lunes, 10 de mayo de 2010

Entonces el doctor me dijo: "Piensa como madre", y entendí TODO!

El viernes de la semana pasada llevé a mi santa abuela, más conocida como OMA, al doctor. Mi mamá estudió en el colegio alemán y supongo que en mi más temprana infancia me "sugirió" llamarla así, y así no más quedó por los siglos de los siglos para todo el mundo, amén.
Mi madre, recién separada y totalmente sola a cargo del minimarket con el que pagó toda mi educación escolar y universitaria, no podía llevarla. Yo obvio, acepté gustosa. La consulta queda cerca de mi pega, puedo huir, pensé, sin que lo noten; pero reflexioné un poco más y como en este país las esperas en cualquier doc son, promedio, de 45 minutos, opté por pedir permiso "más mejor".
Es, pensé, lo mínimo que puedo hacer por esta super mujer que a sus 79 años sigue haciendo los dulces árabes como nadie, canta canciones de cuna como diosa del olimpo, juega con mis hijas de 1 y 3 años como si ella tuviera 15, sabe exactamente y de memoria más de mil recetas (y es capaz de dejar las propias de lado cuando a la 1:45 de cualquier sábado le pregunto por el tiempo de cocción de algún corte de carne o por cuánto cardamomo es conveniente agregar a determinada preparación).
Como sea, antes de llevarla mi mamá me adoctrinó: "Dile al doctor que despierta con la presión alta, pero que antes de dormir, por la noche, la tiene muy baja; que le duele la cabeza y le cuesta conciliar el sueño; que tuvo dos mareos fuertes esta semana y veía borroso; y que no siempre se toma los remedios que le dejó en la consulta anterior; ah, y que tiene mucha alergia, o que pasa resfriada, en realidad no sé que es, pero la nariz le corre como cabra chica todo el día". OK, tomé nota.
A eso -me dije- habría que agregar que desde que mis papás se separaron hace eternos 4 meses(eternos al menos para mí) , mi Oma ayuda a mi mamá en el negocio, tarea que antes hacía mi papá... que sube todos los días cerca de las 12 del día, porque es cuando hay más gente en el minimarket y luego baja a preparar el almuerzo para ella y mi mamá. Que en la tarde, cerca de las 18:00 cuando llega el último pan del día, repite la rutina, pues el boliche se vuelve a llenar. Que pese a que mi mamá le dice que no lo haga, ella sube cada día, atiende, saca cuentas sin calculadora (y nunca se equivoca), pesa pan, pero a veces también papas, zapallo y zanahorias, escucha los problemas de todo el mundo (porque un negocio de cerro es como la consulta psicológica del barrio) y que se las arregla -ve tú a saber como- para hacerlo todo con una sonrisa.
Pues fue precisamente eso lo que le dije al doctor cuando por fin nos atendió el pasado viernes. Tras la descripción acabada de síntomas y achaques, partí con mi explicación detallada de lo que, según yo, era la rutina de mi abuela, las cosas que hacía, lo que le preocupaba, y la hiperactividad que tenía para sus casi 80 años. Agregué que yo pensaba que era demasiado para su edad. Mientras, el doctor tomaba nota y asentía... dije que era porfiada y no se tomaba los remedios porque según ella "era mucha cosa" o "eran muy caros", que no hacía caso cuando mi mamá le decía que bajara a la casa a descansar (el negocio queda a una inmensa escala de distancia del hogar de mi progenitora), que se preocupaba por cosas que no podía solucionar, que echaba de menos a mi papá, que cuando yo iba con las niñas a verla, las tomaba en brazos sabiendo que eso le hacía pésimo para su avanzada osteoporosis y su hombro casi sin cartílagos, etc, etc, etc.
El doctor seguía asintiendo y mi abuela me miraba con cara de desdén, mientras me repetía que yo no era quien para decirle a ella -una señora viuda, de casi 80, hecha y derecha que había vivido muchísimo más que yo- lo que podía o no hacer.´
Terminé con el argumento con el que siempre termino cuando hablo de mi abuela "es que parece que tuviera un ají en el poto, no para nunca, y para colmo, es demasiado porfiada".
