como esposa y poco más de 3 como madre, mentiría si digo que he aplicado el precepto al pie de la letra. En efecto, creo que he estado más bien lejos de él... probablemente como muchas de ustedes pierdo con facilidad el celular, llaves, agendas, tarjetas de invitaciones a cumpleaños de las niñas, trabas (no sé cuántas veces alguna de las tres cadenas de farmacias, coludidas hasta en el precio de los collets, me han visto ir por un set de pinches de colores con florcitas o mariposas para las ñiñas).
Sin embargo, tengo cosas que sí me resultan. De un tiempo a esta parte -probablemente con la edad y el conocimiento de sí misma que sólo dan los años- he asumido que tengo una memoria de elefante para algunas cosas (por ejemplo, soy excelente fisonomista, no olvido un nombre y aplico "ni perdón ni olvido" a una traición). Pero también sé que tengo recuerdos demasiado frágiles para ciertas cosas prácticas que una buena madre y profesional debiera, en lo posible, retener. Vieron la película Memento???. Pues algo así (aunque no estoy para tatuarme todavía).
Ergo, soy pseudo adicta a los posit, tengo una pizarra en mi oficina, anoto todo en la agenda y apenas me comprometo para algo, le digo a mi asistente -incluso antes de cortar el teléfono- cuál fue el compromiso recién adquirido para las próximas horas, semanas o meses. Me mando correos a mí misma y tengo una carpeta PENDIENTE en el outlock. Soy de las que ocupa Facebook para ver los cumpleaños y le pido a la tía del jardín que anote todo lo que sea necesario en el cuaderno de mi hija mayor, el refrigerador de mi casa parece diario mural y cada vez que voy a Casa & Ideas salgo con un nuevo set de imanes, porque nunca son suficientes para los mil recaditos que debo anotar a diario.
Y sí, tengo poco tiempo para estudiar, curso el diploma en medio de mamaderas, pañales, jardín, pega, compras del super y un cuantohay más.
Mis hijas me interrumpen en medio del estudio con un "mamá pipí" (la mayor) o simplemente con un aroma a caca indicándome que es momento de mudar (la menor). En algunas ocasiones, llaman para pedirme brazos o simplemente un nanai en la dodilla. Entonces interrumpo de sopetón la lectura y soy 100% madre, la retomo cuando puedo y vuelvo rápido al párrafo o idea antes abandonada. Por qué? porque mis papers están subrayados con lápices fosforescentes. Porque no mantengo "el orden", pero si trato de mantener "mi orden". Porque es lo que a mí me funciona. Y el que diga que soy ñoña, que trate de ser multifuncional primero y luego vea si todavía quiere tirar la primera piedra.
Como sea, prefiero pensar que a mis contactos virtuales les "gusta" no mi sufrimiento académico, sino más bien el hecho que esté estudiando, perfeccionándome, adquiriendo más competencias profesionales o el eufenismo que quieran usar para decir que estoy reventada entre clases, análisis de casos, libros y papers.
Lo aún más wako es que un amigo, de hecho, mi mejor amigo, comentó mi estado del face poniendo el detalle de los exámenes, certámenes y presentaciones que él tiene esta semana en su MBA (con ramos que, al menos en el papel, suenan más peludos que los míos), como broche de oro luego de la enumeración, posteó la siguiente frase: "¿Cómo te quedó el ojo?"
Yo, muy digna, le contesté que el ojo me había quedado exactamente igual (chico y rojo de tanto leer) porque mal que mal el es soltero, se está cambiando de pega y no es papá. Y yo, yo bueno, soy mamá, esposa, dueña de casa, profesional, docente y ahora, además, estudiante otra vez.
Como si fuera poco, la pega estas semanas ha estado fatal, entre la mucha que hay y los cambios al interior de la empresa en los niveles gerenciales, que hacen que de mi jefatura directa para arriba todos anden medio saltones.
Ojo, no me quejo, yo me metí en este baile solita y mi única alternativa es hacerme cargo de mi nueva etapa de estudiante, no hay de otra. Sin embargo, la catarsis es necesaria. No se trata de andar de víctima por la vida, pero un poquito de empatía tampoco anda mal.
Para colmo, como soy reñoña (el ñoña ya me quedó chico) estoy fichando los textos y haciendo resúmenes. Según algunos, sólo me falta subrayarlos con lapicitos rosados con olor a frutilla. La verdad es que los lapicitos que ocupo son plumones fosforescentes y no tienen aroma, pero la última vez que un colega me vio estudiar -con subrayado incluido- se burló de mí, con un comentario que no recuerdo bien, pero que básicamente me comparaba con aquel pasaje de la película "Legalmente Rubia" en el que la protagonista entrega su curriculum en un muy singular papel rosa perfumado.. Alla él, pensé. Momento seguido, el espíritu santo de posó sobre mí y recordé las palabras sabias, y quizás hasta premonitorias que un doctor amigo de mi familia -con la nada despreciable suma de 12 hijos (no, no es opus)- me regaló hace ya casi 10 años atrás. Cenábamos en su casa junto a mi actual marido (entonces apenas mi pololo) y no pude evitar consultar por el silencio monástico que reinaba en el hogar a las 10 de la noche (recuerden, 12 hijos). El prolífico padre se limitó a contestar: "mantén el orden, que el orden te mantendrá".
Tras 9 años como profesional, 5 como esposa y poco más de 3 como madre, mentiría si digo que he aplicado el precepto al pie de la letra. En efecto, creo que he estado más bien lejos de él... probablemente como muchas de ustedes pierdo con facilidad el celular, llaves, agendas, tarjetas de invitaciones a cumpleaños de las niñas, trabas (no sé cuántas veces alguna de las tres cadenas de farmacias, coludidas hasta en el precio de los collets, me han visto ir por un set de pinches de colores con florcitas o mariposas para las ñiñas).
Sin embargo, tengo cosas que sí me resultan. De un tiempo a esta parte -probablemente con la edad y el conocimiento de sí misma que sólo dan los años- he asumido que tengo una memoria de elefante para algunas cosas (por ejemplo, soy excelente fisonomista, no olvido un nombre y aplico "ni perdón ni olvido" a una traición). Pero también sé que tengo recuerdos demasiado frágiles para ciertas cosas prácticas que una buena madre y profesional debiera, en lo posible, retener. Vieron la película Memento???. Pues algo así (aunque no estoy para tatuarme todavía).
Ergo, soy pseudo adicta a los posit, tengo una pizarra en mi oficina, anoto todo en la agenda y apenas me comprometo para algo, le digo a mi asistente -incluso antes de cortar el teléfono- cuál fue el compromiso recién adquirido para las próximas horas, semanas o meses. Me mando correos a mí misma y tengo una carpeta PENDIENTE en el outlock. Soy de las que ocupa Facebook para ver los cumpleaños y le pido a la tía del jardín que anote todo lo que sea necesario en el cuaderno de mi hija mayor, el refrigerador de mi casa parece diario mural y cada vez que voy a Casa & Ideas salgo con un nuevo set de imanes, porque nunca son suficientes para los mil recaditos que debo anotar a diario.
Y sí, tengo poco tiempo para estudiar, curso el diploma en medio de mamaderas, pañales, jardín, pega, compras del super y un cuantohay más.
Mis hijas me interrumpen en medio del estudio con un "mamá pipí" (la mayor) o simplemente con un aroma a caca indicándome que es momento de mudar (la menor). En algunas ocasiones, llaman para pedirme brazos o simplemente un nanai en la dodilla. Entonces interrumpo de sopetón la lectura y soy 100% madre, la retomo cuando puedo y vuelvo rápido al párrafo o idea antes abandonada. Por qué? porque mis papers están subrayados con lápices fosforescentes. Porque no mantengo "el orden", pero si trato de mantener "mi orden". Porque es lo que a mí me funciona. Y el que diga que soy ñoña, que trate de ser multifuncional primero y luego vea si todavía quiere tirar la primera piedra.
