Renuncié a la pega. Mañana me dicen si recibo o no algo de dinero por el finiquito y pronto me avisan si gané o no un concurso público para ser docente de planta media jornada en otra Universidad. Ambas cosas que de darse, además de hacerme inmensamente feliz -ya que me encanta la docencia y las lukas no me sobran- me darían en este momento algo que necesito: seguridad, tranquilidad y un empujoncito a la autoestima.
Pero quiero escribir hoy, quiero escribir desde el vértigo, desde el no saber. Porque eso es lo que cuesta (al menos, lo que a mí más me costó), dejar, voluntariamente, el calorcito de la comodidad, de las certidumbres, de las rutinas, del lugar en una institución, en un grupo, el celular, el fax, la impresora, la secretaria, la oficina, la tarjeta de presentación, el rol definido y claro donde una se dice y se presenta desde la profesión y el cargo, antes de lo demás (que suele ser generalmente, harto más importante que la profesión y el cargo).
No estaba feliz, los domingos me empezaba a doler el estómago y me daba angustia, desde el viaje a España las cosas ya no eran lo mismo en la oficina, al menos no para mí, o mejor dicho, no en mí. Comencé a preguntarme cosas como porqué y para qué, a qué costo; y si efectivamente -más allá del cariño a la gente y el "calorcito" antes descrito- estaba donde yo quería (y podía) estar.
Comencé a darle vueltas a la idea hace un tiempo, pero, en honor a la verdad, me la boicoteaba sola. Estaba tan acostumbrada a ser profesional, madre y esposa (en ese orden, al menos a la hora de distribuir y priorizar los tiempos) que me daba miedo dar vuelta los roles. Me sentía importante, y mi ego se sentía robusto y fuerte. Temía sentirme inútil, temía que no me resultara, temía que me juzgaran, temía que "no nos alcanzara", y porque no decirlo, temía que no me gustara...
En diciembre postulé a un trabajo que, desde mi querer y sentir, era de ensueño: media jornada dedicada a la docencia. Lo tenía todo planeado: Cuando estuvieran los resultados, si es que me iba bien, renunciaría a la pega. Si no, no. Es decir, no soltaría mi pájaro hasta tener otro bien firme en la mano. Pero, misteriosos los caminos del Señor, me empujó a tomar la decisión antes, a dejar volar mi pájaro sin saber siquiera si estaba entre los tres elegidos que competirían con uñas y dientes por "cazar" al cisne de mis sueños.
Los motivos que me empujaron a hacerlo ahora dan casi lo mismo y no tiene sentido referirme a ellos. En el momento claro que me dolieron, me sentí ninguneada, pasada a llevar, me habían pegado en el corazón y en el ego, pero claro, así es como se crece y se aprende. Opté: Ya no más, no me iba a desangrar por una pega.
De mi ex trabajo guardo los mejores recuerdos y cual Bolocco en el comercial de Next Tránsito me dije, misma "deja lo malo y quédate con lo bueno". Lloré, grité, hablé con mi marido, con mi mejor amiga, con mis papás y hasta con mi psiquiatra. Saqué cuentas con calculadora en mano, acepté hacer clases como profe hora en Santiago. Empecé a verbalizar la decisión entre mis cercanos. Las reacciones fueron desde el "Estás loca", "¿les va a alcanzar?" pasando por el equilibrado "piénsalo bien" hasta el reconfortante "Te felicito, es lo mejor que podías hacer".
Yo habría necesitado escuchar sólo las del último tipo, porque cuando uno tiene miedo necesita y busca casi con desesperación el refuerzo positivo. Qué fácil sería actuar desde las certezas, con la bolita de cristal asegurándome que todo todo había sido para mejor, que la decisión era la correcta y que me iría el descueve en lo que emprendiera.
La primera semana fue fatal, con las niñas en casa todo era más fácil, pero mientras estaban en el jardín me sentía totalmente useless. Las clases freelance aún no comenzaban y estaba tan deprimida que no tenía ánimo ni para prepararlas. Todas mis amigas estaban ocupadas con su pega o con sus hijos, me angustié, me sentía torpe, floja, y me daba susto pedir ayuda porque me daba terror escuchar el reproche, el "pero si tu renunciaste" o "y no era eso lo que querías", o "tú te quejabas que tenía poco tiempo"; y claro, tendrían toda la razón.
Pero era (y es) mucho más complejo que eso, porque los cambios siempre son difíciles, mejores, pero difíciles. Yo siempre he admirado a los aventureros, a los que se lanzan a la piscina sin mirar atrás, que envidia!, pero yo no soy (o acaso no era?) así. Fue paulatino, comencé a gozar los regaloneos en la mañana con las gordas y en la noche con el marido, el preparar las clases con cariño y tiempo, el estar disponible 100% para el Jardín de las niñas, las compras del súper, el ballet, la fonoaudióloga, el pediatra, las vacunas, la amiga hospitalizada, la que busca casa por el sector, la que peleó con el pololo, la que necesita asesoría profesional. Dejé de cuestionarme y comencé a disfrutar. Y aunque suene raro y no falten las que me tilden de malagradecida, me costó.
Me costó porque hoy es más dificil decir en voz alta que uno es "dueña de casa" que "ejecutiva", porque nos fijamos mucho en la tarjeta de presentación y no en la sonrisa o la sinceridad de la mirada, porque pese a que según yo, lo hacía regio de madre, esposa y profesional, estaba absolutamente sobrevendida y confundida. Amaba -y amo-, profundamente a mi familia y me quejaba constantemente por tener que cumplir en la casa y en el trabajo, y me deje de cumplir a mí, de seguir mis sueños. Dejé cosas como inamovibles, las di por hechas, por obvias, me estanqué. Hoy, pese a que sigo muerta de susto por saber qué pasará conmigo (los ramos se me acaban en Julio y con ellos, al menos de momento, mis certezas económicas y profesionales), entendí que mis sueños son también los de mi familia y amigos, que mis hijas necesitan una mamá plena porque sólo así seré la mejor mamá que puedo ser, imperfectísima, claro está, pero feliz y más dueña de mis actos y opciones.
No estoy culpando a nadie, fui yo misma la que eligió vivir lo que vivió, estresarse como se estresó, correr como corrió. Sólo quiero compartir esta experiencia "vertiginosa" con Uds. Hace un par de meses, jamás habría pensado en renunciar a una pega que a estas alturas hacía de memoria, con contrato, grandes amigos, subordinados y sueldo seguro a final de mes. No sé si gane el concurso al que estoy postulando ahora. No sé si deba hacer mi propia empresa. No sé si me dedique a otra cosa. No sé si tenga que volver a lo mismo por necesidad. Sólo sé que estoy enormemente agradecida de mi marido, mis amigos, mi ahora ex jefa y mis papás por apoyarme. Sólo sé que estoy un poco más cerca que antes a encontrar la pega de mis sueños, la que me permita ir feliz a trabajar y volver con una sonrisa a casa para ver crecer a mis hijas.
Al menos, lo estoy intentando, y ese, puede ser un pequeño paso para la humanidad, pero es uno gigante para mí.
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jueves, 17 de marzo de 2011
Desde el vértigo
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jueves, 27 de enero de 2011
Saldos de fin de año
No me pedí ningún día administrativo durante todo el 2010... miento, me tomé sólo uno, cuando operaron a mi hija mayor del cada vez más popularmente conocido "combo tres": amígdalas, adenoides y tapones timpánicos. Me pareció justificado, ya que por entonces no tenía ni los tres años cumplidos y que va!, soy la mamá. Desde allí, nada, y eso fue en enero, ergo hace un año atrás. Tras varios (VARIOS) intentos fallidos, me tomé medio día legal.
