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jueves, 17 de marzo de 2011

Desde el vértigo

 Renuncié a la pega. Mañana me dicen si recibo o no algo de dinero por el finiquito y pronto me avisan si gané o no un concurso público para ser docente de planta media jornada en otra Universidad. Ambas cosas que de darse, además de hacerme inmensamente feliz -ya que me encanta la docencia y las lukas no me sobran- me darían en este momento algo que necesito: seguridad, tranquilidad y un empujoncito a la autoestima.
 Pero quiero escribir hoy, quiero escribir desde el vértigo, desde el no saber. Porque eso es lo que cuesta (al menos, lo que a mí más me costó), dejar, voluntariamente, el calorcito de la comodidad, de las certidumbres, de las rutinas, del lugar en una institución, en un grupo, el celular, el fax, la impresora, la secretaria, la oficina, la tarjeta de presentación, el rol definido y claro donde una se dice y se presenta desde la profesión y el cargo, antes de lo demás (que suele ser generalmente, harto más importante que la profesión y el cargo).
No estaba feliz, los domingos me empezaba a doler el estómago y me daba angustia, desde el viaje a España las cosas ya no eran lo mismo en la oficina, al menos no para mí, o mejor dicho, no en mí. Comencé a preguntarme cosas como porqué y para qué, a qué costo; y si efectivamente -más allá del cariño a la gente y el "calorcito" antes descrito- estaba donde yo quería (y podía) estar.
Comencé a darle vueltas a la idea hace un tiempo, pero, en honor a la verdad, me la boicoteaba sola. Estaba tan acostumbrada a ser profesional, madre y esposa (en ese orden, al menos a la hora de distribuir y priorizar los tiempos) que me daba miedo dar vuelta los roles. Me sentía importante, y mi ego se sentía robusto y fuerte. Temía sentirme inútil, temía que no me resultara, temía que me juzgaran, temía que "no nos alcanzara", y porque no decirlo,  temía que no me gustara...
En diciembre postulé a un trabajo que, desde mi querer y sentir, era de ensueño: media jornada dedicada a la docencia. Lo tenía todo planeado: Cuando estuvieran los resultados, si es que me iba bien, renunciaría a la pega. Si no, no. Es decir, no soltaría mi pájaro hasta tener otro bien firme en la mano. Pero, misteriosos los caminos del Señor, me empujó a tomar la decisión antes, a dejar volar mi pájaro sin saber siquiera si estaba entre los tres elegidos que competirían con uñas y dientes por "cazar" al cisne de mis sueños.
Los motivos que me empujaron a hacerlo ahora dan casi lo mismo y no tiene sentido referirme a ellos. En el momento claro que me dolieron, me sentí ninguneada, pasada a llevar, me habían pegado en el corazón y en el ego, pero claro, así es como se crece y se aprende. Opté: Ya no más, no me iba a desangrar por una pega.
De mi ex trabajo guardo los mejores recuerdos y cual Bolocco en el comercial de Next Tránsito me dije, misma "deja lo malo y quédate con lo bueno". Lloré, grité, hablé con mi marido, con mi mejor amiga, con mis papás y hasta con mi psiquiatra. Saqué cuentas con calculadora en mano, acepté hacer clases como profe hora en Santiago. Empecé a verbalizar la decisión entre mis cercanos. Las reacciones fueron desde el "Estás loca", "¿les va a alcanzar?" pasando por el equilibrado "piénsalo bien" hasta el reconfortante "Te felicito, es lo mejor que podías hacer".
Yo habría necesitado escuchar sólo las del último tipo, porque cuando uno tiene miedo necesita y busca casi con desesperación el refuerzo positivo. Qué fácil sería actuar desde las certezas, con la bolita de cristal asegurándome que todo todo había sido para mejor, que la decisión era la correcta y que me iría el descueve en lo que emprendiera.
La primera semana fue fatal, con las niñas en casa todo era más fácil, pero mientras estaban en el jardín me sentía totalmente useless. Las clases freelance aún no comenzaban y estaba tan deprimida que no tenía ánimo ni para prepararlas. Todas mis amigas estaban ocupadas con su pega o con sus hijos, me angustié, me sentía torpe, floja, y me daba susto pedir ayuda porque me daba terror escuchar el reproche, el "pero si tu renunciaste" o "y no era eso lo que querías", o "tú te quejabas que tenía poco tiempo"; y claro, tendrían toda la razón.
Pero era (y es) mucho más complejo que eso, porque los cambios siempre son difíciles, mejores, pero difíciles. Yo siempre he admirado a los aventureros, a los que se lanzan a la piscina sin mirar atrás, que envidia!, pero yo no soy (o acaso no era?) así. Fue paulatino, comencé a gozar los regaloneos en la mañana con las gordas y en la noche con el marido, el preparar las clases con cariño y tiempo, el estar disponible 100% para el Jardín de las niñas, las compras del súper, el ballet, la fonoaudióloga, el pediatra, las vacunas, la amiga hospitalizada, la que busca casa por el sector, la que peleó con el pololo, la que necesita asesoría profesional. Dejé de cuestionarme y comencé a disfrutar. Y aunque suene raro y no falten las que me tilden de malagradecida, me costó.
Me costó porque hoy es más dificil decir en voz alta que uno es "dueña de casa" que "ejecutiva", porque nos fijamos mucho en la tarjeta de presentación  y no en la sonrisa o la sinceridad de la mirada, porque pese a que según yo, lo hacía regio de madre, esposa y profesional, estaba absolutamente sobrevendida y confundida. Amaba -y amo-, profundamente a mi familia y me quejaba constantemente por tener que cumplir en la casa y en el trabajo, y me deje de cumplir a mí, de seguir mis sueños. Dejé cosas como inamovibles, las di por hechas, por obvias, me estanqué. Hoy, pese a que sigo muerta de susto por saber qué pasará conmigo (los ramos se me acaban en Julio y con ellos, al menos de momento, mis certezas económicas y profesionales), entendí que mis sueños son también los de mi familia y amigos, que mis hijas necesitan una mamá plena porque sólo así seré la mejor mamá que puedo ser, imperfectísima, claro está, pero feliz y más dueña de mis actos y opciones.
No estoy culpando a nadie, fui yo misma la que eligió vivir lo que vivió, estresarse como se estresó, correr como corrió. Sólo quiero compartir esta experiencia "vertiginosa" con Uds. Hace un par de meses, jamás habría pensado en renunciar a una pega que a estas alturas hacía de memoria, con contrato, grandes amigos, subordinados y sueldo seguro a final de mes. No sé si gane el concurso al que estoy postulando ahora. No sé si deba hacer mi propia empresa. No sé si me dedique a otra cosa. No sé si tenga que volver a lo mismo por necesidad. Sólo sé que estoy enormemente agradecida de mi marido, mis amigos, mi ahora ex jefa y mis papás por apoyarme. Sólo  sé que estoy un poco más cerca que antes a encontrar la pega de mis sueños, la que me permita ir feliz a trabajar y volver con una sonrisa a casa para ver crecer a mis hijas.
Al menos, lo estoy intentando, y ese, puede ser un pequeño paso para la humanidad, pero es uno gigante para mí.