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martes, 6 de julio de 2010
Un mes sin escribir...Hoy, solidaridad de género???
Hay ciertos indicadores en la vida de todas las mujeres que nos ponen en alerta. Cada una tiene los propios: cuántos días sin depilarnos, sin teñirnos, sin ir al ginmasio, sin hablar con la mejor amiga, sin tener buen sexo, sin dormir bien, sin comprarnos algo que nos guste o sencillamente necesitemos, etc. Son señales inequívocas de que algo anda mal, de que el tiempo, al menos, el dedicado "a una misma" escasea. En mi caso, desde mi época de estudiante cuando pasaba algo muy heavy en mi vida -desde prueba coeficiente dos hasta el día de mi boda- y el stress me comía por dentro (mientras yo por fuera también me lo comía todo de pura ansiedad), me daba ataque con cuática al colón. Era, como dice una colega la señal de "luces rojas" o mi propio "Houston, we have a problem".
Hoy - cuando enfermarme yo misma se ha convertido en un lujo que según mis hijas y mi pega no me puedo dar- mis episodios de máxima demanda quedan de manifiesto simplemente por no haber hecho catarsis en este blog por más de un mes... ergo, ahora
Ni se piensen que no he necesitado escribir, que va!, al revés, he requeterequerido desahogarme, y por eso mismo es que no lo he hecho: el tiempo, el ánimo, el sueño, el trabajo, y un largo etc. me lo han impedido.
Y aquí estoy, frente al computador (nuevo, por lo demás, cuyas teclas y su distribiución aún no acabo de comprender) con el síndrome de la hoja en blanco, bueno, la pantalla en blanco para ser más rigurosa. Tantas cosas que decir que ya ni se por donde empezar, me siento total y absolutamente sobrepasada.
Vengo llegando de un viaje de pega a Europa (que suerte, dirán algunas... no se engañen por favor!). Digo llegando porque si bien llevo una semana en Chilito, no he tenido tiempo ni para revisar las fotos. Me bajé el lunes del avión y ese mismo día en la tarde ya estaba en onces familiares, repartija de regalo y obviamente, sacándole el jugo a mis hijas y mi marido, que quedaron probablemente con hematomas después de tantos abrazos. Al día siguiente, en la pega produciendo, organizando un megaevento del trabajo para ese mismo jueves y leyendo contra el tiempo los paper del diplomado, mientras llamaba a Help porque los pollos chicos tienen rinofaringuitis otra vez y mi jefa me retaba (con justa razón) por llegar a las 10 de la mañana en vez de a las 9:30. Flor!
Para peor, en la oficina todos me miran con cara de envidia, como si hubiera vuelta recientemente de vacaciones en alguna isla paradisiaca del Caribe; y no de conocer a full en apenas dos semanas todo lo que pude sobre la materia de la pasantía y los clichés de Barcelona, Madrid y París (la torre, el arco, la Sagrada Familia, etc, etc, etc. Y sí, son bonitas, sí, los franceses son guapos y cochinos y no, no me subí a la eiffel, al vi de afuerita no más).
Hacer todo y hacerlo bien. Ufff, víctima de mi propia trampa de nuevo. Como dice el refrán popular, quien mucho abarca, poco aprieta, o poco disfruta, como sería mejor dicho en mi caso. Europa fue intenso, bonito, enriquecedor, pero vamos, que hasta ahí no más llego.
La vuelta, como ya les decía, tampoco ha sido de miel sobre hojuelas. Tengo sueño, nunca me terminé por acostrumbrar al horario, y 17 días después, cuando ya sentía que lo lograba, me vine de vuelta.
Allá, uds. me entenderán, trataba de conectarme a las hora en que las niñas acostumbraban verme llegar -19:00 app. hora chilena- lo que daba un plazo fatal de la 1 de la mañana en "las Europas". Y a la mañana siguiente reunión. Qué decir cuando se me ocurría esperar a mi marido, me daban las 3 de la madrugada sin problemas. Sacrificado?, no, el sacrificio habría sido no verlas a la hora que al menos para ellas, era la de siempre.
Acá, back to reality, me dan ganas de dormirme a las 10 de la noche (imaginarán la felicidad de mi esposo, pucha que fome la señora que le mandaron de vuelta de España!!) y me da hambre a las horas más increíbles.
Mi jefa, con un hijo más grande y sin marido que atender, anda como lechuga. "Dormí todo el fin de semana", me comentó el otro día. A un niño de 13 años debe ser más fácil explicarle que la mamá está cansada que a dos guaguas de 3 y 1, supongo.
Y esto me lleva a la reflexión de hoy (que manera de darme vueltas, no???, para que vean que ando dispersa). Las mujeres somos, a ratos, muy pocos solidarias, primero con nosotras, y segundo, porqué no reconocerlo, con el resto del género. Tenemos mala memoria, olvidamos cómo era cambiar pañales con rapidez; indicamos con tono de reproche la mancha de leche en la blusa de la colega que amamanta antes de entrar a reunión; no entendemos cómo si las guaguas se despiertan temprano, la madre de las mismas no llega antes de las 8:00 a la oficina, porque claro, invisibilizamos el ritual previo a cada salida. Y vamos más allá: tratamos de suelta a la soltera que, oh envidia, tiene todo su derecho a pasarla bien e irse de carrete hasta que se le apague la tele; o de superficial a la que se puede gastar toda la plata del sueldo en ropa; o de irresponsable a la que se hace un test de embarazo toda urgida en el baño de la pega porque tuvo una "noche loca" con el novio.
Somos tan duras con nosotras y entre nosotras que a ratos, damos susto. Nos ha costado tanto llegar a donde estamos (y nos falta aún tanto para lograr igualdad de sueldos, de reconocimientos, de cargos públicos, de responsabilidades, y nuevamente, un largo etc.) que nos defendemos como leonas entre leonas; en vez de hermanarnos, de cobijarnos, de regalar y recordar que nosotras, algún día, estuvimos o estaremos exactamente donde está la mujer que tenemos justo al lado.
Hoy - cuando enfermarme yo misma se ha convertido en un lujo que según mis hijas y mi pega no me puedo dar- mis episodios de máxima demanda quedan de manifiesto simplemente por no haber hecho catarsis en este blog por más de un mes... ergo, ahora
Ni se piensen que no he necesitado escribir, que va!, al revés, he requeterequerido desahogarme, y por eso mismo es que no lo he hecho: el tiempo, el ánimo, el sueño, el trabajo, y un largo etc. me lo han impedido.
Y aquí estoy, frente al computador (nuevo, por lo demás, cuyas teclas y su distribiución aún no acabo de comprender) con el síndrome de la hoja en blanco, bueno, la pantalla en blanco para ser más rigurosa. Tantas cosas que decir que ya ni se por donde empezar, me siento total y absolutamente sobrepasada.
Vengo llegando de un viaje de pega a Europa (que suerte, dirán algunas... no se engañen por favor!). Digo llegando porque si bien llevo una semana en Chilito, no he tenido tiempo ni para revisar las fotos. Me bajé el lunes del avión y ese mismo día en la tarde ya estaba en onces familiares, repartija de regalo y obviamente, sacándole el jugo a mis hijas y mi marido, que quedaron probablemente con hematomas después de tantos abrazos. Al día siguiente, en la pega produciendo, organizando un megaevento del trabajo para ese mismo jueves y leyendo contra el tiempo los paper del diplomado, mientras llamaba a Help porque los pollos chicos tienen rinofaringuitis otra vez y mi jefa me retaba (con justa razón) por llegar a las 10 de la mañana en vez de a las 9:30. Flor!
