Hoy, a quién no le ha pasado: Cumpleaños... feliz?
Ya les conté que mis fines de semana son alternadamente, de madre soltera. Roberto parte al alba, cual día laboral común y corriente, a su master en Santiasco city. Si ustedes, como yo, son padres de hijos en edad preescolar, habrán notado que prácticamente con la misma frecuencia (semanita por medio) llega al interior de la libreta del jardín- la que dicho sea de paso, siempre reviso a última hora y con el corazón un poquito apretado, rogando que no me pidan un sistema solar de plumavit o un queque casero- una "tarjetita de invitación".
No, no refiero a la popular canción del ya no tan popular Adrián y los dados negros (se me cayó el carné?) sino a, literalmente eso: Una cita para que alguno de nuestros hijos ( o acaso todos) sea partícipe del cumpleaños de uno de sus iguales, rodeados además de muchos iguales, estimulados, a raíz de la ocasión - entiéndase mucho aire puro, sentimiento de grupo y azúcar- más allá de los pediátricamente recomendable.
Las probabilística me juega en contra, por lo que encontrarme un fin de semana sin Roberto y con una invitación para mis dos hijas a un cumpleaños, fue cosa de tiempo... poco tiempo.
Como le debe suceder a la mayoría -los niños son, esencialmente ansiosos- las gordas comenzaron el martes a preguntar por el cumpleaños del sábado. Ese día llegaron corriendo a mostrarme la invitación -en formato Ben 10- mientras la Ale me gritaba en el oído "el Martín está de cumpleaños mamáaaaaaaaaa". Segundos después, sentí el inconfundible tironeo de la manita gorda de Guti, mientras estiraba su otro bracito con una invitación pasada a aroma a frutilla, Frutillita para ser más exacta: "La Memé tambén". Flor, dos por uno, combo promoción: Los melli, del medio mayor de cumpleaños.
Tareas pendientes: A saber: buscar dos regalos ad hoc, tratar de entender el mapa con las indicaciones para llegar a la fiesta y finalmente cranear, cómo llevarlas a ballet, darles almuerzo, hacerles dormir una mini siesta y tenerlas bonitas y sonrientes a las 15:00 horas en un lugar al que ni siquiera sabía llegar.
Comprar los presentes fue cuento aparte, porque en la semana no hay que digamos mucho tiempo para ir a mall, la juguetería o recurrir al retail. Supermercado fue la opción, así que entre los yogures, la leche y la carne, me di el trabajo de conocer en profundidad a Ben 10 y sus múltiples habilidades (yo aún estoy pegada en el Discovery Kids). Los factores a considerar: Precio, calidad (porque con el de quien será de quien será, este regalo de quien será, los manitos de guagua salen al baile) y edad adecuada. Lo de Frutillita fue más fácil, porque mal que mal, con una de 2 y otra de 4, esos son mis dominios.
Llegué a la caja y obvio, uno de los monos no tenía código, lucecita prendida de por medio y reloj corriendo, partí luego rauda al Servicio al Cliente, donde por lo general, lo que menos hacen es "servirlo" a uno. Saqué el numerito, que ya es un clásico no sólo en la farmacia o isapre, sino en todo lugar que amerite espera, y tras comprobar que tenía el 65 e iban recién en el 48 (nada más agradable que el súpermercado viernes por la tarde), opté por buscar papel de regalo al llegar a casa.
Llegó el gran dia, Sudé, pero me las arregle para tenerlas bonitas y sonrientes en en lugar indicado a las 4 de la tarde. Sí, ya sé que era a las 3, pero me demoré en encontrar papel de regalo, de hecho, pasé a comprar en el negocio de la esquina y los envolví en el auto con el scotch de emergencia que guardo en la guantera. Cero posibilidad de cintita. Además pasé a echar bencina y obvio, me perdí.
Las niñas, que ya estaban ansiosas hace 96 horas (recuerden, desde el martes), repetían sin cesar el clásico y exacerbante ¿cuánto falta? Obvio que estaba todo lleno cuando llegué a la dirección. Estacioné a tres cuadras de distancia tras una serie de maniobras que pusieron en riesgo el parachoques trasero y delantero alternadamente (bien por los puntuales, mal por mí). Me bajé con las enanas que obvio, corrieron directo a los globos en la reja, otro must de los cumpleaños que me sirvió para comprobar que al fin y sin lugar a dudas, me encontraba en el lugar correcto.
Al tocar el timbre la dueña de casa me recibió con un simpático "pensé que ya no venían, los niños estaban preguntando por tus peques". No supe si tomarlo como un cumplido, ya sé que mis hijas son adorables e imprescindibles (sí, viene de cerca pero qué más da), o derechamente como un vampirito de peluche, todo lo que es la pesadez con algodoncitos para que no se note.
Los espacios comunes del condominio eran lindos y amplios; yo miraba a mi alrededor, y más allá de niños felices y mucha azúcar, veía peligro, peligro y más peligro. Piscina, perro, árboles, salida de vehículos y un inflable lleno de varios niños que en promedio pesaban 10 kilos más que la Guti y se tiraban con zapatos frente a la complaciente mirada de sus padres que nada hacían por sacárselos en pos de el bien común de la masa kangura que se encontraba rebotando al interior del juego.
A cada rato perdía a una de las enanas, y cuando Roberto me llamó un par de veces durante la tarde, sencillamente mentí al indicarle que tenía a las dos seguras y a la vista. Si no fuera por la solidaridad de otras mamás no habría podido ni ir al baño. Mis hijas fueron, eso sí. De hecho como 4 veces cada una, es decir 8 en total.
Hice migas con otra mamá que como yo, andaba sola con sus enanos, lo de ella era más funcional, su marido sufría de algo así como globofobia, no podía estar cerca de los globos, ergo, estaba condenada a llevar a sus hijos sola a todos los cumpleaños (lo mío al menos era semana por medio) y lo que es peor, a celebrar los propios sin las clásicas figuritas de goma inflada. Yo lo encontré un poco ridículo, pero cuando esbocé, ubicadita, la primera talla, me di cuenta que no era conveniente bromear con el asunto, lo de su marido tenía diagnóstico y era serio. Teníamos tema en común, algo invaluable en una situación social como esta, así que no insistí. Mis hijas son de prekinder y medio menor, a los apoderados de medio mayor, hola y chao no más, así que no estaba en mi elemento. Fuimos por esa tarde, Piti y Poti.
Llegó el momento de la piñata. La Ale se las bate sola de lo más bien, pero la Guti parece liliputense en tierra de gigantes. para ella lo fundamental es conseguir dulces, para mí, que no muera aplastada. Con prioridades diferentes y un objetivo común, me concentré en protegerla como pude mientras me enfoqué en los frugelés y los sunny. Dulces no sanos (Sportacus sencillamanete los censuraría), pero al menos más seguros que los bombombum (una vez leí un mail que decía que alguien en India o China había muerto atragantado con uno) y los chicles.
La Ale, como, mmmmm, a ver, SIEMPRE no quedó conforme con su cosecha, pero si bien sus habilidades piñatísticas le valieron "apenas" 20 dulces, su llanto consiguió al menos 30 más. Eso, más la torta, las papitas fritas, los juguitos en caja, las brochetas de fruta y las sorpresas, no solo las dejaron llenitas, felices e hiperventiladas, sino que además, sumamente sucias. Nada quedaba ya de las impecables tenidas cumpleañeras.
Parti a casa cerca de las 18:30, qué, ¿¿¿¿sólo 2 horas y media????, fueron intensas, porque cuando vi el reloj juré que marcaria al menos, las 8 de la noche. Agradecí haber llegado una hora tarde al evento. Y también, pese a lo que me costó bajarlas del auto, también di las gracias cuando las gordas se quedaron dormidas en el camino de regreso. Roberto nos encontró tuto a las tres sobre la cama matrimonial. Cuando me preguntó que había de cenar, entre sueños murmuré, pide sushi... y seguí durmiendo.
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viernes, 18 de noviembre de 2011
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jueves, 17 de marzo de 2011
Desde el vértigo
Renuncié a la pega. Mañana me dicen si recibo o no algo de dinero por el finiquito y pronto me avisan si gané o no un concurso público para ser docente de planta media jornada en otra Universidad. Ambas cosas que de darse, además de hacerme inmensamente feliz -ya que me encanta la docencia y las lukas no me sobran- me darían en este momento algo que necesito: seguridad, tranquilidad y un empujoncito a la autoestima.
Pero quiero escribir hoy, quiero escribir desde el vértigo, desde el no saber. Porque eso es lo que cuesta (al menos, lo que a mí más me costó), dejar, voluntariamente, el calorcito de la comodidad, de las certidumbres, de las rutinas, del lugar en una institución, en un grupo, el celular, el fax, la impresora, la secretaria, la oficina, la tarjeta de presentación, el rol definido y claro donde una se dice y se presenta desde la profesión y el cargo, antes de lo demás (que suele ser generalmente, harto más importante que la profesión y el cargo).
No estaba feliz, los domingos me empezaba a doler el estómago y me daba angustia, desde el viaje a España las cosas ya no eran lo mismo en la oficina, al menos no para mí, o mejor dicho, no en mí. Comencé a preguntarme cosas como porqué y para qué, a qué costo; y si efectivamente -más allá del cariño a la gente y el "calorcito" antes descrito- estaba donde yo quería (y podía) estar.
Comencé a darle vueltas a la idea hace un tiempo, pero, en honor a la verdad, me la boicoteaba sola. Estaba tan acostumbrada a ser profesional, madre y esposa (en ese orden, al menos a la hora de distribuir y priorizar los tiempos) que me daba miedo dar vuelta los roles. Me sentía importante, y mi ego se sentía robusto y fuerte. Temía sentirme inútil, temía que no me resultara, temía que me juzgaran, temía que "no nos alcanzara", y porque no decirlo, temía que no me gustara...
En diciembre postulé a un trabajo que, desde mi querer y sentir, era de ensueño: media jornada dedicada a la docencia. Lo tenía todo planeado: Cuando estuvieran los resultados, si es que me iba bien, renunciaría a la pega. Si no, no. Es decir, no soltaría mi pájaro hasta tener otro bien firme en la mano. Pero, misteriosos los caminos del Señor, me empujó a tomar la decisión antes, a dejar volar mi pájaro sin saber siquiera si estaba entre los tres elegidos que competirían con uñas y dientes por "cazar" al cisne de mis sueños.
Los motivos que me empujaron a hacerlo ahora dan casi lo mismo y no tiene sentido referirme a ellos. En el momento claro que me dolieron, me sentí ninguneada, pasada a llevar, me habían pegado en el corazón y en el ego, pero claro, así es como se crece y se aprende. Opté: Ya no más, no me iba a desangrar por una pega.
De mi ex trabajo guardo los mejores recuerdos y cual Bolocco en el comercial de Next Tránsito me dije, misma "deja lo malo y quédate con lo bueno". Lloré, grité, hablé con mi marido, con mi mejor amiga, con mis papás y hasta con mi psiquiatra. Saqué cuentas con calculadora en mano, acepté hacer clases como profe hora en Santiago. Empecé a verbalizar la decisión entre mis cercanos. Las reacciones fueron desde el "Estás loca", "¿les va a alcanzar?" pasando por el equilibrado "piénsalo bien" hasta el reconfortante "Te felicito, es lo mejor que podías hacer".
Yo habría necesitado escuchar sólo las del último tipo, porque cuando uno tiene miedo necesita y busca casi con desesperación el refuerzo positivo. Qué fácil sería actuar desde las certezas, con la bolita de cristal asegurándome que todo todo había sido para mejor, que la decisión era la correcta y que me iría el descueve en lo que emprendiera.
La primera semana fue fatal, con las niñas en casa todo era más fácil, pero mientras estaban en el jardín me sentía totalmente useless. Las clases freelance aún no comenzaban y estaba tan deprimida que no tenía ánimo ni para prepararlas. Todas mis amigas estaban ocupadas con su pega o con sus hijos, me angustié, me sentía torpe, floja, y me daba susto pedir ayuda porque me daba terror escuchar el reproche, el "pero si tu renunciaste" o "y no era eso lo que querías", o "tú te quejabas que tenía poco tiempo"; y claro, tendrían toda la razón.
Pero era (y es) mucho más complejo que eso, porque los cambios siempre son difíciles, mejores, pero difíciles. Yo siempre he admirado a los aventureros, a los que se lanzan a la piscina sin mirar atrás, que envidia!, pero yo no soy (o acaso no era?) así. Fue paulatino, comencé a gozar los regaloneos en la mañana con las gordas y en la noche con el marido, el preparar las clases con cariño y tiempo, el estar disponible 100% para el Jardín de las niñas, las compras del súper, el ballet, la fonoaudióloga, el pediatra, las vacunas, la amiga hospitalizada, la que busca casa por el sector, la que peleó con el pololo, la que necesita asesoría profesional. Dejé de cuestionarme y comencé a disfrutar. Y aunque suene raro y no falten las que me tilden de malagradecida, me costó.