Quiero detenerme por un momento en "los intentos fallidos". Como mi hija menor no llega a los 2 años, llego en las mañanas 20 minutos más tarde que el resto, subo a almorzar todos los días a casa para recoger a la mayor del jardín y compartir con ambas un rato (san fuero maternal); RATO que se distribuye más o menos así: tomo el metro frente a la oficina, paso a buscar el auto, compro pan y verduras, voy al jardín, converso 5 minutos o más con la tía (eso depende de cómo se haya portado y de qué cosas deba llevar al día siguiente), la subo al auto (con mucha dificultad pues a esa hora juega con sus compañeritos en la casita de muñecas que esta en el patio, por lo que ir a comer lentejas a la casa no es un panorama muy atractivo que digamos), les doy almuerzo, la baño, como algo (generalmente un yogurt o un batido) cojo el auto, lo estaciono, me subo al metro y vuelta al laburo again.
Como eso toma tiempo y es a diario, mi conciencia culposa no me permite pedir más permisos o hacer uso de los días administrativos. Trato de llevarlas al médico después de las 6 o en la hora de almuerzo, idem con los trámites y con las compras en la farmacia. Del supermercado ni hablar, es un lujo reservado solo para el fin de semana.
Bueno, finalmente el 30 de diciembre, a un día del feriado bancario legal, a dos del cierre de toda tienda y supermercado y en fin, en el penúltimo día de un ajetreado año, solicité medio día para "mí".
Partí en el jardín como de costumbre, luego pase por el banco pues necesitaba hacer ejercicio bancario -a estas alturas el único tipo de ejercicio que tengo tiempo para practicar- isapre y luego al registro civil. Cuento corto, haciendo fila o esperando sentada con un numerito en la mano desde las 9:30 de la mañana hasta las 14:00 horas. Del terror. En pleno siglo XXI, con la internet 2.0 tirando para 3.0, realidad aumentada incluida, con los celulares inteligentes (a ratos mas que los propios dueños) masificadonse, etc, etc, etc, no había ningún prostituto tramite que pudiera realizarse por una vía no presencial.
Y ahí estaba yo, jugando con el celular, tratando infructuosamente que la pantalla touch obedeciera mis dedos gordos para conectarme a internet (extraño tanto mi nokia de palo!!!), leyendo el publimetro por quinta vez y mirando el reloj como si por el solo hecho de contemplarlo, la hora -y la fila-fueran a avanzar mas rápido.
Se me fue la mañana, y me quedaron cosas pendientes... no solo tramites por realizar, sino otras tantas encrucijadas, pequeñas, cotidianas, nimias para el resto pero trascendentales para el alma, que a toda madre, esposa y profesional se nos cruzan en la vida... Como lo voy a hacer con las horas del fonoaudiologo si atiende solo hasta las 18:00 hrs,? Mando a mi hija con la niñera, o mejor, que no vaya y que se banque la dislalia hasta que deba ingresar al colegio y la rechazen por transtornos en el lenguaje. Y con las clases de ballet?, puedo ir a dejarla, se volverá con los papas de alguna compañerita, le pasare la cámara de fotos a "alguien" para que retrate su primera clase. Y cuando en menos de 2 meses se me acabe el fuero maternal que tengo por la mas chica?, dejo de ir al jardín, de almorzar con las dos, de cortar mi día de trabajo con sus sonrisas, que son la recarga perfecta y precisa para la otra mitad de la jornada.
En pleno siglo XXI, en la era de todas las vainas que ya describí, donde conceptos como el teletrabajo, el great place to work, la productividad por metas y no por el cumplimiento de normas, etc.; están tan manoseados; me enfrento, como muchas, a una pared. A un mundo sumamente masculino, mucho mas allá del genero (porque para muestra un botón: quien dijo que 5 días son suficientes para un papa, en 5 días se hacen tramites, pero no termina de conectarse plenamente con su hijo recién nacido y de apañar a su mujer!!!). A un mundo donde me cuesta cada vez mas estar, ser. Un mundo donde soy madre, esposa y profesional, pero no en plenitud, y cada vez con mas dificultad, pues corro a ratos entre tropiezos para desvestir un santo y rauda vestir a otro. Einstein -que convengamos que leso no era- decía "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo"...
Fin de año -se que el año termino hace rato, pero mientras uno no salga de vacaciones, la cosa no vale- es siempre una oportunidad para replantearse y preguntarse, casi desde el cliche, "Que se espera de los próximos 365 días?". Hoy cambiare la pregunta. Me diré a mi misma, "Misma, que diantres harás con los próximos 365 días?". Al menos Einstein ya me dio una pista.
Quiero detenerme por un momento en "los intentos fallidos". Como mi hija menor no llega a los 2 años, llego en las mañanas 20 minutos más tarde que el resto, subo a almorzar todos los días a casa para recoger a la mayor del jardín y compartir con ambas un rato (san fuero maternal); RATO que se distribuye más o menos así: tomo el metro frente a la oficina, paso a buscar el auto, compro pan y verduras, voy al jardín, converso 5 minutos o más con la tía (eso depende de cómo se haya portado y de qué cosas deba llevar al día siguiente), la subo al auto (con mucha dificultad pues a esa hora juega con sus compañeritos en la casita de muñecas que esta en el patio, por lo que ir a comer lentejas a la casa no es un panorama muy atractivo que digamos), les doy almuerzo, la baño, como algo (generalmente un yogurt o un batido) cojo el auto, lo estaciono, me subo al metro y vuelta al laburo again.
Como eso toma tiempo y es a diario, mi conciencia culposa no me permite pedir más permisos o hacer uso de los días administrativos. Trato de llevarlas al médico después de las 6 o en la hora de almuerzo, idem con los trámites y con las compras en la farmacia. Del supermercado ni hablar, es un lujo reservado solo para el fin de semana.
Bueno, finalmente el 30 de diciembre, a un día del feriado bancario legal, a dos del cierre de toda tienda y supermercado y en fin, en el penúltimo día de un ajetreado año, solicité medio día para "mí".
Partí en el jardín como de costumbre, luego pase por el banco pues necesitaba hacer ejercicio bancario -a estas alturas el único tipo de ejercicio que tengo tiempo para practicar- isapre y luego al registro civil. Cuento corto, haciendo fila o esperando sentada con un numerito en la mano desde las 9:30 de la mañana hasta las 14:00 horas. Del terror. En pleno siglo XXI, con la internet 2.0 tirando para 3.0, realidad aumentada incluida, con los celulares inteligentes (a ratos mas que los propios dueños) masificadonse, etc, etc, etc, no había ningún prostituto tramite que pudiera realizarse por una vía no presencial.
Y ahí estaba yo, jugando con el celular, tratando infructuosamente que la pantalla touch obedeciera mis dedos gordos para conectarme a internet (extraño tanto mi nokia de palo!!!), leyendo el publimetro por quinta vez y mirando el reloj como si por el solo hecho de contemplarlo, la hora -y la fila-fueran a avanzar mas rápido.
Se me fue la mañana, y me quedaron cosas pendientes... no solo tramites por realizar, sino otras tantas encrucijadas, pequeñas, cotidianas, nimias para el resto pero trascendentales para el alma, que a toda madre, esposa y profesional se nos cruzan en la vida... Como lo voy a hacer con las horas del fonoaudiologo si atiende solo hasta las 18:00 hrs,? Mando a mi hija con la niñera, o mejor, que no vaya y que se banque la dislalia hasta que deba ingresar al colegio y la rechazen por transtornos en el lenguaje. Y con las clases de ballet?, puedo ir a dejarla, se volverá con los papas de alguna compañerita, le pasare la cámara de fotos a "alguien" para que retrate su primera clase. Y cuando en menos de 2 meses se me acabe el fuero maternal que tengo por la mas chica?, dejo de ir al jardín, de almorzar con las dos, de cortar mi día de trabajo con sus sonrisas, que son la recarga perfecta y precisa para la otra mitad de la jornada.
