Ya... vengo llegando del doc. Del pediatra de mis hijas, para ser más exacta. Estoy instalada en la oficina y como ven, no, no estoy trabajando. De hecho, acabo de almorzar -son un cuarto para las 5 de la tarde- y mi almuerzo fue un pan con palta y una kem piña light (amo la palta, en efecto, crearé un grupo en facebook que se llame viva la palta con pan y que postule que aquellas personas no gustan de la palta son derechamente freakis) .
No almorzé porque siempre trato de fijar la cita de las enanas a la hora de almuerzo. Podría ir más temprano o más tarde, mi jefa no me pondría ningún problema, pero me sentiría mal, como haciendo la cimarra, como escapando de la pega (lo que es curioso, porque en este momento, sentada en mi puesto de laburo y todo, estoy haciendo exactamente lo mismo, NO trabajar.
Las pekas están enfermas, "infección respiratoria alta", y el consiguiente festival de tos y mocos. De "regalo" la mayor, tiene además dolor de oído, y de pasadita, yo me siento un poco estafada, porque se supone que las otitis quedaban casi descartadas después del triple pack de enero, - adenoides, amígdalas y colleras timpánicas- y el precio no promocional que pague en la clínica.
Se vienen las indicaciones: Clarinase, sterimar, artren (San Artren), abrilar (hedera helix creo que se llama "oficialmente") y paracetamol en gotas (es cerdo, lo han probado???, yo cantidad de marcas y sabores; todos son derechamente malos). Mientras el doc me da la eterna lista, pienso que esta vez estoy de suerte, no hay antibióticos de por medio "el compromiso es viral, no bacterial", yo asiento no por cumplir, sino que porque después de tres años de estrename como mamá, ahora realmente entiendo lo que me dice. De hecho también me siento suertuda porque, salvo el clarinase -que está a punto de acabarse- tengo todos los remedios de la receta en mi hogar. TODOS. Cualquier madre de niños en edad pre escolar dirá casi lo mismo. Bueno, alguna quizás tenga Merpal o Lertus en vez de Arten, pero convengamos que es exactamente lo mismo. La que sabe, sabe.
Pregunto por las dosis, anoto todo en los cuadernos. Uno para cada una. Winnie de Poh para la menor y otro oso tierno no tan popular como el mamífero de voz mamona para la más grande, que a todo esto, ya va en su segundo block de apuntes (como paréntesis ¿sabían que el tipo que hace la voz en español de Homero Simpon, es el mismo que dobla a Winnie de Poh?, increible, pero cierto, googleen!). En las hojas que yo misma escribí, la historia médica de mis retoñas pormenorizada al detalle, desde la primera eco hasta hoy; y por supuesto, todos sus controles de peso y talla.
Tengo todo claro, me retiro, corro con ellas a la casa, las dejo con un beso a la carrera y un sermón del tipo "cuidado con los cambios de temperatura, no las obligue a comer si no quieren, que no se agiten mucho" y otras instrucciones más para la niñera. Corro de vuelta a la pega.
Y ahora escribo, escribo porque no tengo cabeza para trabajar, porque ir al doctor me estresa. A ver... No, no es ir al doctor lo que me estresa, lo que me ponme fatal es que las pollos se enfermen. Sí, eso. La sensación "aliviadora": no es nada grave (Gracias a Dios). Pero a la vez, la certeza nefasta de saber que les duele el oido, la garganta, la cabeza, las amígdalas (bueno, sólo a una, la que no tiene amígdalas supongo que sufrirá de dolor de laringe o algo ubicado por ese vecindario). En fin, que sufren. No me lo banco.
Recuerdo que cuando yo era chica, mi mamá, -que frente a la inutilidad de mi padre biológico y antes de que llegara a nuestra vida mi adorado padrastro me crió sola en medio de un matriarcado compuesto por mi abuela, su hermana y su tía- me enviaba al colegio todos los días. 100% de asistencia hasta 6to básico. Nadie puede. Innumerables veces me mandaban de vuelta a casa con fiebre o gastritis y más tarde con feroces dolores de ovarios que me lanzaban a la cama. Mi mamá me atendía con esmero, siempre. Pero su tono cambiaba, como que se ofuscaba, no sé si se molestaba consigo misma por haberme enviado al colegio enferma o si se molestaba conmigo por enfermarme. Como fuera, lo de ella era la negación, "NO está enferma, no puede estar enferma".
Las madres podemos correr al pediatra, a la clínica, tener acciones en Help, en la farmacia de turno, peinarnos con los remedios y sus distintas aplicaciones, limpiar vómitos, cacas diarreicas y mocos verdes gelatinosos si asco, saludar al pediatra de beso en la mejilla y saber su celular de memoria. Pero nada nos prepara para ver sufrir a un hijo. NADA.
Podemos restarle importancia a una dolencia, bajarle el perfil, pero no conozco a una sola mamá (probablemente conozco puras buenas madres) que no confiese que preferiría enfermarse ella, sufrir ella, padecer ella, antes de contemplar el dolor de un retoño, ya sea físico o emocional.
Una licencia médica puede hacernos parecer menos competitivas en la pega, más achacosas, hipocondriacas, exageradas, whatever. Pero una enfermedad de un hijo, nos hace definitivamente, más mal para el corazón, para el alma, para el espiritu. Y eso, como pueden comprobar a través de esta humilde servidora, también afecta seriamente nuestra productividad, querámoslo o no.
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martes, 18 de mayo de 2010
Preferiría ser yo, mil veces yo
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