Me costó porque hoy es más dificil decir en voz alta que uno es "dueña de casa" que "ejecutiva", porque nos fijamos mucho en la tarjeta de presentación y no en la sonrisa o la sinceridad de la mirada, porque pese a que según yo, lo hacía regio de madre, esposa y profesional, estaba absolutamente sobrevendida y confundida. Amaba -y amo-, profundamente a mi familia y me quejaba constantemente por tener que cumplir en la casa y en el trabajo, y me deje de cumplir a mí, de seguir mis sueños. Dejé cosas como inamovibles, las di por hechas, por obvias, me estanqué. Hoy, pese a que sigo muerta de susto por saber qué pasará conmigo (los ramos se me acaban en Julio y con ellos, al menos de momento, mis certezas económicas y profesionales), entendí que mis sueños son también los de mi familia y amigos, que mis hijas necesitan una mamá plena porque sólo así seré la mejor mamá que puedo ser, imperfectísima, claro está, pero feliz y más dueña de mis actos y opciones.
No estoy culpando a nadie, fui yo misma la que eligió vivir lo que vivió, estresarse como se estresó, correr como corrió. Sólo quiero compartir esta experiencia "vertiginosa" con Uds. Hace un par de meses, jamás habría pensado en renunciar a una pega que a estas alturas hacía de memoria, con contrato, grandes amigos, subordinados y sueldo seguro a final de mes. No sé si gane el concurso al que estoy postulando ahora. No sé si deba hacer mi propia empresa. No sé si me dedique a otra cosa. No sé si tenga que volver a lo mismo por necesidad. Sólo sé que estoy enormemente agradecida de mi marido, mis amigos, mi ahora ex jefa y mis papás por apoyarme. Sólo sé que estoy un poco más cerca que antes a encontrar la pega de mis sueños, la que me permita ir feliz a trabajar y volver con una sonrisa a casa para ver crecer a mis hijas.
Al menos, lo estoy intentando, y ese, puede ser un pequeño paso para la humanidad, pero es uno gigante para mí.
Pero quiero escribir hoy, quiero escribir desde el vértigo, desde el no saber. Porque eso es lo que cuesta (al menos, lo que a mí más me costó), dejar, voluntariamente, el calorcito de la comodidad, de las certidumbres, de las rutinas, del lugar en una institución, en un grupo, el celular, el fax, la impresora, la secretaria, la oficina, la tarjeta de presentación, el rol definido y claro donde una se dice y se presenta desde la profesión y el cargo, antes de lo demás (que suele ser generalmente, harto más importante que la profesión y el cargo).
No estaba feliz, los domingos me empezaba a doler el estómago y me daba angustia, desde el viaje a España las cosas ya no eran lo mismo en la oficina, al menos no para mí, o mejor dicho, no en mí. Comencé a preguntarme cosas como porqué y para qué, a qué costo; y si efectivamente -más allá del cariño a la gente y el "calorcito" antes descrito- estaba donde yo quería (y podía) estar.
Comencé a darle vueltas a la idea hace un tiempo, pero, en honor a la verdad, me la boicoteaba sola. Estaba tan acostumbrada a ser profesional, madre y esposa (en ese orden, al menos a la hora de distribuir y priorizar los tiempos) que me daba miedo dar vuelta los roles. Me sentía importante, y mi ego se sentía robusto y fuerte. Temía sentirme inútil, temía que no me resultara, temía que me juzgaran, temía que "no nos alcanzara", y porque no decirlo, temía que no me gustara...
En diciembre postulé a un trabajo que, desde mi querer y sentir, era de ensueño: media jornada dedicada a la docencia. Lo tenía todo planeado: Cuando estuvieran los resultados, si es que me iba bien, renunciaría a la pega. Si no, no. Es decir, no soltaría mi pájaro hasta tener otro bien firme en la mano. Pero, misteriosos los caminos del Señor, me empujó a tomar la decisión antes, a dejar volar mi pájaro sin saber siquiera si estaba entre los tres elegidos que competirían con uñas y dientes por "cazar" al cisne de mis sueños.
Los motivos que me empujaron a hacerlo ahora dan casi lo mismo y no tiene sentido referirme a ellos. En el momento claro que me dolieron, me sentí ninguneada, pasada a llevar, me habían pegado en el corazón y en el ego, pero claro, así es como se crece y se aprende. Opté: Ya no más, no me iba a desangrar por una pega.
De mi ex trabajo guardo los mejores recuerdos y cual Bolocco en el comercial de Next Tránsito me dije, misma "deja lo malo y quédate con lo bueno". Lloré, grité, hablé con mi marido, con mi mejor amiga, con mis papás y hasta con mi psiquiatra. Saqué cuentas con calculadora en mano, acepté hacer clases como profe hora en Santiago. Empecé a verbalizar la decisión entre mis cercanos. Las reacciones fueron desde el "Estás loca", "¿les va a alcanzar?" pasando por el equilibrado "piénsalo bien" hasta el reconfortante "Te felicito, es lo mejor que podías hacer".
Yo habría necesitado escuchar sólo las del último tipo, porque cuando uno tiene miedo necesita y busca casi con desesperación el refuerzo positivo. Qué fácil sería actuar desde las certezas, con la bolita de cristal asegurándome que todo todo había sido para mejor, que la decisión era la correcta y que me iría el descueve en lo que emprendiera.
La primera semana fue fatal, con las niñas en casa todo era más fácil, pero mientras estaban en el jardín me sentía totalmente useless. Las clases freelance aún no comenzaban y estaba tan deprimida que no tenía ánimo ni para prepararlas. Todas mis amigas estaban ocupadas con su pega o con sus hijos, me angustié, me sentía torpe, floja, y me daba susto pedir ayuda porque me daba terror escuchar el reproche, el "pero si tu renunciaste" o "y no era eso lo que querías", o "tú te quejabas que tenía poco tiempo"; y claro, tendrían toda la razón.
Pero era (y es) mucho más complejo que eso, porque los cambios siempre son difíciles, mejores, pero difíciles. Yo siempre he admirado a los aventureros, a los que se lanzan a la piscina sin mirar atrás, que envidia!, pero yo no soy (o acaso no era?) así. Fue paulatino, comencé a gozar los regaloneos en la mañana con las gordas y en la noche con el marido, el preparar las clases con cariño y tiempo, el estar disponible 100% para el Jardín de las niñas, las compras del súper, el ballet, la fonoaudióloga, el pediatra, las vacunas, la amiga hospitalizada, la que busca casa por el sector, la que peleó con el pololo, la que necesita asesoría profesional. Dejé de cuestionarme y comencé a disfrutar. Y aunque suene raro y no falten las que me tilden de malagradecida, me costó.
Me costó porque hoy es más dificil decir en voz alta que uno es "dueña de casa" que "ejecutiva", porque nos fijamos mucho en la tarjeta de presentación y no en la sonrisa o la sinceridad de la mirada, porque pese a que según yo, lo hacía regio de madre, esposa y profesional, estaba absolutamente sobrevendida y confundida. Amaba -y amo-, profundamente a mi familia y me quejaba constantemente por tener que cumplir en la casa y en el trabajo, y me deje de cumplir a mí, de seguir mis sueños. Dejé cosas como inamovibles, las di por hechas, por obvias, me estanqué. Hoy, pese a que sigo muerta de susto por saber qué pasará conmigo (los ramos se me acaban en Julio y con ellos, al menos de momento, mis certezas económicas y profesionales), entendí que mis sueños son también los de mi familia y amigos, que mis hijas necesitan una mamá plena porque sólo así seré la mejor mamá que puedo ser, imperfectísima, claro está, pero feliz y más dueña de mis actos y opciones.
No estoy culpando a nadie, fui yo misma la que eligió vivir lo que vivió, estresarse como se estresó, correr como corrió. Sólo quiero compartir esta experiencia "vertiginosa" con Uds. Hace un par de meses, jamás habría pensado en renunciar a una pega que a estas alturas hacía de memoria, con contrato, grandes amigos, subordinados y sueldo seguro a final de mes. No sé si gane el concurso al que estoy postulando ahora. No sé si deba hacer mi propia empresa. No sé si me dedique a otra cosa. No sé si tenga que volver a lo mismo por necesidad. Sólo sé que estoy enormemente agradecida de mi marido, mis amigos, mi ahora ex jefa y mis papás por apoyarme. Sólo sé que estoy un poco más cerca que antes a encontrar la pega de mis sueños, la que me permita ir feliz a trabajar y volver con una sonrisa a casa para ver crecer a mis hijas.
Al menos, lo estoy intentando, y ese, puede ser un pequeño paso para la humanidad, pero es uno gigante para mí.
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jueves, 27 de enero de 2011
Saldos de fin de año
No me pedí ningún día administrativo durante todo el 2010... miento, me tomé sólo uno, cuando operaron a mi hija mayor del cada vez más popularmente conocido "combo tres": amígdalas, adenoides y tapones timpánicos. Me pareció justificado, ya que por entonces no tenía ni los tres años cumplidos y que va!, soy la mamá. Desde allí, nada, y eso fue en enero, ergo hace un año atrás. Tras varios (VARIOS) intentos fallidos, me tomé medio día legal.
Quiero detenerme por un momento en "los intentos fallidos". Como mi hija menor no llega a los 2 años, llego en las mañanas 20 minutos más tarde que el resto, subo a almorzar todos los días a casa para recoger a la mayor del jardín y compartir con ambas un rato (san fuero maternal); RATO que se distribuye más o menos así: tomo el metro frente a la oficina, paso a buscar el auto, compro pan y verduras, voy al jardín, converso 5 minutos o más con la tía (eso depende de cómo se haya portado y de qué cosas deba llevar al día siguiente), la subo al auto (con mucha dificultad pues a esa hora juega con sus compañeritos en la casita de muñecas que esta en el patio, por lo que ir a comer lentejas a la casa no es un panorama muy atractivo que digamos), les doy almuerzo, la baño, como algo (generalmente un yogurt o un batido) cojo el auto, lo estaciono, me subo al metro y vuelta al laburo again.
Como eso toma tiempo y es a diario, mi conciencia culposa no me permite pedir más permisos o hacer uso de los días administrativos. Trato de llevarlas al médico después de las 6 o en la hora de almuerzo, idem con los trámites y con las compras en la farmacia. Del supermercado ni hablar, es un lujo reservado solo para el fin de semana.
Bueno, finalmente el 30 de diciembre, a un día del feriado bancario legal, a dos del cierre de toda tienda y supermercado y en fin, en el penúltimo día de un ajetreado año, solicité medio día para "mí".
Partí en el jardín como de costumbre, luego pase por el banco pues necesitaba hacer ejercicio bancario -a estas alturas el único tipo de ejercicio que tengo tiempo para practicar- isapre y luego al registro civil. Cuento corto, haciendo fila o esperando sentada con un numerito en la mano desde las 9:30 de la mañana hasta las 14:00 horas. Del terror. En pleno siglo XXI, con la internet 2.0 tirando para 3.0, realidad aumentada incluida, con los celulares inteligentes (a ratos mas que los propios dueños) masificadonse, etc, etc, etc, no había ningún prostituto tramite que pudiera realizarse por una vía no presencial.
Y ahí estaba yo, jugando con el celular, tratando infructuosamente que la pantalla touch obedeciera mis dedos gordos para conectarme a internet (extraño tanto mi nokia de palo!!!), leyendo el publimetro por quinta vez y mirando el reloj como si por el solo hecho de contemplarlo, la hora -y la fila-fueran a avanzar mas rápido.
Se me fue la mañana, y me quedaron cosas pendientes... no solo tramites por realizar, sino otras tantas encrucijadas, pequeñas, cotidianas, nimias para el resto pero trascendentales para el alma, que a toda madre, esposa y profesional se nos cruzan en la vida... Como lo voy a hacer con las horas del fonoaudiologo si atiende solo hasta las 18:00 hrs,? Mando a mi hija con la niñera, o mejor, que no vaya y que se banque la dislalia hasta que deba ingresar al colegio y la rechazen por transtornos en el lenguaje. Y con las clases de ballet?, puedo ir a dejarla, se volverá con los papas de alguna compañerita, le pasare la cámara de fotos a "alguien" para que retrate su primera clase. Y cuando en menos de 2 meses se me acabe el fuero maternal que tengo por la mas chica?, dejo de ir al jardín, de almorzar con las dos, de cortar mi día de trabajo con sus sonrisas, que son la recarga perfecta y precisa para la otra mitad de la jornada.