Para peor, en la oficina todos me miran con cara de envidia, como si hubiera vuelta recientemente de vacaciones en alguna isla paradisiaca del Caribe; y no de conocer a full en apenas dos semanas todo lo que pude sobre la materia de la pasantía y los clichés de Barcelona, Madrid y París (la torre, el arco, la Sagrada Familia, etc, etc, etc. Y sí, son bonitas, sí, los franceses son guapos y cochinos y no, no me subí a la eiffel, al vi de afuerita no más).
Hacer todo y hacerlo bien. Ufff, víctima de mi propia trampa de nuevo. Como dice el refrán popular, quien mucho abarca, poco aprieta, o poco disfruta, como sería mejor dicho en mi caso. Europa fue intenso, bonito, enriquecedor, pero vamos, que hasta ahí no más llego.
La vuelta, como ya les decía, tampoco ha sido de miel sobre hojuelas. Tengo sueño, nunca me terminé por acostrumbrar al horario, y 17 días después, cuando ya sentía que lo lograba, me vine de vuelta.
Allá, uds. me entenderán, trataba de conectarme a las hora en que las niñas acostumbraban verme llegar -19:00 app. hora chilena- lo que daba un plazo fatal de la 1 de la mañana en "las Europas". Y a la mañana siguiente reunión. Qué decir cuando se me ocurría esperar a mi marido, me daban las 3 de la madrugada sin problemas. Sacrificado?, no, el sacrificio habría sido no verlas a la hora que al menos para ellas, era la de siempre.
Acá, back to reality, me dan ganas de dormirme a las 10 de la noche (imaginarán la felicidad de mi esposo, pucha que fome la señora que le mandaron de vuelta de España!!) y me da hambre a las horas más increíbles.
Mi jefa, con un hijo más grande y sin marido que atender, anda como lechuga. "Dormí todo el fin de semana", me comentó el otro día. A un niño de 13 años debe ser más fácil explicarle que la mamá está cansada que a dos guaguas de 3 y 1, supongo.
Y esto me lleva a la reflexión de hoy (que manera de darme vueltas, no???, para que vean que ando dispersa). Las mujeres somos, a ratos, muy pocos solidarias, primero con nosotras, y segundo, porqué no reconocerlo, con el resto del género. Tenemos mala memoria, olvidamos cómo era cambiar pañales con rapidez; indicamos con tono de reproche la mancha de leche en la blusa de la colega que amamanta antes de entrar a reunión; no entendemos cómo si las guaguas se despiertan temprano, la madre de las mismas no llega antes de las 8:00 a la oficina, porque claro, invisibilizamos el ritual previo a cada salida. Y vamos más allá: tratamos de suelta a la soltera que, oh envidia, tiene todo su derecho a pasarla bien e irse de carrete hasta que se le apague la tele; o de superficial a la que se puede gastar toda la plata del sueldo en ropa; o de irresponsable a la que se hace un test de embarazo toda urgida en el baño de la pega porque tuvo una "noche loca" con el novio.
Somos tan duras con nosotras y entre nosotras que a ratos, damos susto. Nos ha costado tanto llegar a donde estamos (y nos falta aún tanto para lograr igualdad de sueldos, de reconocimientos, de cargos públicos, de responsabilidades, y nuevamente, un largo etc.) que nos defendemos como leonas entre leonas; en vez de hermanarnos, de cobijarnos, de regalar y recordar que nosotras, algún día, estuvimos o estaremos exactamente donde está la mujer que tenemos justo al lado.
viernes, 4 de junio de 2010
Soy mamona, y qué
Hace rato no escribía... No fue por falta de ganas, de temas, de inspiración... No, básico: fue falta de tiempo. Por la pucha que es escaso este bien! y no, no soy yo no maestro, es el mal del siglo XXI y hasta donde veo, afecta en menor o mayor medida a la humanidad casi completa. Si ya parece pandemia la tontera (aunque la OMS nunca se ha pronunciado al respecto). Sí, un mal que a las que nos dividimos en 3 (o 4,5,6,10), nos afecta con cuática.
Recapitulemos, estoy colapsada: En exactamente una semana más me voy a España (acá es donde un tercio me mira con cara de incredulidad, el otro tercio con cara de envidia, y el resto descorcha una botella de champaña y me felicita... bueno, probablemente menos de un tercio y lo de la botella de champaña es too much).
Y sí, claro, estoy contenta, por primera vez en mi vida y recién a las 31 cruzo el Atlántico. Sé que: es una oportunidad enorme, debo estar agradecida, me voy gastos pagos (aunque es sabido que los viáticos en el ámbito académico son harto discretos), son "apenas" dos semanas y estas experiencias no se dan muchas veces en la vida; o al menos no para la clase media de este país que prioriza la educación de los pollos chicos, el dividendo y la compra de un auto más grande apenas se pueda (¿han tratado de sentar a la abuela, la hermana, la niñera o a quien se sea en medio de las dos sillas de bebé del vehículo?. Es como los concursos de sábado gigante donde había que adivinar cuántos energúmenos apretujados cabían dentro del mini).
Ya, estamos claros con eso (el agradecimiento, la oportunidad, la gran experiencia, la pata de la guagua, la cacha de las espada y todas esas vainas). Pasemos a lo siguiente... igual tengo pena.
Sí, me han pintado que estar dos semanas sin hijas, marido, pañales, reuniones de apoderados, compras en el súper, idas a la librería por los útiles, noches haciendo plumeros, visitas al pediatra, al vacunatorio, a la casa de mis suegros y un largo etc. equivalen a una suerte de estadía junto a los dioses del Olimpo, a horas de spa, a la un all inclusive en las termas de la felicidad plena. Pero estos últimos días me he sentido infernal. Paso de la efervescencia del viaje, al stress de tener que dejar 48 cosas listas antes de partir -desde la comida de los perros hasta la quién va a llevar y traer a la Ale del jardín- y a eso, claro, se suma la melancolía enorme que me da cada vez que abrazo a mis hijas.
Las pobres, de 1 y 3 años, no cachan mucho porque la mamá hace un par de semanas las apreta tan fuerte, tanto rato, le dio por olerles el cuello y despedirse cuatro veces de cada una antes de salir.
Mi consuelo: la más chica ya dio sus primeros pasos (me daba un síncope si se largaba a caminar conmigo a miles de kilómetros), y ya tengo todo más o menos organizado para el día del papá (en el Jardín la mayor hará fijo alguna manualidad a base de cono de papel confort, ya tengo el regalo oficial comprado y coordinamos con la niñera toda la dinámica de entrega). Pero no sé, me siento media disfórica o bipolar de a ratos. Estoy dichosa!!!!, pero tengo ganas de llorar...Lo peor de todo, es que la gente (acá no divido en tercios, el 100% me ha dicho lo mismo), comenta que tengo que estar enferma de la cabeza por sentirme así antes de partir a Europa, que cuando vea la Sagrada Familia en vivo y en directo se me va a pasar "la tontera", que basta una ida a Desigual a comprar lo que en Chile llegará recién en 5 meses más para reirme sola, que la culpa no va con las mujeres del siglo XXI, que hay que ser profesional, que las niñas van a estar bien (como si eso bastara para no extrañarlas) y que no soy imprescindible en la casa (juro que eso no tiene nada que ver, ya expliqué que la Carolita las cuida mejor que yo y que mi marido es un 10 en las laboras hogareñas).
