Roberto está haciendo un magíster. Bien por él, por todos en
realidad. Yo ya hice el mío, (lo terminé recién casada y sin hijos,
desde luego, porque una es Juanito Segura para sus cosas), así que era su turno. “Es ahora el momento, será mejor para
todos, le abrirá perspectivas profesionales, se desarrollará en otras áreas y
yo puedo arreglármelas sola algunos fines de semana” son algunas de las frases
que me repetí –y en realidad me sigo repitiendo-hasta el cansancio. En lo
práctico, además desde luego del respectivo impacto en la economía familiar;
esto se traduce en que mi adorado marido tiene que estudiar mucho, dormir poco,
trabajar más en casa y que lo “perdemos” fin de semana por medio por clases o talleres
grupales. La guinda de la torta es que el dichoso programa queda en Santiago, lugar
de residencia de la mayoría de sus compañeritos de estudio.
Así las cosas y siguiendo en el ámbito más pragmático, las
idas al hipermercado todos juntos el último fin de semana de cada mes, fueron
cambiadas por visitas furtivas a cargo de esta humilde servidora a la hora de
almuerzo o después de las 18:30, claro está, en días hábiles: “No estoy
dispuesta a que ahora que los fines de semana se nos hacen nada, tengamos
además que gastarlos en el súper, yo iré sola cuando pueda” fue, según yo, mi totalmente
viable nueva declaración de principios.
Partí como avión, lista en mano y con la ayuda
inconmensurable de la ñiñera que se quedaba con las gordas, empecé a ir en los
ratos que podía. Pero a poco andar, me comenzaron a dar las 19:00 y la
obligación autoimpuesta de no ir los domingos, me hizo caer en una arriesgada
misión: Ir con las niñas. Un par de veces había ido sola con la mayor, de 4. La
experiencia había sido casi entretenida, creo que hasta lo habíamos disfrutado
ambas, ¿qué tan difícil podía ser hacer un simple trámite sumando a la otra
enana de apenas 2 años?
Primer error: Supermercado express sin estacionamiento. Me aparqué
en la vereda de al frente: pocos metros, pero un cruce de por medio. No imaginé entonces que esa
pequeña distancia se volvería minutos más tarde en una barrera casi
infranqueable. Bajé del auto cartera bajo el brazo, una mano para cada una y
crucé a paso seguro sin ningún inconveniente. Una vez en mi destino, me
simplifique aún más la vida, una adentro del carro (sí, cual mercadería) y la
otra sentada en la tradicional parte donde quedan con sus patitas colgando. Total,
no faltaban taaaaantas cosas. O sí? Luego de 5 minutos se empezaron a
inquietar, o, mejor dicho, a actuar como lo que son: niñas. Vamos sacando cosas
del carro, vamos poniendo cosas al carro (las que sacaban eran las que yo
necesitaba y las que sumaban eran productos de primerísima necesidad, como
chocolates y galletas). Todo esto, desde luego, casi colgando de su improvisado
coche mientras estiraban a más no poder sus diminutas manitas. Cuando algún
objeto de su deseo quedaba fuera de su alcance –básicamente porque yo
maniobraba rápidamente el carro para que fuera así- pasábamos de la acción a la
reacción: llanto, pataleta, gritos. No es algo que me complique, que me miren
en el súper me da lo mismo, el problema era para mí más bien logístico. Una
simple ida a comprar se estaba transformando en una suerte de batalla. No caeré
en su juego, me dije, ellas ponían y yo sacaba, sin perder la calma y contando
hasta 100 con respiración yogui incluida.
La Guti, a sus dos años, comenzaba recién a controlar
esfínteres, yo, previsora, le había puesto pañales. Si le dan ganas de hacer
pipí, no voy a correr con ella en medio de las compras a un baño que además,
debe ser de dudosa higiene. Pero la Ale también tenía esfínteres, y claro, una
cosa es controlarlos y otra provocarle una infección urinaria a punta de puro
aguante. “Quiero pipí mamá”, me dijo casi a los 5 minutos de llegar (sí, justo
antes de la pataleta). “Aguanta un poquito vida, llegaremos pronto a casa”.