En pleno siglo XXI, en la era de todas las vainas que ya describí, donde conceptos como el teletrabajo, el great place to work, la productividad por metas y no por el cumplimiento de normas, etc.; están tan manoseados; me enfrento, como muchas, a una pared. A un mundo sumamente masculino, mucho mas allá del genero (porque para muestra un botón: quien dijo que 5 días son suficientes para un papa, en 5 días se hacen tramites, pero no termina de conectarse plenamente con su hijo recién nacido y de apañar a su mujer!!!). A un mundo donde me cuesta cada vez mas estar, ser. Un mundo donde soy madre, esposa y profesional, pero no en plenitud, y cada vez con mas dificultad, pues corro a ratos entre tropiezos para desvestir un santo y rauda vestir a otro. Einstein -que convengamos que leso no era- decía "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo"...
Fin de año -se que el año termino hace rato, pero mientras uno no salga de vacaciones, la cosa no vale- es siempre una oportunidad para replantearse y preguntarse, casi desde el cliche, "Que se espera de los próximos 365 días?". Hoy cambiare la pregunta. Me diré a mi misma, "Misma, que diantres harás con los próximos 365 días?". Al menos Einstein ya me dio una pista.
Quiero detenerme por un momento en "los intentos fallidos". Como mi hija menor no llega a los 2 años, llego en las mañanas 20 minutos más tarde que el resto, subo a almorzar todos los días a casa para recoger a la mayor del jardín y compartir con ambas un rato (san fuero maternal); RATO que se distribuye más o menos así: tomo el metro frente a la oficina, paso a buscar el auto, compro pan y verduras, voy al jardín, converso 5 minutos o más con la tía (eso depende de cómo se haya portado y de qué cosas deba llevar al día siguiente), la subo al auto (con mucha dificultad pues a esa hora juega con sus compañeritos en la casita de muñecas que esta en el patio, por lo que ir a comer lentejas a la casa no es un panorama muy atractivo que digamos), les doy almuerzo, la baño, como algo (generalmente un yogurt o un batido) cojo el auto, lo estaciono, me subo al metro y vuelta al laburo again.
Como eso toma tiempo y es a diario, mi conciencia culposa no me permite pedir más permisos o hacer uso de los días administrativos. Trato de llevarlas al médico después de las 6 o en la hora de almuerzo, idem con los trámites y con las compras en la farmacia. Del supermercado ni hablar, es un lujo reservado solo para el fin de semana.
Bueno, finalmente el 30 de diciembre, a un día del feriado bancario legal, a dos del cierre de toda tienda y supermercado y en fin, en el penúltimo día de un ajetreado año, solicité medio día para "mí".
Partí en el jardín como de costumbre, luego pase por el banco pues necesitaba hacer ejercicio bancario -a estas alturas el único tipo de ejercicio que tengo tiempo para practicar- isapre y luego al registro civil. Cuento corto, haciendo fila o esperando sentada con un numerito en la mano desde las 9:30 de la mañana hasta las 14:00 horas. Del terror. En pleno siglo XXI, con la internet 2.0 tirando para 3.0, realidad aumentada incluida, con los celulares inteligentes (a ratos mas que los propios dueños) masificadonse, etc, etc, etc, no había ningún prostituto tramite que pudiera realizarse por una vía no presencial.
Y ahí estaba yo, jugando con el celular, tratando infructuosamente que la pantalla touch obedeciera mis dedos gordos para conectarme a internet (extraño tanto mi nokia de palo!!!), leyendo el publimetro por quinta vez y mirando el reloj como si por el solo hecho de contemplarlo, la hora -y la fila-fueran a avanzar mas rápido.
Se me fue la mañana, y me quedaron cosas pendientes... no solo tramites por realizar, sino otras tantas encrucijadas, pequeñas, cotidianas, nimias para el resto pero trascendentales para el alma, que a toda madre, esposa y profesional se nos cruzan en la vida... Como lo voy a hacer con las horas del fonoaudiologo si atiende solo hasta las 18:00 hrs,? Mando a mi hija con la niñera, o mejor, que no vaya y que se banque la dislalia hasta que deba ingresar al colegio y la rechazen por transtornos en el lenguaje. Y con las clases de ballet?, puedo ir a dejarla, se volverá con los papas de alguna compañerita, le pasare la cámara de fotos a "alguien" para que retrate su primera clase. Y cuando en menos de 2 meses se me acabe el fuero maternal que tengo por la mas chica?, dejo de ir al jardín, de almorzar con las dos, de cortar mi día de trabajo con sus sonrisas, que son la recarga perfecta y precisa para la otra mitad de la jornada.
En pleno siglo XXI, en la era de todas las vainas que ya describí, donde conceptos como el teletrabajo, el great place to work, la productividad por metas y no por el cumplimiento de normas, etc.; están tan manoseados; me enfrento, como muchas, a una pared. A un mundo sumamente masculino, mucho mas allá del genero (porque para muestra un botón: quien dijo que 5 días son suficientes para un papa, en 5 días se hacen tramites, pero no termina de conectarse plenamente con su hijo recién nacido y de apañar a su mujer!!!). A un mundo donde me cuesta cada vez mas estar, ser. Un mundo donde soy madre, esposa y profesional, pero no en plenitud, y cada vez con mas dificultad, pues corro a ratos entre tropiezos para desvestir un santo y rauda vestir a otro. Einstein -que convengamos que leso no era- decía "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo"...
Fin de año -se que el año termino hace rato, pero mientras uno no salga de vacaciones, la cosa no vale- es siempre una oportunidad para replantearse y preguntarse, casi desde el cliche, "Que se espera de los próximos 365 días?". Hoy cambiare la pregunta. Me diré a mi misma, "Misma, que diantres harás con los próximos 365 días?". Al menos Einstein ya me dio una pista.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Para todas aquellas mujeres que son mamá y papá….
NOTA DE LA BLOGUERA:
He estado floja, lo sé, pero vuelvo en gloria y majestad con una bloguera invitada, y es de lujo, dejo con Uds. a una gran madre, esposa y profesional, y, por supuesto a una gran amiga. Ella está al otro lado de la cordillera, pero como verán, en todos lados se cuecen habas, o en este caso, se intenta hacer malabarismo entre los hijos, el marido y la pega... Acá va:
…Este es mi humilde homenaje. A todas aquellas mujeres que están solas con sus hijos a cargo, sin maridos ni círculo cercano que las contenga y apoye. Sin más sostén que sus propios brazos y su corazón abierto para dar, cada minuto que pasa, más amor a sus hijos.
Pude acercarme mínimamente a esa realidad esta semana, al tener una nueva experiencia de “madre a cargo de casa e hijos” por una semana, con dos niños: una niña próxima a cumplir los 4 (Clara) y un bebé de 8 meses (José Ignacio).
Sin ser una feminista de vanguardia, les aseguro que después de esta, mi segunda experiencia con los dos chicos sola, no puedo dejar de pensar en todas aquellas madres que andan solas por la vida (quiero decir sin pareja) y que heroicamente se hacen cargo de sus hijos trabajando, estudiando y/o ejerciendo sus profesiones.
La mía fue una experiencia chiquita. La de ellas, en muchos casos les tomará toda su vida.
Me quedé sola estoicamente a cargo del barco desde un sábado cualquiera hasta el sábado siguiente. Otro viaje más de trabajo de mi maridito me puso nuevamente ante el desafío de lo que creo nos sale de entrada: “yo me la puedo”….aunque pensándolo bien: AUXILIO, SOCORRO, necesito de más manos que me ayuden a atajar lo que por momentos es un manicomio, un caos ensordecedor o un concierto de múltiples voces en distintos tonos musicales o estruendosos, como prefiera mirarlo.
¿Quién? Familia? No tengo acá lamentablemente. La de mi marido es chica y casi que no cuenta para estos menesteres. De hecho, hace un mes que les anticipé de este viaje a mi cuñada y suegro y de la primera sólo tuve un “sí, cualquier cosa arreglamos con papá”. Ah!, pero igualmente debo agradecer que se dieron una vuelta la segunda noche, porque ella tenía que aprovechar de sacar unas medidas de ventanas para su curso de confección de cortinas. Entonces, como las necesitaba se autoinvitaron a comer el domingo (aunque me traían una pizza, claro). Pero como teníamos un cumple con Clara y el tiempo no iba a dar, lo dejamos para la tarde-noche y me dieron una mano con la comida y baño de los chicos. Y sería todo, “suerte, cualquier cosa llamanos!”.
También debo agradecer que vino dos noches nuestra amiga que nos da una mano con estos menesteres infantiles y hogareños (este es uno de sus trabajos). Así que primera premisa: no quejarse. Recuerda: esto es sólo por una semana, hay mujeres que lo viven toda su vida.
Comenzamos el sábado: una jornada donde Clara estuvo bastante contenida gracias a una amiguita que vino a jugar a casa.
El domingo “el” programa fue el cumpleaños de una amiguita del jardín de Clara, así que todo el día fue en función de eso. “Yo la llevo y la traigo”, me ofreció una mamá del jardín amablemente, “así tu descansas, duermes la siesta o lo que quieras hacer”. Siesta? De qué me hablan!, ya no sé lo que es eso!, nunca fui fan de siestas y menos después de tener hijos!!!. Cuando lo he intentado justo se despiertan o pasa algo y me quedo con un humor peor que si no me hubiera acostado. “Mira, mi programa esta semana son ellos, así que gracias, no te preocupes!”, le dije.
Y empezamos la semana: lunes y martes bien aunque al más chico se le alteraron sus rutinas de sueño por la tarde, con lo cual, sólo me dedicaba a hacerlo dormir y terminé a las noches con los brazos y espalda hechos trizas. A esto se suma que Clarita se hace pis por las noches cuando “emocionalmente” no está bien (cuando la hemos retado por algo o cuando está triste por extrañar, como en este caso), con lo cual para “asegurarme” de que aquel evento no ocurriera, la llevaba a hacer pis dormida antes de ir a acostarme yo. Pero zas! No llegué al segundo día y ya se había hecho pis minutos antes de que la llevara (me dí cuenta porque su ropa mojada y la cama meados estaban calentitos…) si, un asco, peor fue sacarla de ahí dormida para lavarla considerando que la niñita ronda los 20 kilos. Y no se despertó nunca!.
Miércoles: control de José Ignacio y cuando volvíamos, zas!, el evento que tenía que pasar: un pequeño accidente de Clarita. A correr con ella a la guardia médica ni bien llegué con José Ignacio y por supuesto ese día se quedó sin ir al jardín. Un golpe que pudo haber terminado en fractura pero que se curó bancándose los llantos, con cremitas, jarabe desinflamatorio y parches curitas sicológicos (sólo tienen ese efecto, porque no los necesitaba en realidad). “Todo sigue bajo control”, me seguí diciendo.
Jueves: Clarita de vuelta al jardín. Mi suegro que vino para llevarla y de paso le pedí que se quedara “un ratito” con Josesito mientras dormía la siesta para poder hacer algunas compras en el súper lo cual implica: ir hasta allá, cargar rápidamente el carrito sin que se olviden las cosas (olvídense de la listita escrita en papel a estas alturas), cargarlas en el auto, volver hasta casa y descargar todo para acomodarlo en su lugar. Ay como amo ir al súper!!! Un programón!!!!
Ya para eso se hizo la hora para reitrar a Clarita del jardín. Nos fuimos con José Ignacio y terminamos en una placita con juegos porque ir a otro lugar a veces es mejor que pasar 4 horas en casa hasta que se termina el día.
Y llegamos al viernes, la mayor ya no puede andar más pegote conmigo. El enano sigue peleándose para no dormir la siesta (y después anda de mal humor por no dormir). Ya no queda nada, es la última noche y mañana al mediodía llegará papá.
Debo decir que mucho de lo que ocurrió esta semana fue “una cuestión de actitud” como diría el gran Fito. Actitud de: no amurrarse por no estar en ese privilegiado lugar en el que está mi esposo (no me refiero sólo a Europa, sino al lugar que tiene en su trabajo), visitando lugares hermosos y ser “alguien importante” que envían con gastos pagados, cuando yo estoy sin trabajo hace meses y soy tan profesional que él. Es decir, actitud de NO A LA ENVIDIA. Esto es una etapa y seguro que si estuviera trabajando el reclamo sería “quiero pasar más horas con mis hijos” (al final, siempre estamos desconformes).
Actitud de “esto no me sobrepasará, tengo todo bajo control”. Aunque el enano de 8 meses grite como si lo estuvieran ahorcando porque algo no le gusta, con Clarita que no para de saltar y correr por todos lados, mientras yo intento cocinar.
