Suena de perogrullo, redundante si se quiere. Hasta mal redactado dirán los más puristas... pero es muy simple. Para ser MADRE, ESPOSA Y PROFESIONAL, hay que ser MUJER. Claro, un HOMBRE sería PADRE, ESPOSO Y PROFESIONAL, y convengamos, NO ES LO MISMO.
Probablemente, unos cuantos incluso alterarían hasta el orden, y con ello las jerarquías y prioridades: Profesional, padre y esposo, se clasificarán algunos, pero una???, NOOOO! una no puede, una siempre es primero madre, después esposa y después profesional, o al menos, así lo confesará públicamente, pues cualquier alteración en el orden, sí que altera el "producto". En este país, y en este punto, no sólo hay que ser, también -y como decía mi abuela- hay que parecer, y sí, la IMAGEN ES TODO!
A esto, en mi caso particular -que imagino será el de muchas- habría que agregar otros "itemes": (que acá paso a enumerar)
- Hija. Y para más remate única, lo que hace que superados de los mimos y regalías de la más temprana infancia, sea uno la que tiene que cargar con padres cariñosos, pero también mañosos y separados.
- Profesora. En mis "ratos libres" (si es un eufenismo, no tengo ratos libre, desvisto un santo para vestir a otro), por vocación, pero sobre todo por necesidad, hago clases en una Universidad, (o sea, también educo hijos ajenos, harto más creciditos que los propios).
- Alumna. Porque claro, ser mujer-profesional es difícil, y como el magíster ya estaba añejo, (lo terminé hace más de 4 años y no es del área en la que ahora me desempeño) "había" que hacer un cursito de especialización. Así que aquí estamos, tomando un diplomado virtual con lecturas y controles semanales, y por supuesto, tratando de llevarlo con dignidad (antes muerta que sencilla), porque como me lo paga la empresa, no pasa nada con andar a patadas con los 4.
- Tendríamos que agregar apoderada. Por Dios que le cambia la vida a una cuando la mayor empieza a ir al jardín. Sí JARDÍN!!, ni siquiera prekinder, apenas nivel medio menor, algo que con suerte existía en mis tiempos y que hoy me obliga a abrir la mochila de Uniqua con recelo, ad portas de encontrarme con la citación a la reunión de apoderados justo para el día que debo viajar a otra región por pega; la petición de la bola de plumavit que me lleva a meterme al Jumbo a las 18:30 de la tarde porque en la librería más cercana al trabajo tenía bolas de 10 cm y no de 8 como quería la tía; o la manualidad para la casa, yo la más diestra con las manos -como nota al margen, tengo que agregar que soy zurda y ñurda- y bueno, un largo y eterno etc. que ya varias habrán experimentado.
- Dueña de casa. Un momento, me detengo. Partamos confesando que no sé que sería de la casa sin la Carolita, mi niñera (sí, no sólo de las niñas, también propia). Probablemente no mucho, esta mujer es una santa, un ángel guardían y sufro más cuando se enferma ella que cuando se enferma mi marido. De hecho, cuando ella está de vacaciones es cuando yo puedo tomar las mías, ergo, en realidad no tengo vacaciones (una casa con dos guaguas es cualquier cosa, menos un Spa o unas termas). Pero si bien ella me facilita enormemente la vida (cuando falta, sencillamente me deprimo), yo tengo que organizar la de ella, decirle qué hay que cocinar, comprar las verduras para la comida de las niñas, los remedios, ver si hay o no leche, dejar pagadas las cuentas de la casa, comprar la comida de los perros, ir a dejar a la gorda al jardín, pedir las horas al médico, ir a la tintorería, comprar el pan para la once (si, yo tomo once, no "el té"), en fin, un cuanto hay que no recuerdo, y que probablemente en este momento, me niego a recordar. Y claro, los fines de semana soy dueña de casa a tiempo completo, con marido incluido (que por muy encanto que sea es un factor más a considerar) y debo encargarme además de las cosas que Carolita hace durante la semana: aseo, almuerzo, todas las mudas y papas, etc, etc.
- Amiga. Porque nunca (jamás) hay que dejarlas de lado. Sabio consejo de mi madre que intento aplicar en la medida de lo posible, aunque sea sólo a través del teléfono, el facebook y el mail.
Eso, creo, seguro que se me quedan afuera unas cuantas enumeraciones (Uds. podrán complementarlas). El punto es que la complejidad de nuestra existencia es cada día mayor. Las exigencias -profesionales, maternales, maritales, en fin, de la vida- van en alza (con cuática, exponencialmente, too much), con el consiguiente desgaste emocional que ello conlleva.
Por eso la invitación es a darse permiso. No se trata de dejar a los hijos, el marido y la pega botados, pero sí a reconocerse falible, imperfecta, frágil, HUMANA.
Darse permiso para pedir ayuda (sin tanta pareafernalia de por medio). Darse permiso para equivocarse, porque sólo así se crece (sin la autoflagelación correspondiente). Darse permiso para decir NO sin remordimientos y para decir SÍ sin tanta culpa (veamos: uno NO siempre quiere tener sexo durante la semana y una a veces SÍ quiere tomarse un souer con las amigas en día hábil). Darse permiso, eso. Mientras más felices, mejores. Mejores madres, esposas, profesionales hijas, amigas y un a ratos eterno e insufrible, pero enriquecedor ETC.
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