El doctor - que además atiende a mi papá, a mi mamá y a mí- sonrió y dijo "Tú eres igual". Yo, ad portas de sentirme ofendida, porque mal que mal, no estábamos ahí para hablar de mí, contraataqué. "Sí, pero yo apenas 31 años y me debo a mis hijas".
Y el doctor agregó: "Y ella se debe a la suya, piensa como madre, no como nieta, ¿qué harías tú en su lugar?".
¿Qué diantres se puede contestar a eso?, literalmente el doctor me calzó, en un campeonato de debate le había dado, de inmediato, 10 puntos. Siete tenedores, como dice una amiga. Su argumento era sencilamente, atómico, me quedé speakless. Nada que decir, NADA.
No sé cuanto tiempo seré esposa, periodista, profesora, instructora de pilates, amiga de mis amigas, hija (porque la naturaleza dice que son los padres los que nos dejan primero, o al menos, lo contrario es tan antinatural como doloroso). Pero hay algo que si sé, me moriré siendo madre de mis pequeñas.
Que sí, serán mis pequeñas incluso después de los 10, cuando me pidan que las deje a una cuadra del colegio porque les da vergüenza que los conpañeritos las vean con la mamá; después de los 15 (o quizás antes) cuando me presenten al primer pololo y tengamos que hablar de anticoncepción, pero espero, que sobre todo, de amor y cuidado; después de los 20, cuando vayan a la Universidad y ya no tenga que ir a las eternas reuniones de apoderados ni las pueda retar por las notas; o de los 25, cuando decidan irse de casa para independizarse; o de los 30, cuando opten por formar su propia familia. Serán mis pequeñas incluso en el momento en que den a luz a sus propios hijos, porque mientras todo el resto esté pendiente de mi primer nieto o nieta, yo pensaré en lo grande que está esa mujer a quien yo misma parí, y me preocuparé por su bienestar, por sus dolores de parto, por sus temores y desafíos. Y serán también mis pequeñas incluso si a los 52 sus proyectos de vida cambian, obligándolas a hacerse cargo de un minimarket solas. Sí, allí también estaría yo, casi saludando mis 80 años, atendiendo clientes y sacando cuentas mentales, aunque claro, con un margen de error mucho mayor al de mi inigualable Oma.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Madre, esposa y profesional. MUJER! (y un largo ETC.)

Suena de perogrullo, redundante si se quiere. Hasta mal redactado dirán los más puristas... pero es muy simple. Para ser MADRE, ESPOSA Y PROFESIONAL, hay que ser MUJER. Claro, un HOMBRE sería PADRE, ESPOSO Y PROFESIONAL, y convengamos, NO ES LO MISMO.
Probablemente, unos cuantos incluso alterarían hasta el orden, y con ello las jerarquías y prioridades: Profesional, padre y esposo, se clasificarán algunos, pero una???, NOOOO! una no puede, una siempre es primero madre, después esposa y después profesional, o al menos, así lo confesará públicamente, pues cualquier alteración en el orden, sí que altera el "producto". En este país, y en este punto, no sólo hay que ser, también -y como decía mi abuela- hay que parecer, y sí, la IMAGEN ES TODO!
A esto, en mi caso particular -que imagino será el de muchas- habría que agregar otros "itemes": (que acá paso a enumerar)
- Hija. Y para más remate única, lo que hace que superados de los mimos y regalías de la más temprana infancia, sea uno la que tiene que cargar con padres cariñosos, pero también mañosos y separados.
- Profesora. En mis "ratos libres" (si es un eufenismo, no tengo ratos libre, desvisto un santo para vestir a otro), por vocación, pero sobre todo por necesidad, hago clases en una Universidad, (o sea, también educo hijos ajenos, harto más creciditos que los propios).