Actitud de no romper rutinas: entonces, mientras se baña Clarita, a José Ignacio ponerlo en el coche en la puerta del baño para que mire y no se sienta solo…y mientras lo baño a él, dejar a la más grande en la cama reencontrarse con algún cuento que hace mucho no veía…Las rutinas de: comida, baño, cuento (a la más grande), pecho (al chiquitín) y a dormir no podían faltar esta semana. Ya bastante es que el padre esté ausente estos días. Sí, podía hacer todo eso en simultáneo, sólo tenía que enfrentarme a la situación…..aunque ahora necesite por lo menos otra semana más para reponerme.
En fin, actitud. Una gran lección de esta semana ha sido que esa contención que necesitan los chicos en gran parte se logra ESTANDO, tirándose al piso, jugando, siendo (aunque sea por momentos), como niños. Así te ganas su escucha, que te hagan caso, hay más capacidad de negociación. ENTENDIENDO que a veces están cansados, que tienen sueño y que van entonces a ponerse a llorar por cualquier cosa y que lo mejor es hacerlos reír o desviar su atención y no enojarse. Y sobre todo, MANTENIENDO LA CALMA.
Más que autocompadecerme (no es la idea), sólo quería compartir algunos aprendizajes de lo vivido. Estoy cansada, muy cansada. Quisiera que mi marido a su vuelta me lleve a alguna salida solos, sin niños, irme a caminar por un paisaje bello, comprarme maquillajes y preocuparme de la depilación que no he podido hacerme, el pelo que no me he podido cortar, repito, sin niños. No porque me los quiera sacar de encima, LOS AMO y haría lo que fuera por ellos, pero las mujeres necesitamos estar plenas en todas nuestras dimensiones: mamás, profesionales, esposas, amigas, lindas y bellas. Somos un todo y no sólo la suma de las partes. Necesitamos tiempo para nosotras, para desarrollarnos profesionalmente, para hacernos cargo de nuestra casa, y sobre todo, para estar con nuestros hijos. Estoy segura que muchas mamás que trabajan darían lo que fueran por pasar el tiempo que yo he tenido estos meses con mis hijos, pero créanme que el equilibrio para nosotras es lo mejor.
Y por otro lado, sigo pensando en aquellas mujeres que viven esto no sólo una semana sino su vida completa. Y le dan la vuelta a la vida y son felices por ver crecer a sus hijos y sus hijos ven en ellas la protección, la seguridad y el amor pleno que necesitan para crecer. Créanme que las admiro. Y este fue mi humilde homenaje para ellas.
He estado floja, lo sé, pero vuelvo en gloria y majestad con una bloguera invitada, y es de lujo, dejo con Uds. a una gran madre, esposa y profesional, y, por supuesto a una gran amiga. Ella está al otro lado de la cordillera, pero como verán, en todos lados se cuecen habas, o en este caso, se intenta hacer malabarismo entre los hijos, el marido y la pega... Acá va:
…Este es mi humilde homenaje. A todas aquellas mujeres que están solas con sus hijos a cargo, sin maridos ni círculo cercano que las contenga y apoye. Sin más sostén que sus propios brazos y su corazón abierto para dar, cada minuto que pasa, más amor a sus hijos.
Pude acercarme mínimamente a esa realidad esta semana, al tener una nueva experiencia de “madre a cargo de casa e hijos” por una semana, con dos niños: una niña próxima a cumplir los 4 (Clara) y un bebé de 8 meses (José Ignacio).
Sin ser una feminista de vanguardia, les aseguro que después de esta, mi segunda experiencia con los dos chicos sola, no puedo dejar de pensar en todas aquellas madres que andan solas por la vida (quiero decir sin pareja) y que heroicamente se hacen cargo de sus hijos trabajando, estudiando y/o ejerciendo sus profesiones.
La mía fue una experiencia chiquita. La de ellas, en muchos casos les tomará toda su vida.
Me quedé sola estoicamente a cargo del barco desde un sábado cualquiera hasta el sábado siguiente. Otro viaje más de trabajo de mi maridito me puso nuevamente ante el desafío de lo que creo nos sale de entrada: “yo me la puedo”….aunque pensándolo bien: AUXILIO, SOCORRO, necesito de más manos que me ayuden a atajar lo que por momentos es un manicomio, un caos ensordecedor o un concierto de múltiples voces en distintos tonos musicales o estruendosos, como prefiera mirarlo.
¿Quién? Familia? No tengo acá lamentablemente. La de mi marido es chica y casi que no cuenta para estos menesteres. De hecho, hace un mes que les anticipé de este viaje a mi cuñada y suegro y de la primera sólo tuve un “sí, cualquier cosa arreglamos con papá”. Ah!, pero igualmente debo agradecer que se dieron una vuelta la segunda noche, porque ella tenía que aprovechar de sacar unas medidas de ventanas para su curso de confección de cortinas. Entonces, como las necesitaba se autoinvitaron a comer el domingo (aunque me traían una pizza, claro). Pero como teníamos un cumple con Clara y el tiempo no iba a dar, lo dejamos para la tarde-noche y me dieron una mano con la comida y baño de los chicos. Y sería todo, “suerte, cualquier cosa llamanos!”.
También debo agradecer que vino dos noches nuestra amiga que nos da una mano con estos menesteres infantiles y hogareños (este es uno de sus trabajos). Así que primera premisa: no quejarse. Recuerda: esto es sólo por una semana, hay mujeres que lo viven toda su vida.
Comenzamos el sábado: una jornada donde Clara estuvo bastante contenida gracias a una amiguita que vino a jugar a casa.
El domingo “el” programa fue el cumpleaños de una amiguita del jardín de Clara, así que todo el día fue en función de eso. “Yo la llevo y la traigo”, me ofreció una mamá del jardín amablemente, “así tu descansas, duermes la siesta o lo que quieras hacer”. Siesta? De qué me hablan!, ya no sé lo que es eso!, nunca fui fan de siestas y menos después de tener hijos!!!. Cuando lo he intentado justo se despiertan o pasa algo y me quedo con un humor peor que si no me hubiera acostado. “Mira, mi programa esta semana son ellos, así que gracias, no te preocupes!”, le dije.
Y empezamos la semana: lunes y martes bien aunque al más chico se le alteraron sus rutinas de sueño por la tarde, con lo cual, sólo me dedicaba a hacerlo dormir y terminé a las noches con los brazos y espalda hechos trizas. A esto se suma que Clarita se hace pis por las noches cuando “emocionalmente” no está bien (cuando la hemos retado por algo o cuando está triste por extrañar, como en este caso), con lo cual para “asegurarme” de que aquel evento no ocurriera, la llevaba a hacer pis dormida antes de ir a acostarme yo. Pero zas! No llegué al segundo día y ya se había hecho pis minutos antes de que la llevara (me dí cuenta porque su ropa mojada y la cama meados estaban calentitos…) si, un asco, peor fue sacarla de ahí dormida para lavarla considerando que la niñita ronda los 20 kilos. Y no se despertó nunca!.
Miércoles: control de José Ignacio y cuando volvíamos, zas!, el evento que tenía que pasar: un pequeño accidente de Clarita. A correr con ella a la guardia médica ni bien llegué con José Ignacio y por supuesto ese día se quedó sin ir al jardín. Un golpe que pudo haber terminado en fractura pero que se curó bancándose los llantos, con cremitas, jarabe desinflamatorio y parches curitas sicológicos (sólo tienen ese efecto, porque no los necesitaba en realidad). “Todo sigue bajo control”, me seguí diciendo.
Jueves: Clarita de vuelta al jardín. Mi suegro que vino para llevarla y de paso le pedí que se quedara “un ratito” con Josesito mientras dormía la siesta para poder hacer algunas compras en el súper lo cual implica: ir hasta allá, cargar rápidamente el carrito sin que se olviden las cosas (olvídense de la listita escrita en papel a estas alturas), cargarlas en el auto, volver hasta casa y descargar todo para acomodarlo en su lugar. Ay como amo ir al súper!!! Un programón!!!!
Ya para eso se hizo la hora para reitrar a Clarita del jardín. Nos fuimos con José Ignacio y terminamos en una placita con juegos porque ir a otro lugar a veces es mejor que pasar 4 horas en casa hasta que se termina el día.
Y llegamos al viernes, la mayor ya no puede andar más pegote conmigo. El enano sigue peleándose para no dormir la siesta (y después anda de mal humor por no dormir). Ya no queda nada, es la última noche y mañana al mediodía llegará papá.
Debo decir que mucho de lo que ocurrió esta semana fue “una cuestión de actitud” como diría el gran Fito. Actitud de: no amurrarse por no estar en ese privilegiado lugar en el que está mi esposo (no me refiero sólo a Europa, sino al lugar que tiene en su trabajo), visitando lugares hermosos y ser “alguien importante” que envían con gastos pagados, cuando yo estoy sin trabajo hace meses y soy tan profesional que él. Es decir, actitud de NO A LA ENVIDIA. Esto es una etapa y seguro que si estuviera trabajando el reclamo sería “quiero pasar más horas con mis hijos” (al final, siempre estamos desconformes).
Actitud de “esto no me sobrepasará, tengo todo bajo control”. Aunque el enano de 8 meses grite como si lo estuvieran ahorcando porque algo no le gusta, con Clarita que no para de saltar y correr por todos lados, mientras yo intento cocinar.
Actitud de no romper rutinas: entonces, mientras se baña Clarita, a José Ignacio ponerlo en el coche en la puerta del baño para que mire y no se sienta solo…y mientras lo baño a él, dejar a la más grande en la cama reencontrarse con algún cuento que hace mucho no veía…Las rutinas de: comida, baño, cuento (a la más grande), pecho (al chiquitín) y a dormir no podían faltar esta semana. Ya bastante es que el padre esté ausente estos días. Sí, podía hacer todo eso en simultáneo, sólo tenía que enfrentarme a la situación…..aunque ahora necesite por lo menos otra semana más para reponerme.
En fin, actitud. Una gran lección de esta semana ha sido que esa contención que necesitan los chicos en gran parte se logra ESTANDO, tirándose al piso, jugando, siendo (aunque sea por momentos), como niños. Así te ganas su escucha, que te hagan caso, hay más capacidad de negociación. ENTENDIENDO que a veces están cansados, que tienen sueño y que van entonces a ponerse a llorar por cualquier cosa y que lo mejor es hacerlos reír o desviar su atención y no enojarse. Y sobre todo, MANTENIENDO LA CALMA.
Más que autocompadecerme (no es la idea), sólo quería compartir algunos aprendizajes de lo vivido. Estoy cansada, muy cansada. Quisiera que mi marido a su vuelta me lleve a alguna salida solos, sin niños, irme a caminar por un paisaje bello, comprarme maquillajes y preocuparme de la depilación que no he podido hacerme, el pelo que no me he podido cortar, repito, sin niños. No porque me los quiera sacar de encima, LOS AMO y haría lo que fuera por ellos, pero las mujeres necesitamos estar plenas en todas nuestras dimensiones: mamás, profesionales, esposas, amigas, lindas y bellas. Somos un todo y no sólo la suma de las partes. Necesitamos tiempo para nosotras, para desarrollarnos profesionalmente, para hacernos cargo de nuestra casa, y sobre todo, para estar con nuestros hijos. Estoy segura que muchas mamás que trabajan darían lo que fueran por pasar el tiempo que yo he tenido estos meses con mis hijos, pero créanme que el equilibrio para nosotras es lo mejor.
Y por otro lado, sigo pensando en aquellas mujeres que viven esto no sólo una semana sino su vida completa. Y le dan la vuelta a la vida y son felices por ver crecer a sus hijos y sus hijos ven en ellas la protección, la seguridad y el amor pleno que necesitan para crecer. Créanme que las admiro. Y este fue mi humilde homenaje para ellas.
viernes, 30 de julio de 2010
Lo que a mí me funciona
Mi Facebook dice desde ayer algo así: "Dos controles esta semana, la próxima examen de y control del ramo nuevo y la siguiente, examen de nuevo, ¿No será mucho?". Ante este autodiagnóstico y su poco glamorosa declaración pública en la web, ha resultado por decir lo menos, gracioso, ver cómo las personas declaran que "Les Gusta" mi estado, como si la desgracia ajena fuera motivo de alegría... bueno, pensándolo bien,nuestra cultura chilensis siempre ha sido un poco así. Hay cierto morbo en el padecimiento del otro.
Como sea, prefiero pensar que a mis contactos virtuales les "gusta" no mi sufrimiento académico, sino más bien el hecho que esté estudiando, perfeccionándome, adquiriendo más competencias profesionales o el eufenismo que quieran usar para decir que estoy reventada entre clases, análisis de casos, libros y papers.
Lo aún más wako es que un amigo, de hecho, mi mejor amigo, comentó mi estado del face poniendo el detalle de los exámenes, certámenes y presentaciones que él tiene esta semana en su MBA (con ramos que, al menos en el papel, suenan más peludos que los míos), como broche de oro luego de la enumeración, posteó la siguiente frase: "¿Cómo te quedó el ojo?"
