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sábado, 8 de octubre de 2011

¿A quién no le ha pasado? Hoy: pipí en el supermercado


Roberto está haciendo un magíster. Bien por él, por todos en realidad. Yo ya hice el mío, (lo terminé recién casada y sin hijos, desde luego, porque una es Juanito Segura para sus cosas), así que era su turno. “Es ahora el momento, será mejor para todos, le abrirá perspectivas profesionales, se desarrollará en otras áreas y yo puedo arreglármelas sola algunos fines de semana” son algunas de las frases que me repetí –y en realidad me sigo repitiendo-hasta el cansancio. En lo práctico, además desde luego del respectivo impacto en la economía familiar; esto se traduce en que mi adorado marido tiene que estudiar mucho, dormir poco, trabajar más en casa y que lo “perdemos” fin de semana por medio por clases o talleres grupales. La guinda de la torta es que el dichoso programa queda en Santiago, lugar de residencia de la mayoría de sus compañeritos de estudio.
Así las cosas y siguiendo en el ámbito más pragmático, las idas al hipermercado todos juntos el último fin de semana de cada mes, fueron cambiadas por visitas furtivas a cargo de esta humilde servidora a la hora de almuerzo o después de las 18:30, claro está, en días hábiles: “No estoy dispuesta a que ahora que los fines de semana se nos hacen nada, tengamos además que gastarlos en el súper, yo iré sola cuando pueda” fue, según yo, mi totalmente viable nueva declaración de principios.
Partí como avión, lista en mano y con la ayuda inconmensurable de la ñiñera que se quedaba con las gordas, empecé a ir en los ratos que podía. Pero a poco andar, me comenzaron a dar las 19:00 y la obligación autoimpuesta de no ir los domingos, me hizo caer en una arriesgada misión: Ir con las niñas. Un par de veces había ido sola con la mayor, de 4. La experiencia había sido casi entretenida, creo que hasta lo habíamos disfrutado ambas, ¿qué tan difícil podía ser hacer un simple trámite sumando a la otra enana de apenas 2 años?
Primer error: Supermercado express sin estacionamiento. Me aparqué en la vereda de al frente: pocos metros, pero un cruce  de por medio. No imaginé entonces que esa pequeña distancia se volvería minutos más tarde en una barrera casi infranqueable. Bajé del auto cartera bajo el brazo, una mano para cada una y crucé a paso seguro sin ningún inconveniente. Una vez en mi destino, me simplifique aún más la vida, una adentro del carro (sí, cual mercadería) y la otra sentada en la tradicional parte donde quedan con sus patitas colgando. Total, no faltaban taaaaantas cosas. O sí? Luego de 5 minutos se empezaron a inquietar, o, mejor dicho, a actuar como lo que son: niñas. Vamos sacando cosas del carro, vamos poniendo cosas al carro (las que sacaban eran las que yo necesitaba y las que sumaban eran productos de primerísima necesidad, como chocolates y galletas). Todo esto, desde luego, casi colgando de su improvisado coche mientras estiraban a más no poder sus diminutas manitas. Cuando algún objeto de su deseo quedaba fuera de su alcance –básicamente porque yo maniobraba rápidamente el carro para que fuera así- pasábamos de la acción a la reacción: llanto, pataleta, gritos. No es algo que me complique, que me miren en el súper me da lo mismo, el problema era para mí más bien logístico. Una simple ida a comprar se estaba transformando en una suerte de batalla. No caeré en su juego, me dije, ellas ponían y yo sacaba, sin perder la calma y contando hasta 100 con respiración yogui incluida.
La Guti, a sus dos años, comenzaba recién a controlar esfínteres, yo, previsora, le había puesto pañales. Si le dan ganas de hacer pipí, no voy a correr con ella en medio de las compras a un baño que además, debe ser de dudosa higiene. Pero la Ale también tenía esfínteres, y claro, una cosa es controlarlos y otra provocarle una infección urinaria a punta de puro aguante. “Quiero pipí mamá”, me dijo casi a los 5 minutos de llegar (sí, justo antes de la pataleta). “Aguanta un poquito vida, llegaremos pronto a casa”.  