No soy yo la bipolar, es esta sociedad. Pasamos de un extremo a otro. Antes, las mismas personas que ahora cuestionan mi "mamonismo", me habrían apedreado en la calle por dejar negligentemente a mis hijas pequeñas sin su madre por dos eternas semanas. Hoy, reconocer que las voy a extrañar, es juzgado como un signo de debilidad en un mundo donde las mujeres prácticamente hemos tenido que masculinizarnos para poder competir (o intentar competir) de igual a igual frente a los hombre en el desalmado mercado laboral.
Y sí, voy a ser feliz de tapas por Madrid, voy a ser profesional mientras dure la pasantía y voy a sobrecogerme cuando me pare frente a la Sagrada Familia, pero saben por qué?, porque voy a pensar en la mía, en MI familia. Y en que si bien, se abre ante mi un viaje maravilloso, sería aún mejor si pudiera contemplarlo a través de los ojos de quienes más quiero... Quizás, por el momento, es mucho pedir recorrer Europa abrazada de mi marido mientras las pollos estiran sus manitos para indicar todo aquello que les llama la atención. Pero no es tanto pedir un poco de empatía maternal y solidaridad de género. O sí?
Viva el spot de chocapic!
Recapitulemos, estoy colapsada: En exactamente una semana más me voy a España (acá es donde un tercio me mira con cara de incredulidad, el otro tercio con cara de envidia, y el resto descorcha una botella de champaña y me felicita... bueno, probablemente menos de un tercio y lo de la botella de champaña es too much).
Y sí, claro, estoy contenta, por primera vez en mi vida y recién a las 31 cruzo el Atlántico. Sé que: es una oportunidad enorme, debo estar agradecida, me voy gastos pagos (aunque es sabido que los viáticos en el ámbito académico son harto discretos), son "apenas" dos semanas y estas experiencias no se dan muchas veces en la vida; o al menos no para la clase media de este país que prioriza la educación de los pollos chicos, el dividendo y la compra de un auto más grande apenas se pueda (¿han tratado de sentar a la abuela, la hermana, la niñera o a quien se sea en medio de las dos sillas de bebé del vehículo?. Es como los concursos de sábado gigante donde había que adivinar cuántos energúmenos apretujados cabían dentro del mini).
Ya, estamos claros con eso (el agradecimiento, la oportunidad, la gran experiencia, la pata de la guagua, la cacha de las espada y todas esas vainas). Pasemos a lo siguiente... igual tengo pena.
Sí, me han pintado que estar dos semanas sin hijas, marido, pañales, reuniones de apoderados, compras en el súper, idas a la librería por los útiles, noches haciendo plumeros, visitas al pediatra, al vacunatorio, a la casa de mis suegros y un largo etc. equivalen a una suerte de estadía junto a los dioses del Olimpo, a horas de spa, a la un all inclusive en las termas de la felicidad plena. Pero estos últimos días me he sentido infernal. Paso de la efervescencia del viaje, al stress de tener que dejar 48 cosas listas antes de partir -desde la comida de los perros hasta la quién va a llevar y traer a la Ale del jardín- y a eso, claro, se suma la melancolía enorme que me da cada vez que abrazo a mis hijas.
Las pobres, de 1 y 3 años, no cachan mucho porque la mamá hace un par de semanas las apreta tan fuerte, tanto rato, le dio por olerles el cuello y despedirse cuatro veces de cada una antes de salir.
Mi consuelo: la más chica ya dio sus primeros pasos (me daba un síncope si se largaba a caminar conmigo a miles de kilómetros), y ya tengo todo más o menos organizado para el día del papá (en el Jardín la mayor hará fijo alguna manualidad a base de cono de papel confort, ya tengo el regalo oficial comprado y coordinamos con la niñera toda la dinámica de entrega). Pero no sé, me siento media disfórica o bipolar de a ratos. Estoy dichosa!!!!, pero tengo ganas de llorar...Lo peor de todo, es que la gente (acá no divido en tercios, el 100% me ha dicho lo mismo), comenta que tengo que estar enferma de la cabeza por sentirme así antes de partir a Europa, que cuando vea la Sagrada Familia en vivo y en directo se me va a pasar "la tontera", que basta una ida a Desigual a comprar lo que en Chile llegará recién en 5 meses más para reirme sola, que la culpa no va con las mujeres del siglo XXI, que hay que ser profesional, que las niñas van a estar bien (como si eso bastara para no extrañarlas) y que no soy imprescindible en la casa (juro que eso no tiene nada que ver, ya expliqué que la Carolita las cuida mejor que yo y que mi marido es un 10 en las laboras hogareñas).
No soy yo la bipolar, es esta sociedad. Pasamos de un extremo a otro. Antes, las mismas personas que ahora cuestionan mi "mamonismo", me habrían apedreado en la calle por dejar negligentemente a mis hijas pequeñas sin su madre por dos eternas semanas. Hoy, reconocer que las voy a extrañar, es juzgado como un signo de debilidad en un mundo donde las mujeres prácticamente hemos tenido que masculinizarnos para poder competir (o intentar competir) de igual a igual frente a los hombre en el desalmado mercado laboral.
Y sí, voy a ser feliz de tapas por Madrid, voy a ser profesional mientras dure la pasantía y voy a sobrecogerme cuando me pare frente a la Sagrada Familia, pero saben por qué?, porque voy a pensar en la mía, en MI familia. Y en que si bien, se abre ante mi un viaje maravilloso, sería aún mejor si pudiera contemplarlo a través de los ojos de quienes más quiero... Quizás, por el momento, es mucho pedir recorrer Europa abrazada de mi marido mientras las pollos estiran sus manitos para indicar todo aquello que les llama la atención. Pero no es tanto pedir un poco de empatía maternal y solidaridad de género. O sí?
Viva el spot de chocapic!
martes, 18 de mayo de 2010
Preferiría ser yo, mil veces yo
Ya... vengo llegando del doc. Del pediatra de mis hijas, para ser más exacta. Estoy instalada en la oficina y como ven, no, no estoy trabajando. De hecho, acabo de almorzar -son un cuarto para las 5 de la tarde- y mi almuerzo fue un pan con palta y una kem piña light (amo la palta, en efecto, crearé un grupo en facebook que se llame viva la palta con pan y que postule que aquellas personas no gustan de la palta son derechamente freakis) .
No almorzé porque siempre trato de fijar la cita de las enanas a la hora de almuerzo. Podría ir más temprano o más tarde, mi jefa no me pondría ningún problema, pero me sentiría mal, como haciendo la cimarra, como escapando de la pega (lo que es curioso, porque en este momento, sentada en mi puesto de laburo y todo, estoy haciendo exactamente lo mismo, NO trabajar.
Las pekas están enfermas, "infección respiratoria alta", y el consiguiente festival de tos y mocos. De "regalo" la mayor, tiene además dolor de oído, y de pasadita, yo me siento un poco estafada, porque se supone que las otitis quedaban casi descartadas después del triple pack de enero, - adenoides, amígdalas y colleras timpánicas- y el precio no promocional que pague en la clínica.
Se vienen las indicaciones: Clarinase, sterimar, artren (San Artren), abrilar (hedera helix creo que se llama "oficialmente") y paracetamol en gotas (es cerdo, lo han probado???, yo cantidad de marcas y sabores; todos son derechamente malos). Mientras el doc me da la eterna lista, pienso que esta vez estoy de suerte, no hay antibióticos de por medio "el compromiso es viral, no bacterial", yo asiento no por cumplir, sino que porque después de tres años de estrename como mamá, ahora realmente entiendo lo que me dice. De hecho también me siento suertuda porque, salvo el clarinase -que está a punto de acabarse- tengo todos los remedios de la receta en mi hogar. TODOS. Cualquier madre de niños en edad pre escolar dirá casi lo mismo. Bueno, alguna quizás tenga Merpal o Lertus en vez de Arten, pero convengamos que es exactamente lo mismo. La que sabe, sabe.