Yo, muy digna, le contesté que el ojo me había quedado exactamente igual (chico y rojo de tanto leer) porque mal que mal el es soltero, se está cambiando de pega y no es papá. Y yo, yo bueno, soy mamá, esposa, dueña de casa, profesional, docente y ahora, además, estudiante otra vez.
Como si fuera poco, la pega estas semanas ha estado fatal, entre la mucha que hay y los cambios al interior de la empresa en los niveles gerenciales, que hacen que de mi jefatura directa para arriba todos anden medio saltones.
Ojo, no me quejo, yo me metí en este baile solita y mi única alternativa es hacerme cargo de mi nueva etapa de estudiante, no hay de otra. Sin embargo, la catarsis es necesaria. No se trata de andar de víctima por la vida, pero un poquito de empatía tampoco anda mal.
Para colmo, como soy reñoña (el ñoña ya me quedó chico) estoy fichando los textos y haciendo resúmenes. Según algunos, sólo me falta subrayarlos con lapicitos rosados con olor a frutilla. La verdad es que los lapicitos que ocupo son plumones fosforescentes y no tienen aroma, pero la última vez que un colega me vio estudiar -con subrayado incluido- se burló de mí, con un comentario que no recuerdo bien, pero que básicamente me comparaba con aquel pasaje de la película "Legalmente Rubia" en el que la protagonista entrega su curriculum en un muy singular papel rosa perfumado.. Alla él, pensé. Momento seguido, el espíritu santo de posó sobre mí y recordé las palabras sabias, y quizás hasta premonitorias que un doctor amigo de mi familia -con la nada despreciable suma de 12 hijos (no, no es opus)- me regaló hace ya casi 10 años atrás. Cenábamos en su casa junto a mi actual marido (entonces apenas mi pololo) y no pude evitar consultar por el silencio monástico que reinaba en el hogar a las 10 de la noche (recuerden, 12 hijos). El prolífico padre se limitó a contestar: "mantén el orden, que el orden te mantendrá".
Tras 9 años como profesional, 5 como esposa y poco más de 3 como madre, mentiría si digo que he aplicado el precepto al pie de la letra. En efecto, creo que he estado más bien lejos de él... probablemente como muchas de ustedes pierdo con facilidad el celular, llaves, agendas, tarjetas de invitaciones a cumpleaños de las niñas, trabas (no sé cuántas veces alguna de las tres cadenas de farmacias, coludidas hasta en el precio de los collets, me han visto ir por un set de pinches de colores con florcitas o mariposas para las ñiñas).
Sin embargo, tengo cosas que sí me resultan. De un tiempo a esta parte -probablemente con la edad y el conocimiento de sí misma que sólo dan los años- he asumido que tengo una memoria de elefante para algunas cosas (por ejemplo, soy excelente fisonomista, no olvido un nombre y aplico "ni perdón ni olvido" a una traición). Pero también sé que tengo recuerdos demasiado frágiles para ciertas cosas prácticas que una buena madre y profesional debiera, en lo posible, retener. Vieron la película Memento???. Pues algo así (aunque no estoy para tatuarme todavía).
Ergo, soy pseudo adicta a los posit, tengo una pizarra en mi oficina, anoto todo en la agenda y apenas me comprometo para algo, le digo a mi asistente -incluso antes de cortar el teléfono- cuál fue el compromiso recién adquirido para las próximas horas, semanas o meses. Me mando correos a mí misma y tengo una carpeta PENDIENTE en el outlock. Soy de las que ocupa Facebook para ver los cumpleaños y le pido a la tía del jardín que anote todo lo que sea necesario en el cuaderno de mi hija mayor, el refrigerador de mi casa parece diario mural y cada vez que voy a Casa & Ideas salgo con un nuevo set de imanes, porque nunca son suficientes para los mil recaditos que debo anotar a diario.
Y sí, tengo poco tiempo para estudiar, curso el diploma en medio de mamaderas, pañales, jardín, pega, compras del super y un cuantohay más.
Mis hijas me interrumpen en medio del estudio con un "mamá pipí" (la mayor) o simplemente con un aroma a caca indicándome que es momento de mudar (la menor). En algunas ocasiones, llaman para pedirme brazos o simplemente un nanai en la dodilla. Entonces interrumpo de sopetón la lectura y soy 100% madre, la retomo cuando puedo y vuelvo rápido al párrafo o idea antes abandonada. Por qué? porque mis papers están subrayados con lápices fosforescentes. Porque no mantengo "el orden", pero si trato de mantener "mi orden". Porque es lo que a mí me funciona. Y el que diga que soy ñoña, que trate de ser multifuncional primero y luego vea si todavía quiere tirar la primera piedra.
Como sea, prefiero pensar que a mis contactos virtuales les "gusta" no mi sufrimiento académico, sino más bien el hecho que esté estudiando, perfeccionándome, adquiriendo más competencias profesionales o el eufenismo que quieran usar para decir que estoy reventada entre clases, análisis de casos, libros y papers.
Lo aún más wako es que un amigo, de hecho, mi mejor amigo, comentó mi estado del face poniendo el detalle de los exámenes, certámenes y presentaciones que él tiene esta semana en su MBA (con ramos que, al menos en el papel, suenan más peludos que los míos), como broche de oro luego de la enumeración, posteó la siguiente frase: "¿Cómo te quedó el ojo?"
Yo, muy digna, le contesté que el ojo me había quedado exactamente igual (chico y rojo de tanto leer) porque mal que mal el es soltero, se está cambiando de pega y no es papá. Y yo, yo bueno, soy mamá, esposa, dueña de casa, profesional, docente y ahora, además, estudiante otra vez.
Como si fuera poco, la pega estas semanas ha estado fatal, entre la mucha que hay y los cambios al interior de la empresa en los niveles gerenciales, que hacen que de mi jefatura directa para arriba todos anden medio saltones.
Ojo, no me quejo, yo me metí en este baile solita y mi única alternativa es hacerme cargo de mi nueva etapa de estudiante, no hay de otra. Sin embargo, la catarsis es necesaria. No se trata de andar de víctima por la vida, pero un poquito de empatía tampoco anda mal.
Para colmo, como soy reñoña (el ñoña ya me quedó chico) estoy fichando los textos y haciendo resúmenes. Según algunos, sólo me falta subrayarlos con lapicitos rosados con olor a frutilla. La verdad es que los lapicitos que ocupo son plumones fosforescentes y no tienen aroma, pero la última vez que un colega me vio estudiar -con subrayado incluido- se burló de mí, con un comentario que no recuerdo bien, pero que básicamente me comparaba con aquel pasaje de la película "Legalmente Rubia" en el que la protagonista entrega su curriculum en un muy singular papel rosa perfumado.. Alla él, pensé. Momento seguido, el espíritu santo de posó sobre mí y recordé las palabras sabias, y quizás hasta premonitorias que un doctor amigo de mi familia -con la nada despreciable suma de 12 hijos (no, no es opus)- me regaló hace ya casi 10 años atrás. Cenábamos en su casa junto a mi actual marido (entonces apenas mi pololo) y no pude evitar consultar por el silencio monástico que reinaba en el hogar a las 10 de la noche (recuerden, 12 hijos). El prolífico padre se limitó a contestar: "mantén el orden, que el orden te mantendrá".
Tras 9 años como profesional, 5 como esposa y poco más de 3 como madre, mentiría si digo que he aplicado el precepto al pie de la letra. En efecto, creo que he estado más bien lejos de él... probablemente como muchas de ustedes pierdo con facilidad el celular, llaves, agendas, tarjetas de invitaciones a cumpleaños de las niñas, trabas (no sé cuántas veces alguna de las tres cadenas de farmacias, coludidas hasta en el precio de los collets, me han visto ir por un set de pinches de colores con florcitas o mariposas para las ñiñas).
Sin embargo, tengo cosas que sí me resultan. De un tiempo a esta parte -probablemente con la edad y el conocimiento de sí misma que sólo dan los años- he asumido que tengo una memoria de elefante para algunas cosas (por ejemplo, soy excelente fisonomista, no olvido un nombre y aplico "ni perdón ni olvido" a una traición). Pero también sé que tengo recuerdos demasiado frágiles para ciertas cosas prácticas que una buena madre y profesional debiera, en lo posible, retener. Vieron la película Memento???. Pues algo así (aunque no estoy para tatuarme todavía).
Ergo, soy pseudo adicta a los posit, tengo una pizarra en mi oficina, anoto todo en la agenda y apenas me comprometo para algo, le digo a mi asistente -incluso antes de cortar el teléfono- cuál fue el compromiso recién adquirido para las próximas horas, semanas o meses. Me mando correos a mí misma y tengo una carpeta PENDIENTE en el outlock. Soy de las que ocupa Facebook para ver los cumpleaños y le pido a la tía del jardín que anote todo lo que sea necesario en el cuaderno de mi hija mayor, el refrigerador de mi casa parece diario mural y cada vez que voy a Casa & Ideas salgo con un nuevo set de imanes, porque nunca son suficientes para los mil recaditos que debo anotar a diario.
Y sí, tengo poco tiempo para estudiar, curso el diploma en medio de mamaderas, pañales, jardín, pega, compras del super y un cuantohay más.
Mis hijas me interrumpen en medio del estudio con un "mamá pipí" (la mayor) o simplemente con un aroma a caca indicándome que es momento de mudar (la menor). En algunas ocasiones, llaman para pedirme brazos o simplemente un nanai en la dodilla. Entonces interrumpo de sopetón la lectura y soy 100% madre, la retomo cuando puedo y vuelvo rápido al párrafo o idea antes abandonada. Por qué? porque mis papers están subrayados con lápices fosforescentes. Porque no mantengo "el orden", pero si trato de mantener "mi orden". Porque es lo que a mí me funciona. Y el que diga que soy ñoña, que trate de ser multifuncional primero y luego vea si todavía quiere tirar la primera piedra.
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martes, 6 de julio de 2010
Un mes sin escribir...Hoy, solidaridad de género???
Hay ciertos indicadores en la vida de todas las mujeres que nos ponen en alerta. Cada una tiene los propios: cuántos días sin depilarnos, sin teñirnos, sin ir al ginmasio, sin hablar con la mejor amiga, sin tener buen sexo, sin dormir bien, sin comprarnos algo que nos guste o sencillamente necesitemos, etc. Son señales inequívocas de que algo anda mal, de que el tiempo, al menos, el dedicado "a una misma" escasea. En mi caso, desde mi época de estudiante cuando pasaba algo muy heavy en mi vida -desde prueba coeficiente dos hasta el día de mi boda- y el stress me comía por dentro (mientras yo por fuera también me lo comía todo de pura ansiedad), me daba ataque con cuática al colón. Era, como dice una colega la señal de "luces rojas" o mi propio "Houston, we have a problem".
Hoy - cuando enfermarme yo misma se ha convertido en un lujo que según mis hijas y mi pega no me puedo dar- mis episodios de máxima demanda quedan de manifiesto simplemente por no haber hecho catarsis en este blog por más de un mes... ergo, ahora
Ni se piensen que no he necesitado escribir, que va!, al revés, he requeterequerido desahogarme, y por eso mismo es que no lo he hecho: el tiempo, el ánimo, el sueño, el trabajo, y un largo etc. me lo han impedido.
Y aquí estoy, frente al computador (nuevo, por lo demás, cuyas teclas y su distribiución aún no acabo de comprender) con el síndrome de la hoja en blanco, bueno, la pantalla en blanco para ser más rigurosa. Tantas cosas que decir que ya ni se por donde empezar, me siento total y absolutamente sobrepasada.
Vengo llegando de un viaje de pega a Europa (que suerte, dirán algunas... no se engañen por favor!). Digo llegando porque si bien llevo una semana en Chilito, no he tenido tiempo ni para revisar las fotos. Me bajé el lunes del avión y ese mismo día en la tarde ya estaba en onces familiares, repartija de regalo y obviamente, sacándole el jugo a mis hijas y mi marido, que quedaron probablemente con hematomas después de tantos abrazos. Al día siguiente, en la pega produciendo, organizando un megaevento del trabajo para ese mismo jueves y leyendo contra el tiempo los paper del diplomado, mientras llamaba a Help porque los pollos chicos tienen rinofaringuitis otra vez y mi jefa me retaba (con justa razón) por llegar a las 10 de la mañana en vez de a las 9:30. Flor!
Para peor, en la oficina todos me miran con cara de envidia, como si hubiera vuelta recientemente de vacaciones en alguna isla paradisiaca del Caribe; y no de conocer a full en apenas dos semanas todo lo que pude sobre la materia de la pasantía y los clichés de Barcelona, Madrid y París (la torre, el arco, la Sagrada Familia, etc, etc, etc. Y sí, son bonitas, sí, los franceses son guapos y cochinos y no, no me subí a la eiffel, al vi de afuerita no más).