Resumen, enésima vez, ya no me podía hacer la loca. Comencé a averiguar si había baño y dónde estaba. Ah, hay que pedirlo en informaciones, pero la llave no la tienen ahí, tienen que llamar al jefe de turno, que por cierto, está solucionando un problema más grave a otro cliente en una de las cajas. Mientras, yo no lograba imaginar qué podía ser más importante que los gritos de la Guti y la cara de angustia de la Ale mientras me decía con total incomodidad y vergüenza. “Mami, me voy a hacer pipí y las guaguas se hacen pipi y yo no soy guagua, soy niña”. Del terror cuando comienzan a citar las que fueron hasta hace nada, nuestras propias palabras.
Por fin, llave en mano, abandoné el carro en la mitad del pasillo 7B y partí con las dos al baño, que por supuesto, quedaba en una suerte de segundo piso con escalera minúscula de difícil acceso (¿Vieron las película Quién quiere ser John Malkovich?). Una vez adentro, triple pack: con gran dificultad cabíamos, el baño estaba desaseado (no entraré en detalles, pero digamos el olor a cloro no disimulaba la falta de prolijidad) y, obvio, el pestillo no funcionaba. No había confort, pero toda madre sabe que las toallitas húmedas y los pañuelitos desechables son un must dentro de la cartera.
Me dispuse a aplicar la clásica maniobra “en el aire”, levanté la tapa con la punta del zapato y al tomar en vilo a la Ale, noté que sus pies estuvieron a escasos centímetros de volarle la cabeza de su pequeña hermana y que, sencillamente carecíamos del ángulo y el espacio necesario para aplicar la maniobra en cuestión. Ya por entonces la Ale ya figuraba con sus pantalones abajo y yo buscando los pañuelitos para ponerlos, obvio, sobre a tasa del baño. Demás decir que a esas alturas la Ale lloraba, la Guti la imitaba y yo estaba transpirando. Las toallitas se cayeron al suelo, las recogí y noté que, en la maniobra, perdí varias (el piso estaba mojado, no quiero imaginar con qué). Optimicé (si las soplan se pueden dividir en tres) y tras lavarle y lavarme las manos en con agua y el acohol gel que siempre llevo conmigo, salí lo más airosa que pude con mis hijas de ese reducto. La Ale estaba aliviada, pero la Guti frustradísima, porque “do tambén niña, yo pipi en el ñaño como da Ale”. Mi no fue rotundo.
Busqué el carro y subí a las niñas. A esas alturas, no sabía dónde había dejado mi lista (¿acaso olvidada, mojada y pisada en el suelo de la toilette tras sacar los pañuelitos?) y me dirigí a la caja. Devolví las llaves, y mi cara lo dijo todo cuando la dependiente me indicó que tenía que entregárselas directamente al jefe de turno. Tras mi evidente mueca de “me estás viendo la cara” agregó un amable e improvisado “o me las puede dejar aquí y yo se las paso después”. Pagué con redcompra y la Guti llorando con hipo (ese llanto de los niños cuando se ponen rojos y hasta les cuesta respirar). La Ale al notar que la gorda más chica tenía toda mi atención, comenzó a hacer, básicamente, lo mismo (insisto, las pataletas son virales). Se aferraron al carro como monitos y bajarlas fue más intenso que clase de spinning. Ya en la calle la Guti se tiró al suelo  de la vereda (que debe haber estado igual de limpio que el dichoso baño), mientras la Ale me tironeaba para volver a subirse al carro. Tenía ahora que cruzar 6 bolsas de mercadería y dos niñas con pataleta a la vereda de enfrente. Cartera al hombro, tres bolsas en cada antebrazo y una mano para cada una de mis hijas fue mi solución mental. En una situación normal, creo que lo logro, pero con gritos, patadas y dos niñas sanas y bien alimentadas ejerciendo fuerza en contra, IMPOSIBLE.  Dejé las bolsas en el suelo, mientras al menos tres personas me miraban con cara de telespectadores en vez de ofrecerme ayuda (cruzar las bolsas habría bastado) y partí con las enanas, como pude, hasta el auto. Las dejé adentro, cerré la puerta y me devolví por las bolsas (los plátanos ya eran banana Split a esas alturas). Subirlas a sus respectivas sillas es casi para otra columna, sólo diré que esa noche cuando Roberto le leía el cuento a la mayor mientras yo rezaba con las más chica y en la casa se respiraba armonía, pensé que éramos, juntos, un gran equipo. Y di gracias por eso.