Resumen, enésima vez, ya no me podía hacer la loca. Comencé
a averiguar si había baño y dónde estaba. Ah, hay que pedirlo en informaciones,
pero la llave no la tienen ahí, tienen que llamar al jefe de turno, que por
cierto, está solucionando un problema más grave a otro cliente en una de las
cajas. Mientras, yo no lograba imaginar qué podía ser más importante que los
gritos de la Guti y la cara de angustia de la Ale mientras me decía con total
incomodidad y vergüenza. “Mami, me voy a hacer pipí y las guaguas se hacen pipi
y yo no soy guagua, soy niña”. Del terror cuando comienzan a citar las que
fueron hasta hace nada, nuestras propias palabras.
Por fin, llave en mano, abandoné el carro en la mitad del
pasillo 7B y partí con las dos al baño, que por supuesto, quedaba en una suerte
de segundo piso con escalera minúscula de difícil acceso (¿Vieron las película
Quién quiere ser John Malkovich?). Una vez adentro, triple pack: con gran
dificultad cabíamos, el baño estaba desaseado (no entraré en detalles, pero
digamos el olor a cloro no disimulaba la falta de prolijidad) y, obvio, el
pestillo no funcionaba. No había confort, pero toda madre sabe que las
toallitas húmedas y los pañuelitos desechables son un must dentro de la cartera.
Me dispuse a aplicar la clásica maniobra “en el aire”,
levanté la tapa con la punta del zapato y al tomar en vilo a la Ale, noté
que sus pies estuvieron a escasos centímetros de volarle la cabeza de su pequeña
hermana y que, sencillamente carecíamos del ángulo y el espacio necesario para
aplicar la maniobra en cuestión. Ya por entonces la Ale ya figuraba con sus
pantalones abajo y yo buscando los pañuelitos para ponerlos, obvio, sobre a tasa
del baño. Demás decir que a esas alturas la Ale lloraba, la Guti la imitaba y
yo estaba transpirando. Las toallitas se cayeron al suelo, las recogí y noté
que, en la maniobra, perdí varias (el piso estaba mojado, no quiero imaginar con qué). Optimicé (si las
soplan se pueden dividir en tres) y tras lavarle y lavarme las manos en con
agua y el acohol gel que siempre llevo conmigo, salí lo más airosa que pude con
mis hijas de ese reducto. La Ale estaba aliviada, pero la Guti frustradísima,
porque “do tambén niña, yo pipi en el ñaño como da Ale”. Mi no fue rotundo.
Busqué el carro y subí a las niñas. A esas alturas, no sabía
dónde había dejado mi lista (¿acaso olvidada, mojada y pisada en el suelo de la
toilette tras sacar los pañuelitos?) y me dirigí a la caja. Devolví las llaves,
y mi cara lo dijo todo cuando la dependiente me indicó que tenía que entregárselas
directamente al jefe de turno. Tras mi evidente mueca de “me estás viendo la
cara” agregó un amable e improvisado “o me las puede dejar aquí y yo se las
paso después”. Pagué con redcompra y la Guti llorando con hipo (ese llanto de los niños
cuando se ponen rojos y hasta les cuesta respirar). La Ale al notar que la
gorda más chica tenía toda mi atención, comenzó a hacer, básicamente, lo mismo
(insisto, las pataletas son virales). Se aferraron al carro como monitos y
bajarlas fue más intenso que clase de spinning. Ya en la calle la Guti se tiró
al suelo de la vereda (que debe haber
estado igual de limpio que el dichoso baño), mientras la Ale me tironeaba para
volver a subirse al carro. Tenía ahora que cruzar 6 bolsas de mercadería y dos
niñas con pataleta a la vereda de enfrente. Cartera al hombro, tres bolsas en
cada antebrazo y una mano para cada una de mis hijas fue mi solución mental. En
una situación normal, creo que lo logro, pero con gritos, patadas y dos niñas
sanas y bien alimentadas ejerciendo fuerza en contra, IMPOSIBLE. Dejé las bolsas en el suelo, mientras al menos
tres personas me miraban con cara de telespectadores en vez de ofrecerme ayuda
(cruzar las bolsas habría bastado) y partí con las enanas, como pude, hasta el
auto. Las dejé adentro, cerré la puerta y me devolví por las bolsas (los
plátanos ya eran banana Split a esas alturas). Subirlas a sus respectivas
sillas es casi para otra columna, sólo diré que esa noche cuando Roberto le
leía el cuento a la mayor mientras yo rezaba con las más chica y en la casa se
respiraba armonía, pensé que éramos, juntos, un gran equipo. Y di gracias por
eso.