Hacer todo y hacerlo bien. Ufff, víctima de mi propia trampa de nuevo. Como dice el refrán popular, quien mucho abarca, poco aprieta, o poco disfruta, como sería mejor dicho en mi caso. Europa fue intenso, bonito, enriquecedor, pero vamos, que hasta ahí no más llego.
La vuelta, como ya les decía, tampoco ha sido de miel sobre hojuelas. Tengo sueño, nunca me terminé por acostrumbrar al horario, y 17 días después, cuando ya sentía que lo lograba, me vine de vuelta.
Allá, uds. me entenderán, trataba de conectarme a las hora en que las niñas acostumbraban verme llegar -19:00 app. hora chilena- lo que daba un plazo fatal de la 1 de la mañana en "las Europas". Y a la mañana siguiente reunión. Qué decir cuando se me ocurría esperar a mi marido, me daban las 3 de la madrugada sin problemas. Sacrificado?, no, el sacrificio habría sido no verlas a la hora que al menos para ellas, era la de siempre.
Acá, back to reality, me dan ganas de dormirme a las 10 de la noche (imaginarán la felicidad de mi esposo, pucha que fome la señora que le mandaron de vuelta de España!!) y me da hambre a las horas más increíbles.
Mi jefa, con un hijo más grande y sin marido que atender, anda como lechuga. "Dormí todo el fin de semana", me comentó el otro día. A un niño de 13 años debe ser más fácil explicarle que la mamá está cansada que a dos guaguas de 3 y 1, supongo.
Y esto me lleva a la reflexión de hoy (que manera de darme vueltas, no???, para que vean que ando dispersa). Las mujeres somos, a ratos, muy pocos solidarias, primero con nosotras, y segundo, porqué no reconocerlo, con el resto del género. Tenemos mala memoria, olvidamos cómo era cambiar pañales con rapidez; indicamos con tono de reproche la mancha de leche en la blusa de la colega que amamanta antes de entrar a reunión; no entendemos cómo si las guaguas se despiertan temprano, la madre de las mismas no llega antes de las 8:00 a la oficina, porque claro, invisibilizamos el ritual previo a cada salida. Y vamos más allá: tratamos de suelta a la soltera que, oh envidia, tiene todo su derecho a pasarla bien e irse de carrete hasta que se le apague la tele; o de superficial a la que se puede gastar toda la plata del sueldo en ropa; o de irresponsable a la que se hace un test de embarazo toda urgida en el baño de la pega porque tuvo una "noche loca" con el novio.
Somos tan duras con nosotras y entre nosotras que a ratos, damos susto. Nos ha costado tanto llegar a donde estamos (y nos falta aún tanto para lograr igualdad de sueldos, de reconocimientos, de cargos públicos, de responsabilidades, y nuevamente, un largo etc.) que nos defendemos como leonas entre leonas; en vez de hermanarnos, de cobijarnos, de regalar y recordar que nosotras, algún día, estuvimos o estaremos exactamente donde está la mujer que tenemos justo al lado.
Hoy - cuando enfermarme yo misma se ha convertido en un lujo que según mis hijas y mi pega no me puedo dar- mis episodios de máxima demanda quedan de manifiesto simplemente por no haber hecho catarsis en este blog por más de un mes... ergo, ahora
Ni se piensen que no he necesitado escribir, que va!, al revés, he requeterequerido desahogarme, y por eso mismo es que no lo he hecho: el tiempo, el ánimo, el sueño, el trabajo, y un largo etc. me lo han impedido.
Y aquí estoy, frente al computador (nuevo, por lo demás, cuyas teclas y su distribiución aún no acabo de comprender) con el síndrome de la hoja en blanco, bueno, la pantalla en blanco para ser más rigurosa. Tantas cosas que decir que ya ni se por donde empezar, me siento total y absolutamente sobrepasada.
Vengo llegando de un viaje de pega a Europa (que suerte, dirán algunas... no se engañen por favor!). Digo llegando porque si bien llevo una semana en Chilito, no he tenido tiempo ni para revisar las fotos. Me bajé el lunes del avión y ese mismo día en la tarde ya estaba en onces familiares, repartija de regalo y obviamente, sacándole el jugo a mis hijas y mi marido, que quedaron probablemente con hematomas después de tantos abrazos. Al día siguiente, en la pega produciendo, organizando un megaevento del trabajo para ese mismo jueves y leyendo contra el tiempo los paper del diplomado, mientras llamaba a Help porque los pollos chicos tienen rinofaringuitis otra vez y mi jefa me retaba (con justa razón) por llegar a las 10 de la mañana en vez de a las 9:30. Flor!
Para peor, en la oficina todos me miran con cara de envidia, como si hubiera vuelta recientemente de vacaciones en alguna isla paradisiaca del Caribe; y no de conocer a full en apenas dos semanas todo lo que pude sobre la materia de la pasantía y los clichés de Barcelona, Madrid y París (la torre, el arco, la Sagrada Familia, etc, etc, etc. Y sí, son bonitas, sí, los franceses son guapos y cochinos y no, no me subí a la eiffel, al vi de afuerita no más).
Hacer todo y hacerlo bien. Ufff, víctima de mi propia trampa de nuevo. Como dice el refrán popular, quien mucho abarca, poco aprieta, o poco disfruta, como sería mejor dicho en mi caso. Europa fue intenso, bonito, enriquecedor, pero vamos, que hasta ahí no más llego.
La vuelta, como ya les decía, tampoco ha sido de miel sobre hojuelas. Tengo sueño, nunca me terminé por acostrumbrar al horario, y 17 días después, cuando ya sentía que lo lograba, me vine de vuelta.
Allá, uds. me entenderán, trataba de conectarme a las hora en que las niñas acostumbraban verme llegar -19:00 app. hora chilena- lo que daba un plazo fatal de la 1 de la mañana en "las Europas". Y a la mañana siguiente reunión. Qué decir cuando se me ocurría esperar a mi marido, me daban las 3 de la madrugada sin problemas. Sacrificado?, no, el sacrificio habría sido no verlas a la hora que al menos para ellas, era la de siempre.
Acá, back to reality, me dan ganas de dormirme a las 10 de la noche (imaginarán la felicidad de mi esposo, pucha que fome la señora que le mandaron de vuelta de España!!) y me da hambre a las horas más increíbles.
Mi jefa, con un hijo más grande y sin marido que atender, anda como lechuga. "Dormí todo el fin de semana", me comentó el otro día. A un niño de 13 años debe ser más fácil explicarle que la mamá está cansada que a dos guaguas de 3 y 1, supongo.
Y esto me lleva a la reflexión de hoy (que manera de darme vueltas, no???, para que vean que ando dispersa). Las mujeres somos, a ratos, muy pocos solidarias, primero con nosotras, y segundo, porqué no reconocerlo, con el resto del género. Tenemos mala memoria, olvidamos cómo era cambiar pañales con rapidez; indicamos con tono de reproche la mancha de leche en la blusa de la colega que amamanta antes de entrar a reunión; no entendemos cómo si las guaguas se despiertan temprano, la madre de las mismas no llega antes de las 8:00 a la oficina, porque claro, invisibilizamos el ritual previo a cada salida. Y vamos más allá: tratamos de suelta a la soltera que, oh envidia, tiene todo su derecho a pasarla bien e irse de carrete hasta que se le apague la tele; o de superficial a la que se puede gastar toda la plata del sueldo en ropa; o de irresponsable a la que se hace un test de embarazo toda urgida en el baño de la pega porque tuvo una "noche loca" con el novio.
Somos tan duras con nosotras y entre nosotras que a ratos, damos susto. Nos ha costado tanto llegar a donde estamos (y nos falta aún tanto para lograr igualdad de sueldos, de reconocimientos, de cargos públicos, de responsabilidades, y nuevamente, un largo etc.) que nos defendemos como leonas entre leonas; en vez de hermanarnos, de cobijarnos, de regalar y recordar que nosotras, algún día, estuvimos o estaremos exactamente donde está la mujer que tenemos justo al lado.
viernes, 4 de junio de 2010
Soy mamona, y qué
Hace rato no escribía... No fue por falta de ganas, de temas, de inspiración... No, básico: fue falta de tiempo. Por la pucha que es escaso este bien! y no, no soy yo no maestro, es el mal del siglo XXI y hasta donde veo, afecta en menor o mayor medida a la humanidad casi completa. Si ya parece pandemia la tontera (aunque la OMS nunca se ha pronunciado al respecto). Sí, un mal que a las que nos dividimos en 3 (o 4,5,6,10), nos afecta con cuática.
Recapitulemos, estoy colapsada: En exactamente una semana más me voy a España (acá es donde un tercio me mira con cara de incredulidad, el otro tercio con cara de envidia, y el resto descorcha una botella de champaña y me felicita... bueno, probablemente menos de un tercio y lo de la botella de champaña es too much).
Y sí, claro, estoy contenta, por primera vez en mi vida y recién a las 31 cruzo el Atlántico. Sé que: es una oportunidad enorme, debo estar agradecida, me voy gastos pagos (aunque es sabido que los viáticos en el ámbito académico son harto discretos), son "apenas" dos semanas y estas experiencias no se dan muchas veces en la vida; o al menos no para la clase media de este país que prioriza la educación de los pollos chicos, el dividendo y la compra de un auto más grande apenas se pueda (¿han tratado de sentar a la abuela, la hermana, la niñera o a quien se sea en medio de las dos sillas de bebé del vehículo?. Es como los concursos de sábado gigante donde había que adivinar cuántos energúmenos apretujados cabían dentro del mini).
Ya, estamos claros con eso (el agradecimiento, la oportunidad, la gran experiencia, la pata de la guagua, la cacha de las espada y todas esas vainas). Pasemos a lo siguiente... igual tengo pena.
Sí, me han pintado que estar dos semanas sin hijas, marido, pañales, reuniones de apoderados, compras en el súper, idas a la librería por los útiles, noches haciendo plumeros, visitas al pediatra, al vacunatorio, a la casa de mis suegros y un largo etc. equivalen a una suerte de estadía junto a los dioses del Olimpo, a horas de spa, a la un all inclusive en las termas de la felicidad plena. Pero estos últimos días me he sentido infernal. Paso de la efervescencia del viaje, al stress de tener que dejar 48 cosas listas antes de partir -desde la comida de los perros hasta la quién va a llevar y traer a la Ale del jardín- y a eso, claro, se suma la melancolía enorme que me da cada vez que abrazo a mis hijas.
Las pobres, de 1 y 3 años, no cachan mucho porque la mamá hace un par de semanas las apreta tan fuerte, tanto rato, le dio por olerles el cuello y despedirse cuatro veces de cada una antes de salir.
Mi consuelo: la más chica ya dio sus primeros pasos (me daba un síncope si se largaba a caminar conmigo a miles de kilómetros), y ya tengo todo más o menos organizado para el día del papá (en el Jardín la mayor hará fijo alguna manualidad a base de cono de papel confort, ya tengo el regalo oficial comprado y coordinamos con la niñera toda la dinámica de entrega). Pero no sé, me siento media disfórica o bipolar de a ratos. Estoy dichosa!!!!, pero tengo ganas de llorar...Lo peor de todo, es que la gente (acá no divido en tercios, el 100% me ha dicho lo mismo), comenta que tengo que estar enferma de la cabeza por sentirme así antes de partir a Europa, que cuando vea la Sagrada Familia en vivo y en directo se me va a pasar "la tontera", que basta una ida a Desigual a comprar lo que en Chile llegará recién en 5 meses más para reirme sola, que la culpa no va con las mujeres del siglo XXI, que hay que ser profesional, que las niñas van a estar bien (como si eso bastara para no extrañarlas) y que no soy imprescindible en la casa (juro que eso no tiene nada que ver, ya expliqué que la Carolita las cuida mejor que yo y que mi marido es un 10 en las laboras hogareñas).
No soy yo la bipolar, es esta sociedad. Pasamos de un extremo a otro. Antes, las mismas personas que ahora cuestionan mi "mamonismo", me habrían apedreado en la calle por dejar negligentemente a mis hijas pequeñas sin su madre por dos eternas semanas. Hoy, reconocer que las voy a extrañar, es juzgado como un signo de debilidad en un mundo donde las mujeres prácticamente hemos tenido que masculinizarnos para poder competir (o intentar competir) de igual a igual frente a los hombre en el desalmado mercado laboral.