En pleno siglo XXI, en la era de todas las vainas que ya describí, donde conceptos como el teletrabajo, el great place to work, la productividad por metas y no por el cumplimiento de normas, etc.; están tan manoseados; me enfrento, como muchas, a una pared. A un mundo sumamente masculino, mucho mas allá del genero (porque para muestra un botón: quien dijo que 5 días son suficientes para un papa, en 5 días se hacen tramites, pero no termina de conectarse plenamente con su hijo recién nacido y de apañar a su mujer!!!). A un mundo donde me cuesta cada vez mas estar, ser. Un mundo donde soy madre, esposa y profesional, pero no en plenitud, y cada vez con mas dificultad, pues corro a ratos entre tropiezos para desvestir un santo y rauda vestir a otro. Einstein -que convengamos que leso no era- decía "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo"...
Fin de año -se que el año termino hace rato, pero mientras uno no salga de vacaciones, la cosa no vale- es siempre una oportunidad para replantearse y preguntarse, casi desde el cliche, "Que se espera de los próximos 365 días?". Hoy cambiare la pregunta. Me diré a mi misma, "Misma, que diantres harás con los próximos 365 días?". Al menos Einstein ya me dio una pista.
jueves, 19 de agosto de 2010
Nadie nace sabiendo!
Estoy leyendo a la Amanda Céspedes. Seca ella. Su libro, Niños con pataletas, adolescentes desafiantes debiera estar en el velador de toda madre, padre, tía aperrada, abuelo todoterreno y docente comprometido con su pega (el estante queda muy lejos y se puede perder entre tanto libro).
La verdad que hace tiempo estaba por comprármelo, pero había optado por los textos de RR.II. o de Marketing, como si adquirir un libro que le ayudara a uno a ser mejor madre, no fuera exponencialmente más importante que leer cosas que te aporten en lo profesional (y vaya que lo es).
Cuando conté que lo estaba leyendo y comencé a comentar algunos de los utilísimos consejos que ya he comenzado a poner en práctica con mis hijas en "edad preescolar", varios de mis interlocutores me miraron con cara de "pobrecita, sus hijas deben ser unos demonios tales que tiene que recurrir a los libros de autoayuda" o "como trabaja, no sabe ser buena madre, y piensa que unos textos de bolsillo la van a ayudar". Ya, puede que esté exagerando la nota y la gente no sea tan mal pensada como aquí describo, pero lo concreto es que me llamó profundamente la atención la falta de humildad y autocrítica de varios padres (aquí hablo en genérico). ¿Es que acaso pensamos que lo hacemos siempre el descueve? ¿que somos los mejores papás que nuestros hijos pueden tener?, ¿que nada es perfectible?, ¿que nacemos sabiendo?. No pues señores, nadie le enseña a uno a ser mamá o papá, y tal como le digo siempre a mis amigas cuando me manifiestan que están pensando en "encargar" (como si las guaguas las vendieran en el duty free), les digo lo mismo: "Ojo, que vienen sin garantía y sin manual".
A ver, ser mamá es MARAVILLOSO, es la oportunidad de encontrarle sentido a la vida todos los días y a cada rato; de mejorar la peor de las jornadas en la pega simplemente poniendo la llave en la puerta de la casa y sintiendo pasitos correr por el pasillo hacia nuestro encuentro; de reencontrarse con todas esas cosas simples y sorprendentes que creíamos perdidas en la caja negra que es la memoria adulta; de descubrir energía cuando creíamos que las preocupaciones cotidianas habían ya agotado nuestra cuota diaria. Pero vamos, que fácil no es.
El que diga que nunca ha perdido la paciencia, que tire la primera piedra... si hay alguien, por favor, que escriba un libro de autoayuda para hacerse millonario, dicte charlas en escuelas para padres o se vaya adonde pertenece (al planeta Marte, los mortales comunes y corrientes sólo sentiremos envidia por usted).
No se trata de contar hasta diez, de encerrarlos en la pieza hasta que se les pase la tontera, de dejarlos sin tele como consecuencia de su pataleta, o peor, de pegarles un correazo porque "nadie se muere de eso y se lo tenía bien merecido". Es mucho más complejo, integral y enriquecedor. Se trata simple -y complicadamente- de una invitación a entender la mente y la emocionalidad de nuestros hijos. "No existe en el mundo un niño o un adolescente que no desee transmutar sus pataletas, su rebeldía y su mala fama en gentileza y buena disposición", asegura Céspedes en su libro. Saben?, es cierto.
Mientras -y en lugar de procurar educarlos poniéndonos en su lugar-, caemos en facilismos como la negligencia o la desidia, porque estamos cansados de tanta trabajo y total "ya se les pasará". O nos dejamos llevar por el descontrol, los gritos y la reacción desmesurada, cuadro que vendría a constituirse en algo así como nuestra propia pataleta que lo único que consigue es angustiar más a nuestros hijos. No dije que fuera fácil, pero la promesa de convertir al pequeño demonio de tasmania en un adorable angelito, bien vale el esfuerzo.
Les cuento, muy humildemente, lo que a mí me ha funcionado tras la lectura del libro. Y ojo, que no es que antes yo fuera una madre desastrosa y negligente, es, sencillamente que todo ser humano es perfectible. Las madres también lo somos, aún cuando nos creamos las más secas sobre la faz de la tierra o nuestros hijos nos vean como la Chica Supersabia.
Yo pensaba que la hacía de lujo, cada vez que la de 3 años tenía pataleta, yo en lugar de gritarle o perder el control la "ignoraba" hasta que se calmaba (el proceso podía tardar de 5 minutos a 2 horas, con o sin público, en la casa un día domingo antes de comer o en la fila eterna del supermercado un viernes por la tarde). Resulta que mi "ignorarla" consistía, básicamente en dejarla llorar en el suelo y hacerle comentarios del tipo "No me la vas a ganar", o "pareces una guagua chica comportándote así". Pues bien, los niños -en varias ocasiones mucho más perceptivos, sabios y simples que uno- captan esa ironía, desdén y cuota de humillación en nuestras palabras. Resultado?, mis "inocentes" comentarios lo único que estaban logrando era atizar la ira pataletoza.
Hoy, sí, la ignoro (no la reto, ni corro a darle en el gusto), pero en vez de comentar ironías entre dientes y con los brazos cruzados como solía hacer, me quedo serena y acogedora junto a ella, le trasmito paz, le sonrío, la invito a jugar, le cambio el switch. Las pataletas duran menos, (no, no es que no las haya) y creo que ambas somos un poco más felices.
Porque no se trata de someternos a todos los caprichos de nuestros niños, bien saben que cuesta menos un sí que un no. Pero tampoco se trata de "someterlos" a ellos; son niños, son libres, son traviesos, son energía desbordante descubriendo el mundo. Debemos ser quienes los guien y los formen, no quienes los subyuguen. Eso, al menos yo, no nací sabiéndolo. Y si bien los 3 años y medio como madre me han desarrollado la intuición y la sabiduría, agradezco todo consejo, sugerencia y ayuda bien intencionada. ¿Quién no?
