Renuncié a la pega. Mañana me dicen si recibo o no algo de dinero por el finiquito y pronto me avisan si gané o no un concurso público para ser docente de planta media jornada en otra Universidad. Ambas cosas que de darse, además de hacerme inmensamente feliz -ya que me encanta la docencia y las lukas no me sobran- me darían en este momento algo que necesito: seguridad, tranquilidad y un empujoncito a la autoestima.
Pero quiero escribir hoy, quiero escribir desde el vértigo, desde el no saber. Porque eso es lo que cuesta (al menos, lo que a mí más me costó), dejar, voluntariamente, el calorcito de la comodidad, de las certidumbres, de las rutinas, del lugar en una institución, en un grupo, el celular, el fax, la impresora, la secretaria, la oficina, la tarjeta de presentación, el rol definido y claro donde una se dice y se presenta desde la profesión y el cargo, antes de lo demás (que suele ser generalmente, harto más importante que la profesión y el cargo).
No estaba feliz, los domingos me empezaba a doler el estómago y me daba angustia, desde el viaje a España las cosas ya no eran lo mismo en la oficina, al menos no para mí, o mejor dicho, no en mí. Comencé a preguntarme cosas como porqué y para qué, a qué costo; y si efectivamente -más allá del cariño a la gente y el "calorcito" antes descrito- estaba donde yo quería (y podía) estar.
Comencé a darle vueltas a la idea hace un tiempo, pero, en honor a la verdad, me la boicoteaba sola. Estaba tan acostumbrada a ser profesional, madre y esposa (en ese orden, al menos a la hora de distribuir y priorizar los tiempos) que me daba miedo dar vuelta los roles. Me sentía importante, y mi ego se sentía robusto y fuerte. Temía sentirme inútil, temía que no me resultara, temía que me juzgaran, temía que "no nos alcanzara", y porque no decirlo, temía que no me gustara...
En diciembre postulé a un trabajo que, desde mi querer y sentir, era de ensueño: media jornada dedicada a la docencia. Lo tenía todo planeado: Cuando estuvieran los resultados, si es que me iba bien, renunciaría a la pega. Si no, no. Es decir, no soltaría mi pájaro hasta tener otro bien firme en la mano. Pero, misteriosos los caminos del Señor, me empujó a tomar la decisión antes, a dejar volar mi pájaro sin saber siquiera si estaba entre los tres elegidos que competirían con uñas y dientes por "cazar" al cisne de mis sueños.
Los motivos que me empujaron a hacerlo ahora dan casi lo mismo y no tiene sentido referirme a ellos. En el momento claro que me dolieron, me sentí ninguneada, pasada a llevar, me habían pegado en el corazón y en el ego, pero claro, así es como se crece y se aprende. Opté: Ya no más, no me iba a desangrar por una pega.
De mi ex trabajo guardo los mejores recuerdos y cual Bolocco en el comercial de Next Tránsito me dije, misma "deja lo malo y quédate con lo bueno". Lloré, grité, hablé con mi marido, con mi mejor amiga, con mis papás y hasta con mi psiquiatra. Saqué cuentas con calculadora en mano, acepté hacer clases como profe hora en Santiago. Empecé a verbalizar la decisión entre mis cercanos. Las reacciones fueron desde el "Estás loca", "¿les va a alcanzar?" pasando por el equilibrado "piénsalo bien" hasta el reconfortante "Te felicito, es lo mejor que podías hacer".
Yo habría necesitado escuchar sólo las del último tipo, porque cuando uno tiene miedo necesita y busca casi con desesperación el refuerzo positivo. Qué fácil sería actuar desde las certezas, con la bolita de cristal asegurándome que todo todo había sido para mejor, que la decisión era la correcta y que me iría el descueve en lo que emprendiera.
La primera semana fue fatal, con las niñas en casa todo era más fácil, pero mientras estaban en el jardín me sentía totalmente useless. Las clases freelance aún no comenzaban y estaba tan deprimida que no tenía ánimo ni para prepararlas. Todas mis amigas estaban ocupadas con su pega o con sus hijos, me angustié, me sentía torpe, floja, y me daba susto pedir ayuda porque me daba terror escuchar el reproche, el "pero si tu renunciaste" o "y no era eso lo que querías", o "tú te quejabas que tenía poco tiempo"; y claro, tendrían toda la razón.
Pero era (y es) mucho más complejo que eso, porque los cambios siempre son difíciles, mejores, pero difíciles. Yo siempre he admirado a los aventureros, a los que se lanzan a la piscina sin mirar atrás, que envidia!, pero yo no soy (o acaso no era?) así. Fue paulatino, comencé a gozar los regaloneos en la mañana con las gordas y en la noche con el marido, el preparar las clases con cariño y tiempo, el estar disponible 100% para el Jardín de las niñas, las compras del súper, el ballet, la fonoaudióloga, el pediatra, las vacunas, la amiga hospitalizada, la que busca casa por el sector, la que peleó con el pololo, la que necesita asesoría profesional. Dejé de cuestionarme y comencé a disfrutar. Y aunque suene raro y no falten las que me tilden de malagradecida, me costó.
Me costó porque hoy es más dificil decir en voz alta que uno es "dueña de casa" que "ejecutiva", porque nos fijamos mucho en la tarjeta de presentación y no en la sonrisa o la sinceridad de la mirada, porque pese a que según yo, lo hacía regio de madre, esposa y profesional, estaba absolutamente sobrevendida y confundida. Amaba -y amo-, profundamente a mi familia y me quejaba constantemente por tener que cumplir en la casa y en el trabajo, y me deje de cumplir a mí, de seguir mis sueños. Dejé cosas como inamovibles, las di por hechas, por obvias, me estanqué. Hoy, pese a que sigo muerta de susto por saber qué pasará conmigo (los ramos se me acaban en Julio y con ellos, al menos de momento, mis certezas económicas y profesionales), entendí que mis sueños son también los de mi familia y amigos, que mis hijas necesitan una mamá plena porque sólo así seré la mejor mamá que puedo ser, imperfectísima, claro está, pero feliz y más dueña de mis actos y opciones.
No estoy culpando a nadie, fui yo misma la que eligió vivir lo que vivió, estresarse como se estresó, correr como corrió. Sólo quiero compartir esta experiencia "vertiginosa" con Uds. Hace un par de meses, jamás habría pensado en renunciar a una pega que a estas alturas hacía de memoria, con contrato, grandes amigos, subordinados y sueldo seguro a final de mes. No sé si gane el concurso al que estoy postulando ahora. No sé si deba hacer mi propia empresa. No sé si me dedique a otra cosa. No sé si tenga que volver a lo mismo por necesidad. Sólo sé que estoy enormemente agradecida de mi marido, mis amigos, mi ahora ex jefa y mis papás por apoyarme. Sólo sé que estoy un poco más cerca que antes a encontrar la pega de mis sueños, la que me permita ir feliz a trabajar y volver con una sonrisa a casa para ver crecer a mis hijas.
Al menos, lo estoy intentando, y ese, puede ser un pequeño paso para la humanidad, pero es uno gigante para mí.
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jueves, 17 de marzo de 2011
Desde el vértigo
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