Y sí, voy a ser feliz de tapas por Madrid, voy a ser profesional mientras dure la pasantía y voy a sobrecogerme cuando me pare frente a la Sagrada Familia, pero saben por qué?, porque voy a pensar en la mía, en MI familia. Y en que si bien, se abre ante mi un viaje maravilloso, sería aún mejor si pudiera contemplarlo a través de los ojos de quienes más quiero... Quizás, por el momento, es mucho pedir recorrer Europa abrazada de mi marido mientras las pollos estiran sus manitos para indicar todo aquello que les llama la atención. Pero no es tanto pedir un poco de empatía maternal y solidaridad de género. O sí?
Viva el spot de chocapic!
Recapitulemos, estoy colapsada: En exactamente una semana más me voy a España (acá es donde un tercio me mira con cara de incredulidad, el otro tercio con cara de envidia, y el resto descorcha una botella de champaña y me felicita... bueno, probablemente menos de un tercio y lo de la botella de champaña es too much).
Y sí, claro, estoy contenta, por primera vez en mi vida y recién a las 31 cruzo el Atlántico. Sé que: es una oportunidad enorme, debo estar agradecida, me voy gastos pagos (aunque es sabido que los viáticos en el ámbito académico son harto discretos), son "apenas" dos semanas y estas experiencias no se dan muchas veces en la vida; o al menos no para la clase media de este país que prioriza la educación de los pollos chicos, el dividendo y la compra de un auto más grande apenas se pueda (¿han tratado de sentar a la abuela, la hermana, la niñera o a quien se sea en medio de las dos sillas de bebé del vehículo?. Es como los concursos de sábado gigante donde había que adivinar cuántos energúmenos apretujados cabían dentro del mini).
Ya, estamos claros con eso (el agradecimiento, la oportunidad, la gran experiencia, la pata de la guagua, la cacha de las espada y todas esas vainas). Pasemos a lo siguiente... igual tengo pena.
Sí, me han pintado que estar dos semanas sin hijas, marido, pañales, reuniones de apoderados, compras en el súper, idas a la librería por los útiles, noches haciendo plumeros, visitas al pediatra, al vacunatorio, a la casa de mis suegros y un largo etc. equivalen a una suerte de estadía junto a los dioses del Olimpo, a horas de spa, a la un all inclusive en las termas de la felicidad plena. Pero estos últimos días me he sentido infernal. Paso de la efervescencia del viaje, al stress de tener que dejar 48 cosas listas antes de partir -desde la comida de los perros hasta la quién va a llevar y traer a la Ale del jardín- y a eso, claro, se suma la melancolía enorme que me da cada vez que abrazo a mis hijas.
Las pobres, de 1 y 3 años, no cachan mucho porque la mamá hace un par de semanas las apreta tan fuerte, tanto rato, le dio por olerles el cuello y despedirse cuatro veces de cada una antes de salir.
Mi consuelo: la más chica ya dio sus primeros pasos (me daba un síncope si se largaba a caminar conmigo a miles de kilómetros), y ya tengo todo más o menos organizado para el día del papá (en el Jardín la mayor hará fijo alguna manualidad a base de cono de papel confort, ya tengo el regalo oficial comprado y coordinamos con la niñera toda la dinámica de entrega). Pero no sé, me siento media disfórica o bipolar de a ratos. Estoy dichosa!!!!, pero tengo ganas de llorar...Lo peor de todo, es que la gente (acá no divido en tercios, el 100% me ha dicho lo mismo), comenta que tengo que estar enferma de la cabeza por sentirme así antes de partir a Europa, que cuando vea la Sagrada Familia en vivo y en directo se me va a pasar "la tontera", que basta una ida a Desigual a comprar lo que en Chile llegará recién en 5 meses más para reirme sola, que la culpa no va con las mujeres del siglo XXI, que hay que ser profesional, que las niñas van a estar bien (como si eso bastara para no extrañarlas) y que no soy imprescindible en la casa (juro que eso no tiene nada que ver, ya expliqué que la Carolita las cuida mejor que yo y que mi marido es un 10 en las laboras hogareñas).
No soy yo la bipolar, es esta sociedad. Pasamos de un extremo a otro. Antes, las mismas personas que ahora cuestionan mi "mamonismo", me habrían apedreado en la calle por dejar negligentemente a mis hijas pequeñas sin su madre por dos eternas semanas. Hoy, reconocer que las voy a extrañar, es juzgado como un signo de debilidad en un mundo donde las mujeres prácticamente hemos tenido que masculinizarnos para poder competir (o intentar competir) de igual a igual frente a los hombre en el desalmado mercado laboral.
Y sí, voy a ser feliz de tapas por Madrid, voy a ser profesional mientras dure la pasantía y voy a sobrecogerme cuando me pare frente a la Sagrada Familia, pero saben por qué?, porque voy a pensar en la mía, en MI familia. Y en que si bien, se abre ante mi un viaje maravilloso, sería aún mejor si pudiera contemplarlo a través de los ojos de quienes más quiero... Quizás, por el momento, es mucho pedir recorrer Europa abrazada de mi marido mientras las pollos estiran sus manitos para indicar todo aquello que les llama la atención. Pero no es tanto pedir un poco de empatía maternal y solidaridad de género. O sí?
Viva el spot de chocapic!
martes, 18 de mayo de 2010
Preferiría ser yo, mil veces yo
Ya... vengo llegando del doc. Del pediatra de mis hijas, para ser más exacta. Estoy instalada en la oficina y como ven, no, no estoy trabajando. De hecho, acabo de almorzar -son un cuarto para las 5 de la tarde- y mi almuerzo fue un pan con palta y una kem piña light (amo la palta, en efecto, crearé un grupo en facebook que se llame viva la palta con pan y que postule que aquellas personas no gustan de la palta son derechamente freakis) .
No almorzé porque siempre trato de fijar la cita de las enanas a la hora de almuerzo. Podría ir más temprano o más tarde, mi jefa no me pondría ningún problema, pero me sentiría mal, como haciendo la cimarra, como escapando de la pega (lo que es curioso, porque en este momento, sentada en mi puesto de laburo y todo, estoy haciendo exactamente lo mismo, NO trabajar.
Las pekas están enfermas, "infección respiratoria alta", y el consiguiente festival de tos y mocos. De "regalo" la mayor, tiene además dolor de oído, y de pasadita, yo me siento un poco estafada, porque se supone que las otitis quedaban casi descartadas después del triple pack de enero, - adenoides, amígdalas y colleras timpánicas- y el precio no promocional que pague en la clínica.
Se vienen las indicaciones: Clarinase, sterimar, artren (San Artren), abrilar (hedera helix creo que se llama "oficialmente") y paracetamol en gotas (es cerdo, lo han probado???, yo cantidad de marcas y sabores; todos son derechamente malos). Mientras el doc me da la eterna lista, pienso que esta vez estoy de suerte, no hay antibióticos de por medio "el compromiso es viral, no bacterial", yo asiento no por cumplir, sino que porque después de tres años de estrename como mamá, ahora realmente entiendo lo que me dice. De hecho también me siento suertuda porque, salvo el clarinase -que está a punto de acabarse- tengo todos los remedios de la receta en mi hogar. TODOS. Cualquier madre de niños en edad pre escolar dirá casi lo mismo. Bueno, alguna quizás tenga Merpal o Lertus en vez de Arten, pero convengamos que es exactamente lo mismo. La que sabe, sabe.
Pregunto por las dosis, anoto todo en los cuadernos. Uno para cada una. Winnie de Poh para la menor y otro oso tierno no tan popular como el mamífero de voz mamona para la más grande, que a todo esto, ya va en su segundo block de apuntes (como paréntesis ¿sabían que el tipo que hace la voz en español de Homero Simpon, es el mismo que dobla a Winnie de Poh?, increible, pero cierto, googleen!). En las hojas que yo misma escribí, la historia médica de mis retoñas pormenorizada al detalle, desde la primera eco hasta hoy; y por supuesto, todos sus controles de peso y talla.
Tengo todo claro, me retiro, corro con ellas a la casa, las dejo con un beso a la carrera y un sermón del tipo "cuidado con los cambios de temperatura, no las obligue a comer si no quieren, que no se agiten mucho" y otras instrucciones más para la niñera. Corro de vuelta a la pega.
Y ahora escribo, escribo porque no tengo cabeza para trabajar, porque ir al doctor me estresa. A ver... No, no es ir al doctor lo que me estresa, lo que me ponme fatal es que las pollos se enfermen. Sí, eso. La sensación "aliviadora": no es nada grave (Gracias a Dios). Pero a la vez, la certeza nefasta de saber que les duele el oido, la garganta, la cabeza, las amígdalas (bueno, sólo a una, la que no tiene amígdalas supongo que sufrirá de dolor de laringe o algo ubicado por ese vecindario). En fin, que sufren. No me lo banco.
Recuerdo que cuando yo era chica, mi mamá, -que frente a la inutilidad de mi padre biológico y antes de que llegara a nuestra vida mi adorado padrastro me crió sola en medio de un matriarcado compuesto por mi abuela, su hermana y su tía- me enviaba al colegio todos los días. 100% de asistencia hasta 6to básico. Nadie puede. Innumerables veces me mandaban de vuelta a casa con fiebre o gastritis y más tarde con feroces dolores de ovarios que me lanzaban a la cama. Mi mamá me atendía con esmero, siempre. Pero su tono cambiaba, como que se ofuscaba, no sé si se molestaba consigo misma por haberme enviado al colegio enferma o si se molestaba conmigo por enfermarme. Como fuera, lo de ella era la negación, "NO está enferma, no puede estar enferma".
Las madres podemos correr al pediatra, a la clínica, tener acciones en Help, en la farmacia de turno, peinarnos con los remedios y sus distintas aplicaciones, limpiar vómitos, cacas diarreicas y mocos verdes gelatinosos si asco, saludar al pediatra de beso en la mejilla y saber su celular de memoria. Pero nada nos prepara para ver sufrir a un hijo. NADA.
Podemos restarle importancia a una dolencia, bajarle el perfil, pero no conozco a una sola mamá (probablemente conozco puras buenas madres) que no confiese que preferiría enfermarse ella, sufrir ella, padecer ella, antes de contemplar el dolor de un retoño, ya sea físico o emocional.
Una licencia médica puede hacernos parecer menos competitivas en la pega, más achacosas, hipocondriacas, exageradas, whatever. Pero una enfermedad de un hijo, nos hace definitivamente, más mal para el corazón, para el alma, para el espiritu. Y eso, como pueden comprobar a través de esta humilde servidora, también afecta seriamente nuestra productividad, querámoslo o no.
No almorzé porque siempre trato de fijar la cita de las enanas a la hora de almuerzo. Podría ir más temprano o más tarde, mi jefa no me pondría ningún problema, pero me sentiría mal, como haciendo la cimarra, como escapando de la pega (lo que es curioso, porque en este momento, sentada en mi puesto de laburo y todo, estoy haciendo exactamente lo mismo, NO trabajar.
Las pekas están enfermas, "infección respiratoria alta", y el consiguiente festival de tos y mocos. De "regalo" la mayor, tiene además dolor de oído, y de pasadita, yo me siento un poco estafada, porque se supone que las otitis quedaban casi descartadas después del triple pack de enero, - adenoides, amígdalas y colleras timpánicas- y el precio no promocional que pague en la clínica.
Se vienen las indicaciones: Clarinase, sterimar, artren (San Artren), abrilar (hedera helix creo que se llama "oficialmente") y paracetamol en gotas (es cerdo, lo han probado???, yo cantidad de marcas y sabores; todos son derechamente malos). Mientras el doc me da la eterna lista, pienso que esta vez estoy de suerte, no hay antibióticos de por medio "el compromiso es viral, no bacterial", yo asiento no por cumplir, sino que porque después de tres años de estrename como mamá, ahora realmente entiendo lo que me dice. De hecho también me siento suertuda porque, salvo el clarinase -que está a punto de acabarse- tengo todos los remedios de la receta en mi hogar. TODOS. Cualquier madre de niños en edad pre escolar dirá casi lo mismo. Bueno, alguna quizás tenga Merpal o Lertus en vez de Arten, pero convengamos que es exactamente lo mismo. La que sabe, sabe.
Pregunto por las dosis, anoto todo en los cuadernos. Uno para cada una. Winnie de Poh para la menor y otro oso tierno no tan popular como el mamífero de voz mamona para la más grande, que a todo esto, ya va en su segundo block de apuntes (como paréntesis ¿sabían que el tipo que hace la voz en español de Homero Simpon, es el mismo que dobla a Winnie de Poh?, increible, pero cierto, googleen!). En las hojas que yo misma escribí, la historia médica de mis retoñas pormenorizada al detalle, desde la primera eco hasta hoy; y por supuesto, todos sus controles de peso y talla.
Tengo todo claro, me retiro, corro con ellas a la casa, las dejo con un beso a la carrera y un sermón del tipo "cuidado con los cambios de temperatura, no las obligue a comer si no quieren, que no se agiten mucho" y otras instrucciones más para la niñera. Corro de vuelta a la pega.