La verdad que hace tiempo estaba por comprármelo, pero había optado por los textos de RR.II. o de Marketing, como si adquirir un libro que le ayudara a uno a ser mejor madre, no fuera exponencialmente más importante que leer cosas que te aporten en lo profesional (y vaya que lo es).
Cuando conté que lo estaba leyendo y comencé a comentar algunos de los utilísimos consejos que ya he comenzado a poner en práctica con mis hijas en "edad preescolar", varios de mis interlocutores me miraron con cara de "pobrecita, sus hijas deben ser unos demonios tales que tiene que recurrir a los libros de autoayuda" o "como trabaja, no sabe ser buena madre, y piensa que unos textos de bolsillo la van a ayudar". Ya, puede que esté exagerando la nota y la gente no sea tan mal pensada como aquí describo, pero lo concreto es que me llamó profundamente la atención la falta de humildad y autocrítica de varios padres (aquí hablo en genérico). ¿Es que acaso pensamos que lo hacemos siempre el descueve? ¿que somos los mejores papás que nuestros hijos pueden tener?, ¿que nada es perfectible?, ¿que nacemos sabiendo?. No pues señores, nadie le enseña a uno a ser mamá o papá, y tal como le digo siempre a mis amigas cuando me manifiestan que están pensando en "encargar" (como si las guaguas las vendieran en el duty free), les digo lo mismo: "Ojo, que vienen sin garantía y sin manual".
A ver, ser mamá es MARAVILLOSO, es la oportunidad de encontrarle sentido a la vida todos los días y a cada rato; de mejorar la peor de las jornadas en la pega simplemente poniendo la llave en la puerta de la casa y sintiendo pasitos correr por el pasillo hacia nuestro encuentro; de reencontrarse con todas esas cosas simples y sorprendentes que creíamos perdidas en la caja negra que es la memoria adulta; de descubrir energía cuando creíamos que las preocupaciones cotidianas habían ya agotado nuestra cuota diaria. Pero vamos, que fácil no es.
El que diga que nunca ha perdido la paciencia, que tire la primera piedra... si hay alguien, por favor, que escriba un libro de autoayuda para hacerse millonario, dicte charlas en escuelas para padres o se vaya adonde pertenece (al planeta Marte, los mortales comunes y corrientes sólo sentiremos envidia por usted).
No se trata de contar hasta diez, de encerrarlos en la pieza hasta que se les pase la tontera, de dejarlos sin tele como consecuencia de su pataleta, o peor, de pegarles un correazo porque "nadie se muere de eso y se lo tenía bien merecido". Es mucho más complejo, integral y enriquecedor. Se trata simple -y complicadamente- de una invitación a entender la mente y la emocionalidad de nuestros hijos. "No existe en el mundo un niño o un adolescente que no desee transmutar sus pataletas, su rebeldía y su mala fama en gentileza y buena disposición", asegura Céspedes en su libro. Saben?, es cierto.
Mientras -y en lugar de procurar educarlos poniéndonos en su lugar-, caemos en facilismos como la negligencia o la desidia, porque estamos cansados de tanta trabajo y total "ya se les pasará". O nos dejamos llevar por el descontrol, los gritos y la reacción desmesurada, cuadro que vendría a constituirse en algo así como nuestra propia pataleta que lo único que consigue es angustiar más a nuestros hijos. No dije que fuera fácil, pero la promesa de convertir al pequeño demonio de tasmania en un adorable angelito, bien vale el esfuerzo.
Les cuento, muy humildemente, lo que a mí me ha funcionado tras la lectura del libro. Y ojo, que no es que antes yo fuera una madre desastrosa y negligente, es, sencillamente que todo ser humano es perfectible. Las madres también lo somos, aún cuando nos creamos las más secas sobre la faz de la tierra o nuestros hijos nos vean como la Chica Supersabia.
Yo pensaba que la hacía de lujo, cada vez que la de 3 años tenía pataleta, yo en lugar de gritarle o perder el control la "ignoraba" hasta que se calmaba (el proceso podía tardar de 5 minutos a 2 horas, con o sin público, en la casa un día domingo antes de comer o en la fila eterna del supermercado un viernes por la tarde). Resulta que mi "ignorarla" consistía, básicamente en dejarla llorar en el suelo y hacerle comentarios del tipo "No me la vas a ganar", o "pareces una guagua chica comportándote así". Pues bien, los niños -en varias ocasiones mucho más perceptivos, sabios y simples que uno- captan esa ironía, desdén y cuota de humillación en nuestras palabras. Resultado?, mis "inocentes" comentarios lo único que estaban logrando era atizar la ira pataletoza.
Hoy, sí, la ignoro (no la reto, ni corro a darle en el gusto), pero en vez de comentar ironías entre dientes y con los brazos cruzados como solía hacer, me quedo serena y acogedora junto a ella, le trasmito paz, le sonrío, la invito a jugar, le cambio el switch. Las pataletas duran menos, (no, no es que no las haya) y creo que ambas somos un poco más felices.
Porque no se trata de someternos a todos los caprichos de nuestros niños, bien saben que cuesta menos un sí que un no. Pero tampoco se trata de "someterlos" a ellos; son niños, son libres, son traviesos, son energía desbordante descubriendo el mundo. Debemos ser quienes los guien y los formen, no quienes los subyuguen. Eso, al menos yo, no nací sabiéndolo. Y si bien los 3 años y medio como madre me han desarrollado la intuición y la sabiduría, agradezco todo consejo, sugerencia y ayuda bien intencionada. ¿Quién no?
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viernes, 30 de julio de 2010
Lo que a mí me funciona
Mi Facebook dice desde ayer algo así: "Dos controles esta semana, la próxima examen de y control del ramo nuevo y la siguiente, examen de nuevo, ¿No será mucho?". Ante este autodiagnóstico y su poco glamorosa declaración pública en la web, ha resultado por decir lo menos, gracioso, ver cómo las personas declaran que "Les Gusta" mi estado, como si la desgracia ajena fuera motivo de alegría... bueno, pensándolo bien,nuestra cultura chilensis siempre ha sido un poco así. Hay cierto morbo en el padecimiento del otro.
Como sea, prefiero pensar que a mis contactos virtuales les "gusta" no mi sufrimiento académico, sino más bien el hecho que esté estudiando, perfeccionándome, adquiriendo más competencias profesionales o el eufenismo que quieran usar para decir que estoy reventada entre clases, análisis de casos, libros y papers.
Lo aún más wako es que un amigo, de hecho, mi mejor amigo, comentó mi estado del face poniendo el detalle de los exámenes, certámenes y presentaciones que él tiene esta semana en su MBA (con ramos que, al menos en el papel, suenan más peludos que los míos), como broche de oro luego de la enumeración, posteó la siguiente frase: "¿Cómo te quedó el ojo?"
Yo, muy digna, le contesté que el ojo me había quedado exactamente igual (chico y rojo de tanto leer) porque mal que mal el es soltero, se está cambiando de pega y no es papá. Y yo, yo bueno, soy mamá, esposa, dueña de casa, profesional, docente y ahora, además, estudiante otra vez.
Como si fuera poco, la pega estas semanas ha estado fatal, entre la mucha que hay y los cambios al interior de la empresa en los niveles gerenciales, que hacen que de mi jefatura directa para arriba todos anden medio saltones.
Ojo, no me quejo, yo me metí en este baile solita y mi única alternativa es hacerme cargo de mi nueva etapa de estudiante, no hay de otra. Sin embargo, la catarsis es necesaria. No se trata de andar de víctima por la vida, pero un poquito de empatía tampoco anda mal.
