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viernes, 18 de noviembre de 2011

Hoy, a quién no le ha pasado: Cumpleaños... feliz?

Ya les conté que mis fines de semana son alternadamente, de madre soltera. Roberto parte al alba, cual día laboral común y corriente, a su master en Santiasco city. Si ustedes, como yo, son padres de hijos en edad preescolar, habrán notado que prácticamente con la misma frecuencia (semanita por medio) llega al interior de la libreta del jardín- la que dicho sea de paso, siempre reviso a última hora y con el corazón un poquito apretado, rogando que no me pidan un sistema solar de plumavit o un queque casero- una "tarjetita de invitación".

No, no refiero a la popular canción del ya no tan popular Adrián y los dados negros (se me cayó el carné?) sino a, literalmente eso: Una cita para que alguno de nuestros hijos ( o acaso todos) sea partícipe del cumpleaños de uno de sus iguales, rodeados además de muchos iguales, estimulados, a raíz de la ocasión - entiéndase mucho aire puro, sentimiento de grupo y azúcar- más allá de los pediátricamente recomendable.
Las probabilística me juega en contra, por lo que encontrarme un fin de semana sin Roberto y con una invitación para mis dos hijas a un cumpleaños, fue cosa de tiempo... poco tiempo.

Como le debe suceder a la mayoría -los niños son, esencialmente ansiosos- las gordas comenzaron el martes a preguntar por el cumpleaños del sábado. Ese día llegaron corriendo a mostrarme la invitación -en formato Ben 10- mientras la Ale me gritaba en el oído "el Martín está de cumpleaños mamáaaaaaaaaa". Segundos después, sentí el inconfundible tironeo de la manita gorda de Guti, mientras estiraba su otro bracito con una invitación pasada a aroma a frutilla, Frutillita para ser más exacta: "La Memé tambén". Flor, dos por uno, combo promoción: Los melli, del medio mayor de cumpleaños.

Tareas pendientes: A saber: buscar dos regalos ad hoc, tratar de entender el mapa con las indicaciones para llegar a la fiesta y finalmente cranear, cómo llevarlas a ballet, darles almuerzo, hacerles dormir una mini siesta y tenerlas bonitas y sonrientes a las 15:00 horas en un lugar al que ni siquiera sabía llegar.

Comprar los presentes fue cuento aparte, porque en la semana no hay que digamos mucho tiempo para ir a mall, la juguetería o recurrir al retail. Supermercado fue la opción, así que entre los yogures, la leche y la carne, me di el trabajo de conocer en profundidad a Ben 10 y sus múltiples habilidades (yo aún estoy pegada en el Discovery Kids). Los factores a considerar: Precio, calidad (porque con el de quien será de quien será, este regalo de quien será, los manitos de guagua salen al baile) y edad adecuada. Lo de Frutillita fue más fácil, porque mal que mal, con una de 2 y otra de 4, esos son mis dominios.

Llegué a la caja y obvio, uno de los monos no tenía código, lucecita prendida de por medio y reloj corriendo, partí luego rauda al Servicio al Cliente, donde por lo general, lo que menos hacen es "servirlo" a uno. Saqué el numerito, que ya es un clásico no sólo en la farmacia o isapre, sino en todo lugar que amerite espera, y tras comprobar que tenía el 65 e iban recién en el 48 (nada más agradable que el súpermercado viernes por la tarde), opté por buscar papel de regalo al llegar a casa.

Llegó el gran dia, Sudé, pero me las arregle para tenerlas bonitas y sonrientes en en lugar indicado a las 4 de la tarde. Sí, ya sé que era a las 3, pero me demoré en encontrar papel de regalo, de hecho, pasé a comprar en el negocio de la esquina y los envolví  en el auto con el scotch de emergencia que guardo en la guantera. Cero posibilidad de cintita. Además pasé a echar bencina y obvio, me perdí.