Y ahora escribo, escribo porque no tengo cabeza para trabajar, porque ir al doctor me estresa. A ver... No, no es ir al doctor lo que me estresa, lo que me ponme fatal es que las pollos se enfermen. Sí, eso. La sensación "aliviadora": no es nada grave (Gracias a Dios). Pero a la vez, la certeza nefasta de saber que les duele el oido, la garganta, la cabeza, las amígdalas (bueno, sólo a una, la que no tiene amígdalas supongo que sufrirá de dolor de laringe o algo ubicado por ese vecindario). En fin, que sufren. No me lo banco.
Recuerdo que cuando yo era chica, mi mamá, -que frente a la inutilidad de mi padre biológico y antes de que llegara a nuestra vida mi adorado padrastro me crió sola en medio de un matriarcado compuesto por mi abuela, su hermana y su tía- me enviaba al colegio todos los días. 100% de asistencia hasta 6to básico. Nadie puede. Innumerables veces me mandaban de vuelta a casa con fiebre o gastritis y más tarde con feroces dolores de ovarios que me lanzaban a la cama. Mi mamá me atendía con esmero, siempre. Pero su tono cambiaba, como que se ofuscaba, no sé si se molestaba consigo misma por haberme enviado al colegio enferma o si se molestaba conmigo por enfermarme. Como fuera, lo de ella era la negación, "NO está enferma, no puede estar enferma".
Las madres podemos correr al pediatra, a la clínica, tener acciones en Help, en la farmacia de turno, peinarnos con los remedios y sus distintas aplicaciones, limpiar vómitos, cacas diarreicas y mocos verdes gelatinosos si asco, saludar al pediatra de beso en la mejilla y saber su celular de memoria. Pero nada nos prepara para ver sufrir a un hijo. NADA.
Podemos restarle importancia a una dolencia, bajarle el perfil, pero no conozco a una sola mamá (probablemente conozco puras buenas madres) que no confiese que preferiría enfermarse ella, sufrir ella, padecer ella, antes de contemplar el dolor de un retoño, ya sea físico o emocional.
Una licencia médica puede hacernos parecer menos competitivas en la pega, más achacosas, hipocondriacas, exageradas, whatever. Pero una enfermedad de un hijo, nos hace definitivamente, más mal para el corazón, para el alma, para el espiritu. Y eso, como pueden comprobar a través de esta humilde servidora, también afecta seriamente nuestra productividad, querámoslo o no.
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miércoles, 5 de mayo de 2010
Madre, esposa y profesional. MUJER! (y un largo ETC.)
Suena de perogrullo, redundante si se quiere. Hasta mal redactado dirán los más puristas... pero es muy simple. Para ser MADRE, ESPOSA Y PROFESIONAL, hay que ser MUJER. Claro, un HOMBRE sería PADRE, ESPOSO Y PROFESIONAL, y convengamos, NO ES LO MISMO.
Probablemente, unos cuantos incluso alterarían hasta el orden, y con ello las jerarquías y prioridades: Profesional, padre y esposo, se clasificarán algunos, pero una???, NOOOO! una no puede, una siempre es primero madre, después esposa y después profesional, o al menos, así lo confesará públicamente, pues cualquier alteración en el orden, sí que altera el "producto". En este país, y en este punto, no sólo hay que ser, también -y como decía mi abuela- hay que parecer, y sí, la IMAGEN ES TODO!
A esto, en mi caso particular -que imagino será el de muchas- habría que agregar otros "itemes": (que acá paso a enumerar)
- Hija. Y para más remate única, lo que hace que superados de los mimos y regalías de la más temprana infancia, sea uno la que tiene que cargar con padres cariñosos, pero también mañosos y separados.
- Profesora. En mis "ratos libres" (si es un eufenismo, no tengo ratos libre, desvisto un santo para vestir a otro), por vocación, pero sobre todo por necesidad, hago clases en una Universidad, (o sea, también educo hijos ajenos, harto más creciditos que los propios).
- Alumna. Porque claro, ser mujer-profesional es difícil, y como el magíster ya estaba añejo, (lo terminé hace más de 4 años y no es del área en la que ahora me desempeño) "había" que hacer un cursito de especialización. Así que aquí estamos, tomando un diplomado virtual con lecturas y controles semanales, y por supuesto, tratando de llevarlo con dignidad (antes muerta que sencilla), porque como me lo paga la empresa, no pasa nada con andar a patadas con los 4.
- Tendríamos que agregar apoderada. Por Dios que le cambia la vida a una cuando la mayor empieza a ir al jardín. Sí JARDÍN!!, ni siquiera prekinder, apenas nivel medio menor, algo que con suerte existía en mis tiempos y que hoy me obliga a abrir la mochila de Uniqua con recelo, ad portas de encontrarme con la citación a la reunión de apoderados justo para el día que debo viajar a otra región por pega; la petición de la bola de plumavit que me lleva a meterme al Jumbo a las 18:30 de la tarde porque en la librería más cercana al trabajo tenía bolas de 10 cm y no de 8 como quería la tía; o la manualidad para la casa, yo la más diestra con las manos -como nota al margen, tengo que agregar que soy zurda y ñurda- y bueno, un largo y eterno etc. que ya varias habrán experimentado.
- Dueña de casa. Un momento, me detengo. Partamos confesando que no sé que sería de la casa sin la Carolita, mi niñera (sí, no sólo de las niñas, también propia). Probablemente no mucho, esta mujer es una santa, un ángel guardían y sufro más cuando se enferma ella que cuando se enferma mi marido. De hecho, cuando ella está de vacaciones es cuando yo puedo tomar las mías, ergo, en realidad no tengo vacaciones (una casa con dos guaguas es cualquier cosa, menos un Spa o unas termas). Pero si bien ella me facilita enormemente la vida (cuando falta, sencillamente me deprimo), yo tengo que organizar la de ella, decirle qué hay que cocinar, comprar las verduras para la comida de las niñas, los remedios, ver si hay o no leche, dejar pagadas las cuentas de la casa, comprar la comida de los perros, ir a dejar a la gorda al jardín, pedir las horas al médico, ir a la tintorería, comprar el pan para la once (si, yo tomo once, no "el té"), en fin, un cuanto hay que no recuerdo, y que probablemente en este momento, me niego a recordar. Y claro, los fines de semana soy dueña de casa a tiempo completo, con marido incluido (que por muy encanto que sea es un factor más a considerar) y debo encargarme además de las cosas que Carolita hace durante la semana: aseo, almuerzo, todas las mudas y papas, etc, etc.
- Amiga. Porque nunca (jamás) hay que dejarlas de lado. Sabio consejo de mi madre que intento aplicar en la medida de lo posible, aunque sea sólo a través del teléfono, el facebook y el mail.
Eso, creo, seguro que se me quedan afuera unas cuantas enumeraciones (Uds. podrán complementarlas). El punto es que la complejidad de nuestra existencia es cada día mayor. Las exigencias -profesionales, maternales, maritales, en fin, de la vida- van en alza (con cuática, exponencialmente, too much), con el consiguiente desgaste emocional que ello conlleva.
Por eso la invitación es a darse permiso. No se trata de dejar a los hijos, el marido y la pega botados, pero sí a reconocerse falible, imperfecta, frágil, HUMANA.
Darse permiso para pedir ayuda (sin tanta pareafernalia de por medio). Darse permiso para equivocarse, porque sólo así se crece (sin la autoflagelación correspondiente). Darse permiso para decir NO sin remordimientos y para decir SÍ sin tanta culpa (veamos: uno NO siempre quiere tener sexo durante la semana y una a veces SÍ quiere tomarse un souer con las amigas en día hábil). Darse permiso, eso. Mientras más felices, mejores. Mejores madres, esposas, profesionales hijas, amigas y un a ratos eterno e insufrible, pero enriquecedor ETC.
Probablemente, unos cuantos incluso alterarían hasta el orden, y con ello las jerarquías y prioridades: Profesional, padre y esposo, se clasificarán algunos, pero una???, NOOOO! una no puede, una siempre es primero madre, después esposa y después profesional, o al menos, así lo confesará públicamente, pues cualquier alteración en el orden, sí que altera el "producto". En este país, y en este punto, no sólo hay que ser, también -y como decía mi abuela- hay que parecer, y sí, la IMAGEN ES TODO!
A esto, en mi caso particular -que imagino será el de muchas- habría que agregar otros "itemes": (que acá paso a enumerar)
- Hija. Y para más remate única, lo que hace que superados de los mimos y regalías de la más temprana infancia, sea uno la que tiene que cargar con padres cariñosos, pero también mañosos y separados.
- Profesora. En mis "ratos libres" (si es un eufenismo, no tengo ratos libre, desvisto un santo para vestir a otro), por vocación, pero sobre todo por necesidad, hago clases en una Universidad, (o sea, también educo hijos ajenos, harto más creciditos que los propios).
- Alumna. Porque claro, ser mujer-profesional es difícil, y como el magíster ya estaba añejo, (lo terminé hace más de 4 años y no es del área en la que ahora me desempeño) "había" que hacer un cursito de especialización. Así que aquí estamos, tomando un diplomado virtual con lecturas y controles semanales, y por supuesto, tratando de llevarlo con dignidad (antes muerta que sencilla), porque como me lo paga la empresa, no pasa nada con andar a patadas con los 4.
- Tendríamos que agregar apoderada. Por Dios que le cambia la vida a una cuando la mayor empieza a ir al jardín. Sí JARDÍN!!, ni siquiera prekinder, apenas nivel medio menor, algo que con suerte existía en mis tiempos y que hoy me obliga a abrir la mochila de Uniqua con recelo, ad portas de encontrarme con la citación a la reunión de apoderados justo para el día que debo viajar a otra región por pega; la petición de la bola de plumavit que me lleva a meterme al Jumbo a las 18:30 de la tarde porque en la librería más cercana al trabajo tenía bolas de 10 cm y no de 8 como quería la tía; o la manualidad para la casa, yo la más diestra con las manos -como nota al margen, tengo que agregar que soy zurda y ñurda- y bueno, un largo y eterno etc. que ya varias habrán experimentado.
- Dueña de casa. Un momento, me detengo. Partamos confesando que no sé que sería de la casa sin la Carolita, mi niñera (sí, no sólo de las niñas, también propia). Probablemente no mucho, esta mujer es una santa, un ángel guardían y sufro más cuando se enferma ella que cuando se enferma mi marido. De hecho, cuando ella está de vacaciones es cuando yo puedo tomar las mías, ergo, en realidad no tengo vacaciones (una casa con dos guaguas es cualquier cosa, menos un Spa o unas termas). Pero si bien ella me facilita enormemente la vida (cuando falta, sencillamente me deprimo), yo tengo que organizar la de ella, decirle qué hay que cocinar, comprar las verduras para la comida de las niñas, los remedios, ver si hay o no leche, dejar pagadas las cuentas de la casa, comprar la comida de los perros, ir a dejar a la gorda al jardín, pedir las horas al médico, ir a la tintorería, comprar el pan para la once (si, yo tomo once, no "el té"), en fin, un cuanto hay que no recuerdo, y que probablemente en este momento, me niego a recordar. Y claro, los fines de semana soy dueña de casa a tiempo completo, con marido incluido (que por muy encanto que sea es un factor más a considerar) y debo encargarme además de las cosas que Carolita hace durante la semana: aseo, almuerzo, todas las mudas y papas, etc, etc.
- Amiga. Porque nunca (jamás) hay que dejarlas de lado. Sabio consejo de mi madre que intento aplicar en la medida de lo posible, aunque sea sólo a través del teléfono, el facebook y el mail.
Eso, creo, seguro que se me quedan afuera unas cuantas enumeraciones (Uds. podrán complementarlas). El punto es que la complejidad de nuestra existencia es cada día mayor. Las exigencias -profesionales, maternales, maritales, en fin, de la vida- van en alza (con cuática, exponencialmente, too much), con el consiguiente desgaste emocional que ello conlleva.
Por eso la invitación es a darse permiso. No se trata de dejar a los hijos, el marido y la pega botados, pero sí a reconocerse falible, imperfecta, frágil, HUMANA.
Darse permiso para pedir ayuda (sin tanta pareafernalia de por medio). Darse permiso para equivocarse, porque sólo así se crece (sin la autoflagelación correspondiente). Darse permiso para decir NO sin remordimientos y para decir SÍ sin tanta culpa (veamos: uno NO siempre quiere tener sexo durante la semana y una a veces SÍ quiere tomarse un souer con las amigas en día hábil). Darse permiso, eso. Mientras más felices, mejores. Mejores madres, esposas, profesionales hijas, amigas y un a ratos eterno e insufrible, pero enriquecedor ETC.
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