- Alumna. Porque claro, ser mujer-profesional es difícil, y como el magíster ya estaba añejo, (lo terminé hace más de 4 años y no es del área en la que ahora me desempeño) "había" que hacer un cursito de especialización. Así que aquí estamos, tomando un diplomado virtual con lecturas y controles semanales, y por supuesto, tratando de llevarlo con dignidad (antes muerta que sencilla), porque como me lo paga la empresa, no pasa nada con andar a patadas con los 4.
- Tendríamos que agregar apoderada. Por Dios que le cambia la vida a una cuando la mayor empieza a ir al jardín. Sí JARDÍN!!, ni siquiera prekinder, apenas nivel medio menor, algo que con suerte existía en mis tiempos y que hoy me obliga a abrir la mochila de Uniqua con recelo, ad portas de encontrarme con la citación a la reunión de apoderados justo para el día que debo viajar a otra región por pega; la petición de la bola de plumavit que me lleva a meterme al Jumbo a las 18:30 de la tarde porque en la librería más cercana al trabajo tenía bolas de 10 cm y no de 8 como quería la tía; o la manualidad para la casa, yo la más diestra con las manos -como nota al margen, tengo que agregar que soy zurda y ñurda- y bueno, un largo y eterno etc. que ya varias habrán experimentado.
- Dueña de casa. Un momento, me detengo. Partamos confesando que no sé que sería de la casa sin la Carolita, mi niñera (sí, no sólo de las niñas, también propia). Probablemente no mucho, esta mujer es una santa, un ángel guardían y sufro más cuando se enferma ella que cuando se enferma mi marido. De hecho, cuando ella está de vacaciones es cuando yo puedo tomar las mías, ergo, en realidad no tengo vacaciones (una casa con dos guaguas es cualquier cosa, menos un Spa o unas termas). Pero si bien ella me facilita enormemente la vida (cuando falta, sencillamente me deprimo), yo tengo que organizar la de ella, decirle qué hay que cocinar, comprar las verduras para la comida de las niñas, los remedios, ver si hay o no leche, dejar pagadas las cuentas de la casa, comprar la comida de los perros, ir a dejar a la gorda al jardín, pedir las horas al médico, ir a la tintorería, comprar el pan para la once (si, yo tomo once, no "el té"), en fin, un cuanto hay que no recuerdo, y que probablemente en este momento, me niego a recordar. Y claro, los fines de semana soy dueña de casa a tiempo completo, con marido incluido (que por muy encanto que sea es un factor más a considerar) y debo encargarme además de las cosas que Carolita hace durante la semana: aseo, almuerzo, todas las mudas y papas, etc, etc.
- Amiga. Porque nunca (jamás) hay que dejarlas de lado. Sabio consejo de mi madre que intento aplicar en la medida de lo posible, aunque sea sólo a través del teléfono, el facebook y el mail.

Eso, creo, seguro que se me quedan afuera unas cuantas enumeraciones (Uds. podrán complementarlas). El punto es que la complejidad de nuestra existencia es cada día mayor. Las exigencias -profesionales, maternales, maritales, en fin, de la vida- van en alza (con cuática, exponencialmente, too much), con el consiguiente desgaste emocional que ello conlleva.
Por eso la invitación es a darse permiso. No se trata de dejar a los hijos, el marido y la pega botados, pero sí a reconocerse falible, imperfecta, frágil, HUMANA.
Darse permiso para pedir ayuda (sin tanta pareafernalia de por medio). Darse permiso para equivocarse, porque sólo así se crece (sin la autoflagelación correspondiente). Darse permiso para decir NO sin remordimientos y para decir SÍ sin tanta culpa (veamos: uno NO siempre quiere tener sexo durante la semana y una a veces SÍ quiere tomarse un souer con las amigas en día hábil). Darse permiso, eso. Mientras más felices, mejores. Mejores madres, esposas, profesionales hijas, amigas y un a ratos eterno e insufrible, pero enriquecedor ETC.