Las niñas, que ya estaban ansiosas hace 96 horas (recuerden, desde el martes), repetían sin cesar el clásico y exacerbante ¿cuánto falta? Obvio que estaba todo lleno cuando llegué a la dirección. Estacioné a tres cuadras de distancia tras una serie de maniobras que pusieron en riesgo el parachoques trasero y delantero alternadamente (bien por los puntuales, mal por mí). Me bajé con las enanas que obvio, corrieron directo a los globos en la reja, otro must de los cumpleaños que me sirvió para comprobar que al fin y sin lugar a dudas, me encontraba en el lugar correcto.

Al tocar el timbre la dueña de casa me recibió con un simpático "pensé que ya no venían, los niños estaban preguntando por tus peques". No supe si tomarlo como un cumplido, ya sé que mis hijas son adorables e imprescindibles (sí, viene de cerca pero qué más da), o derechamente como un vampirito de peluche, todo lo que es la pesadez con algodoncitos para que no se note.

Los espacios comunes del condominio eran lindos y amplios; yo miraba a mi alrededor, y más allá de niños felices y mucha azúcar, veía peligro, peligro y más peligro. Piscina, perro, árboles, salida de vehículos y un inflable lleno de varios niños que en promedio pesaban 10 kilos más que la Guti y se tiraban con zapatos frente a la complaciente mirada de sus padres que nada hacían por sacárselos en pos de el bien común de la masa kangura que se encontraba rebotando al interior del juego.

A cada rato perdía a una de las enanas, y cuando Roberto me llamó un par de veces durante la tarde, sencillamente mentí al indicarle que tenía a las dos seguras y a la vista. Si no fuera por la solidaridad de otras mamás no habría podido ni ir al baño. Mis hijas fueron, eso sí. De hecho como 4 veces cada una, es decir 8 en total.

Hice migas con otra mamá que como yo, andaba sola con sus enanos, lo de ella era más funcional, su marido sufría de algo así como globofobia, no podía estar cerca de los globos, ergo, estaba condenada a llevar a sus hijos sola a todos los cumpleaños (lo mío al menos era semana por medio) y lo que es peor, a celebrar los propios sin las clásicas figuritas de goma inflada. Yo lo encontré un poco ridículo, pero cuando esbocé, ubicadita, la primera talla, me di cuenta que no era conveniente bromear con el asunto, lo de su marido tenía diagnóstico y era serio. Teníamos tema en común, algo invaluable en una situación social como esta, así que no insistí. Mis hijas son de prekinder y medio menor, a los apoderados de medio mayor, hola y chao no más, así que no estaba en mi elemento. Fuimos por esa tarde, Piti y Poti.

Llegó el momento de la piñata. La Ale se las bate sola de lo más bien, pero la Guti parece liliputense en tierra de gigantes. para ella lo fundamental es conseguir dulces, para mí, que no muera aplastada. Con prioridades diferentes y un objetivo común, me concentré en protegerla como pude mientras me enfoqué en los frugelés y los sunny. Dulces no sanos (Sportacus sencillamanete los censuraría), pero al menos más seguros que los bombombum (una vez leí un mail que decía que alguien en India o China había muerto atragantado con uno) y los chicles.

La Ale, como, mmmmm,  a ver, SIEMPRE no quedó conforme con su cosecha, pero si bien sus habilidades piñatísticas le valieron "apenas" 20 dulces, su llanto consiguió al menos 30 más. Eso, más la torta, las papitas fritas, los juguitos en caja, las brochetas de fruta y las sorpresas, no solo las dejaron llenitas, felices e hiperventiladas, sino que además, sumamente sucias. Nada quedaba ya de las impecables tenidas cumpleañeras.

Parti a casa cerca de las 18:30, qué, ¿¿¿¿sólo 2 horas y media????, fueron intensas, porque cuando vi el reloj juré que marcaria al menos, las 8 de la noche. Agradecí haber llegado una hora tarde al evento. Y también, pese a lo que me costó bajarlas del auto, también di las gracias cuando las gordas se quedaron dormidas en el camino de regreso. Roberto nos encontró tuto a las tres sobre la cama matrimonial. Cuando me preguntó que había de cenar, entre sueños murmuré, pide sushi...  y seguí durmiendo.