Pregunto por las dosis, anoto todo en los cuadernos. Uno para cada una. Winnie de Poh para la menor y otro oso tierno no tan popular como el mamífero de voz mamona para la más grande, que a todo esto, ya va en su segundo block de apuntes (como paréntesis ¿sabían que el tipo que hace la voz en español de Homero Simpon, es el mismo que dobla a Winnie de Poh?, increible, pero cierto, googleen!). En las hojas que yo misma escribí, la historia médica de mis retoñas pormenorizada al detalle, desde la primera eco hasta hoy; y por supuesto, todos sus controles de peso y talla.
Tengo todo claro, me retiro, corro con ellas a la casa, las dejo con un beso a la carrera y un sermón del tipo "cuidado con los cambios de temperatura, no las obligue a comer si no quieren, que no se agiten mucho" y otras instrucciones más para la niñera. Corro de vuelta a la pega.
Y ahora escribo, escribo porque no tengo cabeza para trabajar, porque ir al doctor me estresa. A ver... No, no es ir al doctor lo que me estresa, lo que me ponme fatal es que las pollos se enfermen. Sí, eso. La sensación "aliviadora": no es nada grave (Gracias a Dios). Pero a la vez, la certeza nefasta de saber que les duele el oido, la garganta, la cabeza, las amígdalas (bueno, sólo a una, la que no tiene amígdalas supongo que sufrirá de dolor de laringe o algo ubicado por ese vecindario). En fin, que sufren. No me lo banco.
Recuerdo que cuando yo era chica, mi mamá, -que frente a la inutilidad de mi padre biológico y antes de que llegara a nuestra vida mi adorado padrastro me crió sola en medio de un matriarcado compuesto por mi abuela, su hermana y su tía- me enviaba al colegio todos los días. 100% de asistencia hasta 6to básico. Nadie puede. Innumerables veces me mandaban de vuelta a casa con fiebre o gastritis y más tarde con feroces dolores de ovarios que me lanzaban a la cama. Mi mamá me atendía con esmero, siempre. Pero su tono cambiaba, como que se ofuscaba, no sé si se molestaba consigo misma por haberme enviado al colegio enferma o si se molestaba conmigo por enfermarme. Como fuera, lo de ella era la negación, "NO está enferma, no puede estar enferma".
Las madres podemos correr al pediatra, a la clínica, tener acciones en Help, en la farmacia de turno, peinarnos con los remedios y sus distintas aplicaciones, limpiar vómitos, cacas diarreicas y mocos verdes gelatinosos si asco, saludar al pediatra de beso en la mejilla y saber su celular de memoria. Pero nada nos prepara para ver sufrir a un hijo. NADA.
Podemos restarle importancia a una dolencia, bajarle el perfil, pero no conozco a una sola mamá (probablemente conozco puras buenas madres) que no confiese que preferiría enfermarse ella, sufrir ella, padecer ella, antes de contemplar el dolor de un retoño, ya sea físico o emocional.
Una licencia médica puede hacernos parecer menos competitivas en la pega, más achacosas, hipocondriacas, exageradas, whatever. Pero una enfermedad de un hijo, nos hace definitivamente, más mal para el corazón, para el alma, para el espiritu. Y eso, como pueden comprobar a través de esta humilde servidora, también afecta seriamente nuestra productividad, querámoslo o no.
No almorzé porque siempre trato de fijar la cita de las enanas a la hora de almuerzo. Podría ir más temprano o más tarde, mi jefa no me pondría ningún problema, pero me sentiría mal, como haciendo la cimarra, como escapando de la pega (lo que es curioso, porque en este momento, sentada en mi puesto de laburo y todo, estoy haciendo exactamente lo mismo, NO trabajar.
Las pekas están enfermas, "infección respiratoria alta", y el consiguiente festival de tos y mocos. De "regalo" la mayor, tiene además dolor de oído, y de pasadita, yo me siento un poco estafada, porque se supone que las otitis quedaban casi descartadas después del triple pack de enero, - adenoides, amígdalas y colleras timpánicas- y el precio no promocional que pague en la clínica.
Se vienen las indicaciones: Clarinase, sterimar, artren (San Artren), abrilar (hedera helix creo que se llama "oficialmente") y paracetamol en gotas (es cerdo, lo han probado???, yo cantidad de marcas y sabores; todos son derechamente malos). Mientras el doc me da la eterna lista, pienso que esta vez estoy de suerte, no hay antibióticos de por medio "el compromiso es viral, no bacterial", yo asiento no por cumplir, sino que porque después de tres años de estrename como mamá, ahora realmente entiendo lo que me dice. De hecho también me siento suertuda porque, salvo el clarinase -que está a punto de acabarse- tengo todos los remedios de la receta en mi hogar. TODOS. Cualquier madre de niños en edad pre escolar dirá casi lo mismo. Bueno, alguna quizás tenga Merpal o Lertus en vez de Arten, pero convengamos que es exactamente lo mismo. La que sabe, sabe.
Pregunto por las dosis, anoto todo en los cuadernos. Uno para cada una. Winnie de Poh para la menor y otro oso tierno no tan popular como el mamífero de voz mamona para la más grande, que a todo esto, ya va en su segundo block de apuntes (como paréntesis ¿sabían que el tipo que hace la voz en español de Homero Simpon, es el mismo que dobla a Winnie de Poh?, increible, pero cierto, googleen!). En las hojas que yo misma escribí, la historia médica de mis retoñas pormenorizada al detalle, desde la primera eco hasta hoy; y por supuesto, todos sus controles de peso y talla.
Tengo todo claro, me retiro, corro con ellas a la casa, las dejo con un beso a la carrera y un sermón del tipo "cuidado con los cambios de temperatura, no las obligue a comer si no quieren, que no se agiten mucho" y otras instrucciones más para la niñera. Corro de vuelta a la pega.
Y ahora escribo, escribo porque no tengo cabeza para trabajar, porque ir al doctor me estresa. A ver... No, no es ir al doctor lo que me estresa, lo que me ponme fatal es que las pollos se enfermen. Sí, eso. La sensación "aliviadora": no es nada grave (Gracias a Dios). Pero a la vez, la certeza nefasta de saber que les duele el oido, la garganta, la cabeza, las amígdalas (bueno, sólo a una, la que no tiene amígdalas supongo que sufrirá de dolor de laringe o algo ubicado por ese vecindario). En fin, que sufren. No me lo banco.
Recuerdo que cuando yo era chica, mi mamá, -que frente a la inutilidad de mi padre biológico y antes de que llegara a nuestra vida mi adorado padrastro me crió sola en medio de un matriarcado compuesto por mi abuela, su hermana y su tía- me enviaba al colegio todos los días. 100% de asistencia hasta 6to básico. Nadie puede. Innumerables veces me mandaban de vuelta a casa con fiebre o gastritis y más tarde con feroces dolores de ovarios que me lanzaban a la cama. Mi mamá me atendía con esmero, siempre. Pero su tono cambiaba, como que se ofuscaba, no sé si se molestaba consigo misma por haberme enviado al colegio enferma o si se molestaba conmigo por enfermarme. Como fuera, lo de ella era la negación, "NO está enferma, no puede estar enferma".
Las madres podemos correr al pediatra, a la clínica, tener acciones en Help, en la farmacia de turno, peinarnos con los remedios y sus distintas aplicaciones, limpiar vómitos, cacas diarreicas y mocos verdes gelatinosos si asco, saludar al pediatra de beso en la mejilla y saber su celular de memoria. Pero nada nos prepara para ver sufrir a un hijo. NADA.
Podemos restarle importancia a una dolencia, bajarle el perfil, pero no conozco a una sola mamá (probablemente conozco puras buenas madres) que no confiese que preferiría enfermarse ella, sufrir ella, padecer ella, antes de contemplar el dolor de un retoño, ya sea físico o emocional.