Para colmo, como soy reñoña (el ñoña ya me quedó chico) estoy fichando los textos y haciendo resúmenes. Según algunos, sólo me falta subrayarlos con lapicitos rosados con olor a frutilla. La verdad es que los lapicitos que ocupo son plumones fosforescentes y no tienen aroma, pero la última vez que un colega me vio estudiar -con subrayado incluido- se burló de mí, con un comentario que no recuerdo bien, pero que básicamente me comparaba con aquel pasaje de la película "Legalmente Rubia" en el que la protagonista entrega su curriculum en un muy singular papel rosa perfumado.. Alla él, pensé. Momento seguido, el espíritu santo de posó sobre mí y recordé las palabras sabias, y quizás hasta premonitorias que un doctor amigo de mi familia -con la nada despreciable suma de 12 hijos (no, no es opus)- me regaló hace ya casi 10 años atrás. Cenábamos en su casa junto a mi actual marido (entonces apenas mi pololo) y no pude evitar consultar por el silencio monástico que reinaba en el hogar a las 10 de la noche (recuerden, 12 hijos). El prolífico padre se limitó a contestar: "mantén el orden, que el orden te mantendrá".
Tras 9 años como profesional, 5 como esposa y poco más de 3 como madre, mentiría si digo que he aplicado el precepto al pie de la letra. En efecto, creo que he estado más bien lejos de él... probablemente como muchas de ustedes pierdo con facilidad el celular, llaves, agendas, tarjetas de invitaciones a cumpleaños de las niñas, trabas (no sé cuántas veces alguna de las tres cadenas de farmacias, coludidas hasta en el precio de los collets, me han visto ir por un set de pinches de colores con florcitas o mariposas para las ñiñas).
Sin embargo, tengo cosas que sí me resultan. De un tiempo a esta parte -probablemente con la edad y el conocimiento de sí misma que sólo dan los años- he asumido que tengo una memoria de elefante para algunas cosas (por ejemplo, soy excelente fisonomista, no olvido un nombre y aplico "ni perdón ni olvido" a una traición). Pero también sé que tengo recuerdos demasiado frágiles para ciertas cosas prácticas que una buena madre y profesional debiera, en lo posible, retener. Vieron la película Memento???. Pues algo así (aunque no estoy para tatuarme todavía).
Ergo, soy pseudo adicta a los posit, tengo una pizarra en mi oficina, anoto todo en la agenda y apenas me comprometo para algo, le digo a mi asistente -incluso antes de cortar el teléfono- cuál fue el compromiso recién adquirido para las próximas horas, semanas o meses. Me mando correos a mí misma y tengo una carpeta PENDIENTE en el outlock. Soy de las que ocupa Facebook para ver los cumpleaños y le pido a la tía del jardín que anote todo lo que sea necesario en el cuaderno de mi hija mayor, el refrigerador de mi casa parece diario mural y cada vez que voy a Casa & Ideas salgo con un nuevo set de imanes, porque nunca son suficientes para los mil recaditos que debo anotar a diario.
Y sí, tengo poco tiempo para estudiar, curso el diploma en medio de mamaderas, pañales, jardín, pega, compras del super y un cuantohay más.
Mis hijas me interrumpen en medio del estudio con un "mamá pipí" (la mayor) o simplemente con un aroma a caca indicándome que es momento de mudar (la menor). En algunas ocasiones, llaman para pedirme brazos o simplemente un nanai en la dodilla. Entonces interrumpo de sopetón la lectura y soy 100% madre, la retomo cuando puedo y vuelvo rápido al párrafo o idea antes abandonada. Por qué? porque mis papers están subrayados con lápices fosforescentes. Porque no mantengo "el orden", pero si trato de mantener "mi orden". Porque es lo que a mí me funciona. Y el que diga que soy ñoña, que trate de ser multifuncional primero y luego vea si todavía quiere tirar la primera piedra.
Como sea, prefiero pensar que a mis contactos virtuales les "gusta" no mi sufrimiento académico, sino más bien el hecho que esté estudiando, perfeccionándome, adquiriendo más competencias profesionales o el eufenismo que quieran usar para decir que estoy reventada entre clases, análisis de casos, libros y papers.
Lo aún más wako es que un amigo, de hecho, mi mejor amigo, comentó mi estado del face poniendo el detalle de los exámenes, certámenes y presentaciones que él tiene esta semana en su MBA (con ramos que, al menos en el papel, suenan más peludos que los míos), como broche de oro luego de la enumeración, posteó la siguiente frase: "¿Cómo te quedó el ojo?"
Yo, muy digna, le contesté que el ojo me había quedado exactamente igual (chico y rojo de tanto leer) porque mal que mal el es soltero, se está cambiando de pega y no es papá. Y yo, yo bueno, soy mamá, esposa, dueña de casa, profesional, docente y ahora, además, estudiante otra vez.
Como si fuera poco, la pega estas semanas ha estado fatal, entre la mucha que hay y los cambios al interior de la empresa en los niveles gerenciales, que hacen que de mi jefatura directa para arriba todos anden medio saltones.
Ojo, no me quejo, yo me metí en este baile solita y mi única alternativa es hacerme cargo de mi nueva etapa de estudiante, no hay de otra. Sin embargo, la catarsis es necesaria. No se trata de andar de víctima por la vida, pero un poquito de empatía tampoco anda mal.
Para colmo, como soy reñoña (el ñoña ya me quedó chico) estoy fichando los textos y haciendo resúmenes. Según algunos, sólo me falta subrayarlos con lapicitos rosados con olor a frutilla. La verdad es que los lapicitos que ocupo son plumones fosforescentes y no tienen aroma, pero la última vez que un colega me vio estudiar -con subrayado incluido- se burló de mí, con un comentario que no recuerdo bien, pero que básicamente me comparaba con aquel pasaje de la película "Legalmente Rubia" en el que la protagonista entrega su curriculum en un muy singular papel rosa perfumado.. Alla él, pensé. Momento seguido, el espíritu santo de posó sobre mí y recordé las palabras sabias, y quizás hasta premonitorias que un doctor amigo de mi familia -con la nada despreciable suma de 12 hijos (no, no es opus)- me regaló hace ya casi 10 años atrás. Cenábamos en su casa junto a mi actual marido (entonces apenas mi pololo) y no pude evitar consultar por el silencio monástico que reinaba en el hogar a las 10 de la noche (recuerden, 12 hijos). El prolífico padre se limitó a contestar: "mantén el orden, que el orden te mantendrá".
Tras 9 años como profesional, 5 como esposa y poco más de 3 como madre, mentiría si digo que he aplicado el precepto al pie de la letra. En efecto, creo que he estado más bien lejos de él... probablemente como muchas de ustedes pierdo con facilidad el celular, llaves, agendas, tarjetas de invitaciones a cumpleaños de las niñas, trabas (no sé cuántas veces alguna de las tres cadenas de farmacias, coludidas hasta en el precio de los collets, me han visto ir por un set de pinches de colores con florcitas o mariposas para las ñiñas).
Sin embargo, tengo cosas que sí me resultan. De un tiempo a esta parte -probablemente con la edad y el conocimiento de sí misma que sólo dan los años- he asumido que tengo una memoria de elefante para algunas cosas (por ejemplo, soy excelente fisonomista, no olvido un nombre y aplico "ni perdón ni olvido" a una traición). Pero también sé que tengo recuerdos demasiado frágiles para ciertas cosas prácticas que una buena madre y profesional debiera, en lo posible, retener. Vieron la película Memento???. Pues algo así (aunque no estoy para tatuarme todavía).