Una licencia médica puede hacernos parecer menos competitivas en la pega, más achacosas, hipocondriacas, exageradas, whatever. Pero una enfermedad de un hijo, nos hace definitivamente, más mal para el corazón, para el alma, para el espiritu. Y eso, como pueden comprobar a través de esta humilde servidora, también afecta seriamente nuestra productividad, querámoslo o no.
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lunes, 10 de mayo de 2010
Entonces el doctor me dijo: "Piensa como madre", y entendí TODO!
El viernes de la semana pasada llevé a mi santa abuela, más conocida como OMA, al doctor. Mi mamá estudió en el colegio alemán y supongo que en mi más temprana infancia me "sugirió" llamarla así, y así no más quedó por los siglos de los siglos para todo el mundo, amén.
Mi madre, recién separada y totalmente sola a cargo del minimarket con el que pagó toda mi educación escolar y universitaria, no podía llevarla. Yo obvio, acepté gustosa. La consulta queda cerca de mi pega, puedo huir, pensé, sin que lo noten; pero reflexioné un poco más y como en este país las esperas en cualquier doc son, promedio, de 45 minutos, opté por pedir permiso "más mejor".
Es, pensé, lo mínimo que puedo hacer por esta super mujer que a sus 79 años sigue haciendo los dulces árabes como nadie, canta canciones de cuna como diosa del olimpo, juega con mis hijas de 1 y 3 años como si ella tuviera 15, sabe exactamente y de memoria más de mil recetas (y es capaz de dejar las propias de lado cuando a la 1:45 de cualquier sábado le pregunto por el tiempo de cocción de algún corte de carne o por cuánto cardamomo es conveniente agregar a determinada preparación).
Como sea, antes de llevarla mi mamá me adoctrinó: "Dile al doctor que despierta con la presión alta, pero que antes de dormir, por la noche, la tiene muy baja; que le duele la cabeza y le cuesta conciliar el sueño; que tuvo dos mareos fuertes esta semana y veía borroso; y que no siempre se toma los remedios que le dejó en la consulta anterior; ah, y que tiene mucha alergia, o que pasa resfriada, en realidad no sé que es, pero la nariz le corre como cabra chica todo el día". OK, tomé nota.
A eso -me dije- habría que agregar que desde que mis papás se separaron hace eternos 4 meses(eternos al menos para mí) , mi Oma ayuda a mi mamá en el negocio, tarea que antes hacía mi papá... que sube todos los días cerca de las 12 del día, porque es cuando hay más gente en el minimarket y luego baja a preparar el almuerzo para ella y mi mamá. Que en la tarde, cerca de las 18:00 cuando llega el último pan del día, repite la rutina, pues el boliche se vuelve a llenar. Que pese a que mi mamá le dice que no lo haga, ella sube cada día, atiende, saca cuentas sin calculadora (y nunca se equivoca), pesa pan, pero a veces también papas, zapallo y zanahorias, escucha los problemas de todo el mundo (porque un negocio de cerro es como la consulta psicológica del barrio) y que se las arregla -ve tú a saber como- para hacerlo todo con una sonrisa.
Pues fue precisamente eso lo que le dije al doctor cuando por fin nos atendió el pasado viernes. Tras la descripción acabada de síntomas y achaques, partí con mi explicación detallada de lo que, según yo, era la rutina de mi abuela, las cosas que hacía, lo que le preocupaba, y la hiperactividad que tenía para sus casi 80 años. Agregué que yo pensaba que era demasiado para su edad. Mientras, el doctor tomaba nota y asentía... dije que era porfiada y no se tomaba los remedios porque según ella "era mucha cosa" o "eran muy caros", que no hacía caso cuando mi mamá le decía que bajara a la casa a descansar (el negocio queda a una inmensa escala de distancia del hogar de mi progenitora), que se preocupaba por cosas que no podía solucionar, que echaba de menos a mi papá, que cuando yo iba con las niñas a verla, las tomaba en brazos sabiendo que eso le hacía pésimo para su avanzada osteoporosis y su hombro casi sin cartílagos, etc, etc, etc.
El doctor seguía asintiendo y mi abuela me miraba con cara de desdén, mientras me repetía que yo no era quien para decirle a ella -una señora viuda, de casi 80, hecha y derecha que había vivido muchísimo más que yo- lo que podía o no hacer.´
Terminé con el argumento con el que siempre termino cuando hablo de mi abuela "es que parece que tuviera un ají en el poto, no para nunca, y para colmo, es demasiado porfiada".
El doctor - que además atiende a mi papá, a mi mamá y a mí- sonrió y dijo "Tú eres igual". Yo, ad portas de sentirme ofendida, porque mal que mal, no estábamos ahí para hablar de mí, contraataqué. "Sí, pero yo apenas 31 años y me debo a mis hijas".
Y el doctor agregó: "Y ella se debe a la suya, piensa como madre, no como nieta, ¿qué harías tú en su lugar?".
¿Qué diantres se puede contestar a eso?, literalmente el doctor me calzó, en un campeonato de debate le había dado, de inmediato, 10 puntos. Siete tenedores, como dice una amiga. Su argumento era sencilamente, atómico, me quedé speakless. Nada que decir, NADA.
No sé cuanto tiempo seré esposa, periodista, profesora, instructora de pilates, amiga de mis amigas, hija (porque la naturaleza dice que son los padres los que nos dejan primero, o al menos, lo contrario es tan antinatural como doloroso). Pero hay algo que si sé, me moriré siendo madre de mis pequeñas.
Que sí, serán mis pequeñas incluso después de los 10, cuando me pidan que las deje a una cuadra del colegio porque les da vergüenza que los conpañeritos las vean con la mamá; después de los 15 (o quizás antes) cuando me presenten al primer pololo y tengamos que hablar de anticoncepción, pero espero, que sobre todo, de amor y cuidado; después de los 20, cuando vayan a la Universidad y ya no tenga que ir a las eternas reuniones de apoderados ni las pueda retar por las notas; o de los 25, cuando decidan irse de casa para independizarse; o de los 30, cuando opten por formar su propia familia. Serán mis pequeñas incluso en el momento en que den a luz a sus propios hijos, porque mientras todo el resto esté pendiente de mi primer nieto o nieta, yo pensaré en lo grande que está esa mujer a quien yo misma parí, y me preocuparé por su bienestar, por sus dolores de parto, por sus temores y desafíos. Y serán también mis pequeñas incluso si a los 52 sus proyectos de vida cambian, obligándolas a hacerse cargo de un minimarket solas. Sí, allí también estaría yo, casi saludando mis 80 años, atendiendo clientes y sacando cuentas mentales, aunque claro, con un margen de error mucho mayor al de mi inigualable Oma.
Mi madre, recién separada y totalmente sola a cargo del minimarket con el que pagó toda mi educación escolar y universitaria, no podía llevarla. Yo obvio, acepté gustosa. La consulta queda cerca de mi pega, puedo huir, pensé, sin que lo noten; pero reflexioné un poco más y como en este país las esperas en cualquier doc son, promedio, de 45 minutos, opté por pedir permiso "más mejor".
Es, pensé, lo mínimo que puedo hacer por esta super mujer que a sus 79 años sigue haciendo los dulces árabes como nadie, canta canciones de cuna como diosa del olimpo, juega con mis hijas de 1 y 3 años como si ella tuviera 15, sabe exactamente y de memoria más de mil recetas (y es capaz de dejar las propias de lado cuando a la 1:45 de cualquier sábado le pregunto por el tiempo de cocción de algún corte de carne o por cuánto cardamomo es conveniente agregar a determinada preparación).