Ergo, soy pseudo adicta a los posit, tengo una pizarra en mi oficina, anoto todo en la agenda y apenas me comprometo para algo, le digo a mi asistente -incluso antes de cortar el teléfono- cuál fue el compromiso recién adquirido para las próximas horas, semanas o meses. Me mando correos a mí misma y tengo una carpeta PENDIENTE en el outlock. Soy de las que ocupa Facebook para ver los cumpleaños y le pido a la tía del jardín que anote todo lo que sea necesario en el cuaderno de mi hija mayor, el refrigerador de mi casa parece diario mural y cada vez que voy a Casa & Ideas salgo con un nuevo set de imanes, porque nunca son suficientes para los mil recaditos que debo anotar a diario.
Y sí, tengo poco tiempo para estudiar, curso el diploma en medio de mamaderas, pañales, jardín, pega, compras del super y un cuantohay más.
Mis hijas me interrumpen en medio del estudio con un "mamá pipí" (la mayor) o simplemente con un aroma a caca indicándome que es momento de mudar (la menor). En algunas ocasiones, llaman para pedirme brazos o simplemente un nanai en la dodilla. Entonces interrumpo de sopetón la lectura y soy 100% madre, la retomo cuando puedo y vuelvo rápido al párrafo o idea antes abandonada. Por qué? porque mis papers están subrayados con lápices fosforescentes. Porque no mantengo "el orden", pero si trato de mantener "mi orden". Porque es lo que a mí me funciona. Y el que diga que soy ñoña, que trate de ser multifuncional primero y luego vea si todavía quiere tirar la primera piedra.
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martes, 6 de julio de 2010
Un mes sin escribir...Hoy, solidaridad de género???
Hay ciertos indicadores en la vida de todas las mujeres que nos ponen en alerta. Cada una tiene los propios: cuántos días sin depilarnos, sin teñirnos, sin ir al ginmasio, sin hablar con la mejor amiga, sin tener buen sexo, sin dormir bien, sin comprarnos algo que nos guste o sencillamente necesitemos, etc. Son señales inequívocas de que algo anda mal, de que el tiempo, al menos, el dedicado "a una misma" escasea. En mi caso, desde mi época de estudiante cuando pasaba algo muy heavy en mi vida -desde prueba coeficiente dos hasta el día de mi boda- y el stress me comía por dentro (mientras yo por fuera también me lo comía todo de pura ansiedad), me daba ataque con cuática al colón. Era, como dice una colega la señal de "luces rojas" o mi propio "Houston, we have a problem".
Hoy - cuando enfermarme yo misma se ha convertido en un lujo que según mis hijas y mi pega no me puedo dar- mis episodios de máxima demanda quedan de manifiesto simplemente por no haber hecho catarsis en este blog por más de un mes... ergo, ahora
Ni se piensen que no he necesitado escribir, que va!, al revés, he requeterequerido desahogarme, y por eso mismo es que no lo he hecho: el tiempo, el ánimo, el sueño, el trabajo, y un largo etc. me lo han impedido.
Y aquí estoy, frente al computador (nuevo, por lo demás, cuyas teclas y su distribiución aún no acabo de comprender) con el síndrome de la hoja en blanco, bueno, la pantalla en blanco para ser más rigurosa. Tantas cosas que decir que ya ni se por donde empezar, me siento total y absolutamente sobrepasada.
Vengo llegando de un viaje de pega a Europa (que suerte, dirán algunas... no se engañen por favor!). Digo llegando porque si bien llevo una semana en Chilito, no he tenido tiempo ni para revisar las fotos. Me bajé el lunes del avión y ese mismo día en la tarde ya estaba en onces familiares, repartija de regalo y obviamente, sacándole el jugo a mis hijas y mi marido, que quedaron probablemente con hematomas después de tantos abrazos. Al día siguiente, en la pega produciendo, organizando un megaevento del trabajo para ese mismo jueves y leyendo contra el tiempo los paper del diplomado, mientras llamaba a Help porque los pollos chicos tienen rinofaringuitis otra vez y mi jefa me retaba (con justa razón) por llegar a las 10 de la mañana en vez de a las 9:30. Flor!
Para peor, en la oficina todos me miran con cara de envidia, como si hubiera vuelta recientemente de vacaciones en alguna isla paradisiaca del Caribe; y no de conocer a full en apenas dos semanas todo lo que pude sobre la materia de la pasantía y los clichés de Barcelona, Madrid y París (la torre, el arco, la Sagrada Familia, etc, etc, etc. Y sí, son bonitas, sí, los franceses son guapos y cochinos y no, no me subí a la eiffel, al vi de afuerita no más).
Hacer todo y hacerlo bien. Ufff, víctima de mi propia trampa de nuevo. Como dice el refrán popular, quien mucho abarca, poco aprieta, o poco disfruta, como sería mejor dicho en mi caso. Europa fue intenso, bonito, enriquecedor, pero vamos, que hasta ahí no más llego.
La vuelta, como ya les decía, tampoco ha sido de miel sobre hojuelas. Tengo sueño, nunca me terminé por acostrumbrar al horario, y 17 días después, cuando ya sentía que lo lograba, me vine de vuelta.
Allá, uds. me entenderán, trataba de conectarme a las hora en que las niñas acostumbraban verme llegar -19:00 app. hora chilena- lo que daba un plazo fatal de la 1 de la mañana en "las Europas". Y a la mañana siguiente reunión. Qué decir cuando se me ocurría esperar a mi marido, me daban las 3 de la madrugada sin problemas. Sacrificado?, no, el sacrificio habría sido no verlas a la hora que al menos para ellas, era la de siempre.
Acá, back to reality, me dan ganas de dormirme a las 10 de la noche (imaginarán la felicidad de mi esposo, pucha que fome la señora que le mandaron de vuelta de España!!) y me da hambre a las horas más increíbles.
Mi jefa, con un hijo más grande y sin marido que atender, anda como lechuga. "Dormí todo el fin de semana", me comentó el otro día. A un niño de 13 años debe ser más fácil explicarle que la mamá está cansada que a dos guaguas de 3 y 1, supongo.
Y esto me lleva a la reflexión de hoy (que manera de darme vueltas, no???, para que vean que ando dispersa). Las mujeres somos, a ratos, muy pocos solidarias, primero con nosotras, y segundo, porqué no reconocerlo, con el resto del género. Tenemos mala memoria, olvidamos cómo era cambiar pañales con rapidez; indicamos con tono de reproche la mancha de leche en la blusa de la colega que amamanta antes de entrar a reunión; no entendemos cómo si las guaguas se despiertan temprano, la madre de las mismas no llega antes de las 8:00 a la oficina, porque claro, invisibilizamos el ritual previo a cada salida. Y vamos más allá: tratamos de suelta a la soltera que, oh envidia, tiene todo su derecho a pasarla bien e irse de carrete hasta que se le apague la tele; o de superficial a la que se puede gastar toda la plata del sueldo en ropa; o de irresponsable a la que se hace un test de embarazo toda urgida en el baño de la pega porque tuvo una "noche loca" con el novio.
Somos tan duras con nosotras y entre nosotras que a ratos, damos susto. Nos ha costado tanto llegar a donde estamos (y nos falta aún tanto para lograr igualdad de sueldos, de reconocimientos, de cargos públicos, de responsabilidades, y nuevamente, un largo etc.) que nos defendemos como leonas entre leonas; en vez de hermanarnos, de cobijarnos, de regalar y recordar que nosotras, algún día, estuvimos o estaremos exactamente donde está la mujer que tenemos justo al lado.
Hoy - cuando enfermarme yo misma se ha convertido en un lujo que según mis hijas y mi pega no me puedo dar- mis episodios de máxima demanda quedan de manifiesto simplemente por no haber hecho catarsis en este blog por más de un mes... ergo, ahora
Ni se piensen que no he necesitado escribir, que va!, al revés, he requeterequerido desahogarme, y por eso mismo es que no lo he hecho: el tiempo, el ánimo, el sueño, el trabajo, y un largo etc. me lo han impedido.
Y aquí estoy, frente al computador (nuevo, por lo demás, cuyas teclas y su distribiución aún no acabo de comprender) con el síndrome de la hoja en blanco, bueno, la pantalla en blanco para ser más rigurosa. Tantas cosas que decir que ya ni se por donde empezar, me siento total y absolutamente sobrepasada.
Vengo llegando de un viaje de pega a Europa (que suerte, dirán algunas... no se engañen por favor!). Digo llegando porque si bien llevo una semana en Chilito, no he tenido tiempo ni para revisar las fotos. Me bajé el lunes del avión y ese mismo día en la tarde ya estaba en onces familiares, repartija de regalo y obviamente, sacándole el jugo a mis hijas y mi marido, que quedaron probablemente con hematomas después de tantos abrazos. Al día siguiente, en la pega produciendo, organizando un megaevento del trabajo para ese mismo jueves y leyendo contra el tiempo los paper del diplomado, mientras llamaba a Help porque los pollos chicos tienen rinofaringuitis otra vez y mi jefa me retaba (con justa razón) por llegar a las 10 de la mañana en vez de a las 9:30. Flor!
Para peor, en la oficina todos me miran con cara de envidia, como si hubiera vuelta recientemente de vacaciones en alguna isla paradisiaca del Caribe; y no de conocer a full en apenas dos semanas todo lo que pude sobre la materia de la pasantía y los clichés de Barcelona, Madrid y París (la torre, el arco, la Sagrada Familia, etc, etc, etc. Y sí, son bonitas, sí, los franceses son guapos y cochinos y no, no me subí a la eiffel, al vi de afuerita no más).
Hacer todo y hacerlo bien. Ufff, víctima de mi propia trampa de nuevo. Como dice el refrán popular, quien mucho abarca, poco aprieta, o poco disfruta, como sería mejor dicho en mi caso. Europa fue intenso, bonito, enriquecedor, pero vamos, que hasta ahí no más llego.
La vuelta, como ya les decía, tampoco ha sido de miel sobre hojuelas. Tengo sueño, nunca me terminé por acostrumbrar al horario, y 17 días después, cuando ya sentía que lo lograba, me vine de vuelta.
Allá, uds. me entenderán, trataba de conectarme a las hora en que las niñas acostumbraban verme llegar -19:00 app. hora chilena- lo que daba un plazo fatal de la 1 de la mañana en "las Europas". Y a la mañana siguiente reunión. Qué decir cuando se me ocurría esperar a mi marido, me daban las 3 de la madrugada sin problemas. Sacrificado?, no, el sacrificio habría sido no verlas a la hora que al menos para ellas, era la de siempre.
Acá, back to reality, me dan ganas de dormirme a las 10 de la noche (imaginarán la felicidad de mi esposo, pucha que fome la señora que le mandaron de vuelta de España!!) y me da hambre a las horas más increíbles.
Mi jefa, con un hijo más grande y sin marido que atender, anda como lechuga. "Dormí todo el fin de semana", me comentó el otro día. A un niño de 13 años debe ser más fácil explicarle que la mamá está cansada que a dos guaguas de 3 y 1, supongo.
Y esto me lleva a la reflexión de hoy (que manera de darme vueltas, no???, para que vean que ando dispersa). Las mujeres somos, a ratos, muy pocos solidarias, primero con nosotras, y segundo, porqué no reconocerlo, con el resto del género. Tenemos mala memoria, olvidamos cómo era cambiar pañales con rapidez; indicamos con tono de reproche la mancha de leche en la blusa de la colega que amamanta antes de entrar a reunión; no entendemos cómo si las guaguas se despiertan temprano, la madre de las mismas no llega antes de las 8:00 a la oficina, porque claro, invisibilizamos el ritual previo a cada salida. Y vamos más allá: tratamos de suelta a la soltera que, oh envidia, tiene todo su derecho a pasarla bien e irse de carrete hasta que se le apague la tele; o de superficial a la que se puede gastar toda la plata del sueldo en ropa; o de irresponsable a la que se hace un test de embarazo toda urgida en el baño de la pega porque tuvo una "noche loca" con el novio.
Somos tan duras con nosotras y entre nosotras que a ratos, damos susto. Nos ha costado tanto llegar a donde estamos (y nos falta aún tanto para lograr igualdad de sueldos, de reconocimientos, de cargos públicos, de responsabilidades, y nuevamente, un largo etc.) que nos defendemos como leonas entre leonas; en vez de hermanarnos, de cobijarnos, de regalar y recordar que nosotras, algún día, estuvimos o estaremos exactamente donde está la mujer que tenemos justo al lado.
miércoles, 5 de mayo de 2010
Madre, esposa y profesional. MUJER! (y un largo ETC.)
Suena de perogrullo, redundante si se quiere. Hasta mal redactado dirán los más puristas... pero es muy simple. Para ser MADRE, ESPOSA Y PROFESIONAL, hay que ser MUJER. Claro, un HOMBRE sería PADRE, ESPOSO Y PROFESIONAL, y convengamos, NO ES LO MISMO.
Probablemente, unos cuantos incluso alterarían hasta el orden, y con ello las jerarquías y prioridades: Profesional, padre y esposo, se clasificarán algunos, pero una???, NOOOO! una no puede, una siempre es primero madre, después esposa y después profesional, o al menos, así lo confesará públicamente, pues cualquier alteración en el orden, sí que altera el "producto". En este país, y en este punto, no sólo hay que ser, también -y como decía mi abuela- hay que parecer, y sí, la IMAGEN ES TODO!
A esto, en mi caso particular -que imagino será el de muchas- habría que agregar otros "itemes": (que acá paso a enumerar)
- Hija. Y para más remate única, lo que hace que superados de los mimos y regalías de la más temprana infancia, sea uno la que tiene que cargar con padres cariñosos, pero también mañosos y separados.
- Profesora. En mis "ratos libres" (si es un eufenismo, no tengo ratos libre, desvisto un santo para vestir a otro), por vocación, pero sobre todo por necesidad, hago clases en una Universidad, (o sea, también educo hijos ajenos, harto más creciditos que los propios).
- Alumna. Porque claro, ser mujer-profesional es difícil, y como el magíster ya estaba añejo, (lo terminé hace más de 4 años y no es del área en la que ahora me desempeño) "había" que hacer un cursito de especialización. Así que aquí estamos, tomando un diplomado virtual con lecturas y controles semanales, y por supuesto, tratando de llevarlo con dignidad (antes muerta que sencilla), porque como me lo paga la empresa, no pasa nada con andar a patadas con los 4.
- Tendríamos que agregar apoderada. Por Dios que le cambia la vida a una cuando la mayor empieza a ir al jardín. Sí JARDÍN!!, ni siquiera prekinder, apenas nivel medio menor, algo que con suerte existía en mis tiempos y que hoy me obliga a abrir la mochila de Uniqua con recelo, ad portas de encontrarme con la citación a la reunión de apoderados justo para el día que debo viajar a otra región por pega; la petición de la bola de plumavit que me lleva a meterme al Jumbo a las 18:30 de la tarde porque en la librería más cercana al trabajo tenía bolas de 10 cm y no de 8 como quería la tía; o la manualidad para la casa, yo la más diestra con las manos -como nota al margen, tengo que agregar que soy zurda y ñurda- y bueno, un largo y eterno etc. que ya varias habrán experimentado.