Como sea, antes de llevarla mi mamá me adoctrinó: "Dile al doctor que despierta con la presión alta, pero que antes de dormir, por la noche, la tiene muy baja; que le duele la cabeza y le cuesta conciliar el sueño; que tuvo dos mareos fuertes esta semana y veía borroso; y que no siempre se toma los remedios que le dejó en la consulta anterior; ah, y que tiene mucha alergia, o que pasa resfriada, en realidad no sé que es, pero la nariz le corre como cabra chica todo el día". OK, tomé nota.
A eso -me dije- habría que agregar que desde que mis papás se separaron hace eternos 4 meses(eternos al menos para mí) , mi Oma ayuda a mi mamá en el negocio, tarea que antes hacía mi papá... que sube todos los días cerca de las 12 del día, porque es cuando hay más gente en el minimarket y luego baja a preparar el almuerzo para ella y mi mamá. Que en la tarde, cerca de las 18:00 cuando llega el último pan del día, repite la rutina, pues el boliche se vuelve a llenar. Que pese a que mi mamá le dice que no lo haga, ella sube cada día, atiende, saca cuentas sin calculadora (y nunca se equivoca), pesa pan, pero a veces también papas, zapallo y zanahorias, escucha los problemas de todo el mundo (porque un negocio de cerro es como la consulta psicológica del barrio) y que se las arregla -ve tú a saber como- para hacerlo todo con una sonrisa.
Pues fue precisamente eso lo que le dije al doctor cuando por fin nos atendió el pasado viernes. Tras la descripción acabada de síntomas y achaques, partí con mi explicación detallada de lo que, según yo, era la rutina de mi abuela, las cosas que hacía, lo que le preocupaba, y la hiperactividad que tenía para sus casi 80 años. Agregué que yo pensaba que era demasiado para su edad. Mientras, el doctor tomaba nota y asentía... dije que era porfiada y no se tomaba los remedios porque según ella "era mucha cosa" o "eran muy caros", que no hacía caso cuando mi mamá le decía que bajara a la casa a descansar (el negocio queda a una inmensa escala de distancia del hogar de mi progenitora), que se preocupaba por cosas que no podía solucionar, que echaba de menos a mi papá, que cuando yo iba con las niñas a verla, las tomaba en brazos sabiendo que eso le hacía pésimo para su avanzada osteoporosis y su hombro casi sin cartílagos, etc, etc, etc.
El doctor seguía asintiendo y mi abuela me miraba con cara de desdén, mientras me repetía que yo no era quien para decirle a ella -una señora viuda, de casi 80, hecha y derecha que había vivido muchísimo más que yo- lo que podía o no hacer.´
Terminé con el argumento con el que siempre termino cuando hablo de mi abuela "es que parece que tuviera un ají en el poto, no para nunca, y para colmo, es demasiado porfiada".
El doctor - que además atiende a mi papá, a mi mamá y a mí- sonrió y dijo "Tú eres igual". Yo, ad portas de sentirme ofendida, porque mal que mal, no estábamos ahí para hablar de mí, contraataqué. "Sí, pero yo apenas 31 años y me debo a mis hijas".
Y el doctor agregó: "Y ella se debe a la suya, piensa como madre, no como nieta, ¿qué harías tú en su lugar?".
¿Qué diantres se puede contestar a eso?, literalmente el doctor me calzó, en un campeonato de debate le había dado, de inmediato, 10 puntos. Siete tenedores, como dice una amiga. Su argumento era sencilamente, atómico, me quedé speakless. Nada que decir, NADA.
No sé cuanto tiempo seré esposa, periodista, profesora, instructora de pilates, amiga de mis amigas, hija (porque la naturaleza dice que son los padres los que nos dejan primero, o al menos, lo contrario es tan antinatural como doloroso). Pero hay algo que si sé, me moriré siendo madre de mis pequeñas.
Que sí, serán mis pequeñas incluso después de los 10, cuando me pidan que las deje a una cuadra del colegio porque les da vergüenza que los conpañeritos las vean con la mamá; después de los 15 (o quizás antes) cuando me presenten al primer pololo y tengamos que hablar de anticoncepción, pero espero, que sobre todo, de amor y cuidado; después de los 20, cuando vayan a la Universidad y ya no tenga que ir a las eternas reuniones de apoderados ni las pueda retar por las notas; o de los 25, cuando decidan irse de casa para independizarse; o de los 30, cuando opten por formar su propia familia. Serán mis pequeñas incluso en el momento en que den a luz a sus propios hijos, porque mientras todo el resto esté pendiente de mi primer nieto o nieta, yo pensaré en lo grande que está esa mujer a quien yo misma parí, y me preocuparé por su bienestar, por sus dolores de parto, por sus temores y desafíos. Y serán también mis pequeñas incluso si a los 52 sus proyectos de vida cambian, obligándolas a hacerse cargo de un minimarket solas. Sí, allí también estaría yo, casi saludando mis 80 años, atendiendo clientes y sacando cuentas mentales, aunque claro, con un margen de error mucho mayor al de mi inigualable Oma.
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miércoles, 5 de mayo de 2010
Madre, esposa y profesional. MUJER! (y un largo ETC.)
Suena de perogrullo, redundante si se quiere. Hasta mal redactado dirán los más puristas... pero es muy simple. Para ser MADRE, ESPOSA Y PROFESIONAL, hay que ser MUJER. Claro, un HOMBRE sería PADRE, ESPOSO Y PROFESIONAL, y convengamos, NO ES LO MISMO.
Probablemente, unos cuantos incluso alterarían hasta el orden, y con ello las jerarquías y prioridades: Profesional, padre y esposo, se clasificarán algunos, pero una???, NOOOO! una no puede, una siempre es primero madre, después esposa y después profesional, o al menos, así lo confesará públicamente, pues cualquier alteración en el orden, sí que altera el "producto". En este país, y en este punto, no sólo hay que ser, también -y como decía mi abuela- hay que parecer, y sí, la IMAGEN ES TODO!
A esto, en mi caso particular -que imagino será el de muchas- habría que agregar otros "itemes": (que acá paso a enumerar)
- Hija. Y para más remate única, lo que hace que superados de los mimos y regalías de la más temprana infancia, sea uno la que tiene que cargar con padres cariñosos, pero también mañosos y separados.
- Profesora. En mis "ratos libres" (si es un eufenismo, no tengo ratos libre, desvisto un santo para vestir a otro), por vocación, pero sobre todo por necesidad, hago clases en una Universidad, (o sea, también educo hijos ajenos, harto más creciditos que los propios).
- Alumna. Porque claro, ser mujer-profesional es difícil, y como el magíster ya estaba añejo, (lo terminé hace más de 4 años y no es del área en la que ahora me desempeño) "había" que hacer un cursito de especialización. Así que aquí estamos, tomando un diplomado virtual con lecturas y controles semanales, y por supuesto, tratando de llevarlo con dignidad (antes muerta que sencilla), porque como me lo paga la empresa, no pasa nada con andar a patadas con los 4.
- Tendríamos que agregar apoderada. Por Dios que le cambia la vida a una cuando la mayor empieza a ir al jardín. Sí JARDÍN!!, ni siquiera prekinder, apenas nivel medio menor, algo que con suerte existía en mis tiempos y que hoy me obliga a abrir la mochila de Uniqua con recelo, ad portas de encontrarme con la citación a la reunión de apoderados justo para el día que debo viajar a otra región por pega; la petición de la bola de plumavit que me lleva a meterme al Jumbo a las 18:30 de la tarde porque en la librería más cercana al trabajo tenía bolas de 10 cm y no de 8 como quería la tía; o la manualidad para la casa, yo la más diestra con las manos -como nota al margen, tengo que agregar que soy zurda y ñurda- y bueno, un largo y eterno etc. que ya varias habrán experimentado.