- Dueña de casa. Un momento, me detengo. Partamos confesando que no sé que sería de la casa sin la Carolita, mi niñera (sí, no sólo de las niñas, también propia). Probablemente no mucho, esta mujer es una santa, un ángel guardían y sufro más cuando se enferma ella que cuando se enferma mi marido. De hecho, cuando ella está de vacaciones es cuando yo puedo tomar las mías, ergo, en realidad no tengo vacaciones (una casa con dos guaguas es cualquier cosa, menos un Spa o unas termas). Pero si bien ella me facilita enormemente la vida (cuando falta, sencillamente me deprimo), yo tengo que organizar la de ella, decirle qué hay que cocinar, comprar las verduras para la comida de las niñas, los remedios, ver si hay o no leche, dejar pagadas las cuentas de la casa, comprar la comida de los perros, ir a dejar a la gorda al jardín, pedir las horas al médico, ir a la tintorería, comprar el pan para la once (si, yo tomo once, no "el té"), en fin, un cuanto hay que no recuerdo, y que probablemente en este momento, me niego a recordar. Y claro, los fines de semana soy dueña de casa a tiempo completo, con marido incluido (que por muy encanto que sea es un factor más a considerar) y debo encargarme además de las cosas que Carolita hace durante la semana: aseo, almuerzo, todas las mudas y papas, etc, etc.
- Amiga. Porque nunca (jamás) hay que dejarlas de lado. Sabio consejo de mi madre que intento aplicar en la medida de lo posible, aunque sea sólo a través del teléfono, el facebook y el mail.
Eso, creo, seguro que se me quedan afuera unas cuantas enumeraciones (Uds. podrán complementarlas). El punto es que la complejidad de nuestra existencia es cada día mayor. Las exigencias -profesionales, maternales, maritales, en fin, de la vida- van en alza (con cuática, exponencialmente, too much), con el consiguiente desgaste emocional que ello conlleva.
Por eso la invitación es a darse permiso. No se trata de dejar a los hijos, el marido y la pega botados, pero sí a reconocerse falible, imperfecta, frágil, HUMANA.
Darse permiso para pedir ayuda (sin tanta pareafernalia de por medio). Darse permiso para equivocarse, porque sólo así se crece (sin la autoflagelación correspondiente). Darse permiso para decir NO sin remordimientos y para decir SÍ sin tanta culpa (veamos: uno NO siempre quiere tener sexo durante la semana y una a veces SÍ quiere tomarse un souer con las amigas en día hábil). Darse permiso, eso. Mientras más felices, mejores. Mejores madres, esposas, profesionales hijas, amigas y un a ratos eterno e insufrible, pero enriquecedor ETC.
Probablemente, unos cuantos incluso alterarían hasta el orden, y con ello las jerarquías y prioridades: Profesional, padre y esposo, se clasificarán algunos, pero una???, NOOOO! una no puede, una siempre es primero madre, después esposa y después profesional, o al menos, así lo confesará públicamente, pues cualquier alteración en el orden, sí que altera el "producto". En este país, y en este punto, no sólo hay que ser, también -y como decía mi abuela- hay que parecer, y sí, la IMAGEN ES TODO!
A esto, en mi caso particular -que imagino será el de muchas- habría que agregar otros "itemes": (que acá paso a enumerar)
- Hija. Y para más remate única, lo que hace que superados de los mimos y regalías de la más temprana infancia, sea uno la que tiene que cargar con padres cariñosos, pero también mañosos y separados.
- Profesora. En mis "ratos libres" (si es un eufenismo, no tengo ratos libre, desvisto un santo para vestir a otro), por vocación, pero sobre todo por necesidad, hago clases en una Universidad, (o sea, también educo hijos ajenos, harto más creciditos que los propios).
- Alumna. Porque claro, ser mujer-profesional es difícil, y como el magíster ya estaba añejo, (lo terminé hace más de 4 años y no es del área en la que ahora me desempeño) "había" que hacer un cursito de especialización. Así que aquí estamos, tomando un diplomado virtual con lecturas y controles semanales, y por supuesto, tratando de llevarlo con dignidad (antes muerta que sencilla), porque como me lo paga la empresa, no pasa nada con andar a patadas con los 4.
- Tendríamos que agregar apoderada. Por Dios que le cambia la vida a una cuando la mayor empieza a ir al jardín. Sí JARDÍN!!, ni siquiera prekinder, apenas nivel medio menor, algo que con suerte existía en mis tiempos y que hoy me obliga a abrir la mochila de Uniqua con recelo, ad portas de encontrarme con la citación a la reunión de apoderados justo para el día que debo viajar a otra región por pega; la petición de la bola de plumavit que me lleva a meterme al Jumbo a las 18:30 de la tarde porque en la librería más cercana al trabajo tenía bolas de 10 cm y no de 8 como quería la tía; o la manualidad para la casa, yo la más diestra con las manos -como nota al margen, tengo que agregar que soy zurda y ñurda- y bueno, un largo y eterno etc. que ya varias habrán experimentado.
- Dueña de casa. Un momento, me detengo. Partamos confesando que no sé que sería de la casa sin la Carolita, mi niñera (sí, no sólo de las niñas, también propia). Probablemente no mucho, esta mujer es una santa, un ángel guardían y sufro más cuando se enferma ella que cuando se enferma mi marido. De hecho, cuando ella está de vacaciones es cuando yo puedo tomar las mías, ergo, en realidad no tengo vacaciones (una casa con dos guaguas es cualquier cosa, menos un Spa o unas termas). Pero si bien ella me facilita enormemente la vida (cuando falta, sencillamente me deprimo), yo tengo que organizar la de ella, decirle qué hay que cocinar, comprar las verduras para la comida de las niñas, los remedios, ver si hay o no leche, dejar pagadas las cuentas de la casa, comprar la comida de los perros, ir a dejar a la gorda al jardín, pedir las horas al médico, ir a la tintorería, comprar el pan para la once (si, yo tomo once, no "el té"), en fin, un cuanto hay que no recuerdo, y que probablemente en este momento, me niego a recordar. Y claro, los fines de semana soy dueña de casa a tiempo completo, con marido incluido (que por muy encanto que sea es un factor más a considerar) y debo encargarme además de las cosas que Carolita hace durante la semana: aseo, almuerzo, todas las mudas y papas, etc, etc.
- Amiga. Porque nunca (jamás) hay que dejarlas de lado. Sabio consejo de mi madre que intento aplicar en la medida de lo posible, aunque sea sólo a través del teléfono, el facebook y el mail.
Eso, creo, seguro que se me quedan afuera unas cuantas enumeraciones (Uds. podrán complementarlas). El punto es que la complejidad de nuestra existencia es cada día mayor. Las exigencias -profesionales, maternales, maritales, en fin, de la vida- van en alza (con cuática, exponencialmente, too much), con el consiguiente desgaste emocional que ello conlleva.
Por eso la invitación es a darse permiso. No se trata de dejar a los hijos, el marido y la pega botados, pero sí a reconocerse falible, imperfecta, frágil, HUMANA.
Darse permiso para pedir ayuda (sin tanta pareafernalia de por medio). Darse permiso para equivocarse, porque sólo así se crece (sin la autoflagelación correspondiente). Darse permiso para decir NO sin remordimientos y para decir SÍ sin tanta culpa (veamos: uno NO siempre quiere tener sexo durante la semana y una a veces SÍ quiere tomarse un souer con las amigas en día hábil). Darse permiso, eso. Mientras más felices, mejores. Mejores madres, esposas, profesionales hijas, amigas y un a ratos eterno e insufrible, pero enriquecedor ETC.
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