- Dueña de casa. Un momento, me detengo. Partamos confesando que no sé que sería de la casa sin la Carolita, mi niñera (sí, no sólo de las niñas, también propia). Probablemente no mucho, esta mujer es una santa, un ángel guardían y sufro más cuando se enferma ella que cuando se enferma mi marido. De hecho, cuando ella está de vacaciones es cuando yo puedo tomar las mías, ergo, en realidad no tengo vacaciones (una casa con dos guaguas es cualquier cosa, menos un Spa o unas termas). Pero si bien ella me facilita enormemente la vida (cuando falta, sencillamente me deprimo), yo tengo que organizar la de ella, decirle qué hay que cocinar, comprar las verduras para la comida de las niñas, los remedios, ver si hay o no leche, dejar pagadas las cuentas de la casa, comprar la comida de los perros, ir a dejar a la gorda al jardín, pedir las horas al médico, ir a la tintorería, comprar el pan para la once (si, yo tomo once, no "el té"), en fin, un cuanto hay que no recuerdo, y que probablemente en este momento, me niego a recordar. Y claro, los fines de semana soy dueña de casa a tiempo completo, con marido incluido (que por muy encanto que sea es un factor más a considerar) y debo encargarme además de las cosas que Carolita hace durante la semana: aseo, almuerzo, todas las mudas y papas, etc, etc.
- Amiga. Porque nunca (jamás) hay que dejarlas de lado. Sabio consejo de mi madre que intento aplicar en la medida de lo posible, aunque sea sólo a través del teléfono, el facebook y el mail.
Eso, creo, seguro que se me quedan afuera unas cuantas enumeraciones (Uds. podrán complementarlas). El punto es que la complejidad de nuestra existencia es cada día mayor. Las exigencias -profesionales, maternales, maritales, en fin, de la vida- van en alza (con cuática, exponencialmente, too much), con el consiguiente desgaste emocional que ello conlleva.
Por eso la invitación es a darse permiso. No se trata de dejar a los hijos, el marido y la pega botados, pero sí a reconocerse falible, imperfecta, frágil, HUMANA.
Darse permiso para pedir ayuda (sin tanta pareafernalia de por medio). Darse permiso para equivocarse, porque sólo así se crece (sin la autoflagelación correspondiente). Darse permiso para decir NO sin remordimientos y para decir SÍ sin tanta culpa (veamos: uno NO siempre quiere tener sexo durante la semana y una a veces SÍ quiere tomarse un souer con las amigas en día hábil). Darse permiso, eso. Mientras más felices, mejores. Mejores madres, esposas, profesionales hijas, amigas y un a ratos eterno e insufrible, pero enriquecedor ETC.
Probablemente, unos cuantos incluso alterarían hasta el orden, y con ello las jerarquías y prioridades: Profesional, padre y esposo, se clasificarán algunos, pero una???, NOOOO! una no puede, una siempre es primero madre, después esposa y después profesional, o al menos, así lo confesará públicamente, pues cualquier alteración en el orden, sí que altera el "producto". En este país, y en este punto, no sólo hay que ser, también -y como decía mi abuela- hay que parecer, y sí, la IMAGEN ES TODO!
A esto, en mi caso particular -que imagino será el de muchas- habría que agregar otros "itemes": (que acá paso a enumerar)
- Hija. Y para más remate única, lo que hace que superados de los mimos y regalías de la más temprana infancia, sea uno la que tiene que cargar con padres cariñosos, pero también mañosos y separados.
- Profesora. En mis "ratos libres" (si es un eufenismo, no tengo ratos libre, desvisto un santo para vestir a otro), por vocación, pero sobre todo por necesidad, hago clases en una Universidad, (o sea, también educo hijos ajenos, harto más creciditos que los propios).
- Alumna. Porque claro, ser mujer-profesional es difícil, y como el magíster ya estaba añejo, (lo terminé hace más de 4 años y no es del área en la que ahora me desempeño) "había" que hacer un cursito de especialización. Así que aquí estamos, tomando un diplomado virtual con lecturas y controles semanales, y por supuesto, tratando de llevarlo con dignidad (antes muerta que sencilla), porque como me lo paga la empresa, no pasa nada con andar a patadas con los 4.
- Tendríamos que agregar apoderada. Por Dios que le cambia la vida a una cuando la mayor empieza a ir al jardín. Sí JARDÍN!!, ni siquiera prekinder, apenas nivel medio menor, algo que con suerte existía en mis tiempos y que hoy me obliga a abrir la mochila de Uniqua con recelo, ad portas de encontrarme con la citación a la reunión de apoderados justo para el día que debo viajar a otra región por pega; la petición de la bola de plumavit que me lleva a meterme al Jumbo a las 18:30 de la tarde porque en la librería más cercana al trabajo tenía bolas de 10 cm y no de 8 como quería la tía; o la manualidad para la casa, yo la más diestra con las manos -como nota al margen, tengo que agregar que soy zurda y ñurda- y bueno, un largo y eterno etc. que ya varias habrán experimentado.
- Dueña de casa. Un momento, me detengo. Partamos confesando que no sé que sería de la casa sin la Carolita, mi niñera (sí, no sólo de las niñas, también propia). Probablemente no mucho, esta mujer es una santa, un ángel guardían y sufro más cuando se enferma ella que cuando se enferma mi marido. De hecho, cuando ella está de vacaciones es cuando yo puedo tomar las mías, ergo, en realidad no tengo vacaciones (una casa con dos guaguas es cualquier cosa, menos un Spa o unas termas). Pero si bien ella me facilita enormemente la vida (cuando falta, sencillamente me deprimo), yo tengo que organizar la de ella, decirle qué hay que cocinar, comprar las verduras para la comida de las niñas, los remedios, ver si hay o no leche, dejar pagadas las cuentas de la casa, comprar la comida de los perros, ir a dejar a la gorda al jardín, pedir las horas al médico, ir a la tintorería, comprar el pan para la once (si, yo tomo once, no "el té"), en fin, un cuanto hay que no recuerdo, y que probablemente en este momento, me niego a recordar. Y claro, los fines de semana soy dueña de casa a tiempo completo, con marido incluido (que por muy encanto que sea es un factor más a considerar) y debo encargarme además de las cosas que Carolita hace durante la semana: aseo, almuerzo, todas las mudas y papas, etc, etc.
- Amiga. Porque nunca (jamás) hay que dejarlas de lado. Sabio consejo de mi madre que intento aplicar en la medida de lo posible, aunque sea sólo a través del teléfono, el facebook y el mail.
Eso, creo, seguro que se me quedan afuera unas cuantas enumeraciones (Uds. podrán complementarlas). El punto es que la complejidad de nuestra existencia es cada día mayor. Las exigencias -profesionales, maternales, maritales, en fin, de la vida- van en alza (con cuática, exponencialmente, too much), con el consiguiente desgaste emocional que ello conlleva.
Por eso la invitación es a darse permiso. No se trata de dejar a los hijos, el marido y la pega botados, pero sí a reconocerse falible, imperfecta, frágil, HUMANA.
Darse permiso para pedir ayuda (sin tanta pareafernalia de por medio). Darse permiso para equivocarse, porque sólo así se crece (sin la autoflagelación correspondiente). Darse permiso para decir NO sin remordimientos y para decir SÍ sin tanta culpa (veamos: uno NO siempre quiere tener sexo durante la semana y una a veces SÍ quiere tomarse un souer con las amigas en día hábil). Darse permiso, eso. Mientras más felices, mejores. Mejores madres, esposas, profesionales hijas, amigas y un a ratos eterno e insufrible, pero enriquecedor ETC.
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