jueves, 27 de enero de 2011

Saldos de fin de año

No me pedí ningún día administrativo durante todo el 2010... miento, me tomé sólo uno, cuando operaron a mi hija mayor del cada vez más popularmente conocido "combo tres": amígdalas, adenoides y tapones timpánicos. Me pareció justificado, ya que por entonces no tenía ni los tres años cumplidos y que va!, soy la mamá. Desde allí, nada, y eso fue en enero, ergo hace un año atrás. Tras varios (VARIOS) intentos fallidos, me tomé medio día legal.
Quiero detenerme por un momento en "los intentos fallidos". Como mi hija menor no llega a los 2 años, llego en las mañanas 20 minutos más tarde que el resto, subo a almorzar todos los días a casa para recoger a la mayor del jardín y compartir con ambas un rato (san fuero maternal); RATO que se distribuye más o menos así: tomo el metro frente a la oficina, paso a buscar el auto, compro pan y verduras, voy al jardín, converso 5 minutos o más con la tía (eso depende de cómo se haya portado y de qué cosas deba llevar al día siguiente), la subo al auto (con mucha dificultad pues a esa hora juega con sus compañeritos en la casita de muñecas que esta en el patio, por lo que ir a comer lentejas a la casa no es un panorama muy atractivo que digamos), les doy almuerzo, la baño, como algo (generalmente un yogurt o un batido) cojo el auto, lo estaciono, me subo al metro y vuelta al laburo again.
Como eso toma tiempo y es a diario, mi conciencia culposa no me permite pedir más permisos o hacer uso de los días administrativos. Trato de llevarlas al médico después de las 6 o en la hora de almuerzo, idem con los trámites y con las compras en la farmacia. Del supermercado ni hablar, es un lujo reservado solo para el fin de semana.
Bueno, finalmente el 30 de diciembre, a un día del feriado bancario legal, a dos del cierre de toda tienda y supermercado y en fin, en el penúltimo día de un ajetreado año, solicité medio día para "mí".
Partí en el jardín como de costumbre, luego pase por el banco pues necesitaba hacer ejercicio bancario -a estas alturas el único tipo de ejercicio que tengo tiempo para practicar- isapre y luego al registro civil. Cuento corto, haciendo fila o esperando sentada con un numerito en la mano desde las 9:30 de la mañana hasta las 14:00 horas. Del terror. En pleno siglo XXI, con la internet 2.0 tirando para 3.0, realidad aumentada incluida, con los celulares inteligentes (a ratos mas que los propios dueños) masificadonse, etc, etc, etc, no había ningún prostituto tramite que pudiera realizarse por una vía no presencial.
Y ahí estaba yo, jugando con el celular, tratando infructuosamente que la pantalla touch obedeciera mis dedos gordos para conectarme a internet (extraño tanto mi nokia de palo!!!), leyendo el publimetro por quinta vez y mirando el reloj como si por el solo hecho de contemplarlo, la hora -y la fila-fueran a avanzar mas rápido.
Se me fue la mañana, y me quedaron cosas pendientes... no solo tramites por realizar, sino otras tantas encrucijadas, pequeñas, cotidianas, nimias para el resto pero trascendentales para el alma, que a toda madre, esposa y profesional se nos cruzan en la vida... Como lo voy a hacer con las horas del fonoaudiologo si atiende solo hasta las 18:00 hrs,? Mando a mi hija con la niñera, o mejor, que no vaya y que se banque la dislalia hasta que deba ingresar al colegio y la rechazen por transtornos en el lenguaje. Y con las clases de ballet?, puedo ir a dejarla, se volverá con los papas de alguna compañerita, le pasare la cámara de fotos a "alguien" para que retrate su primera clase. Y cuando en menos de 2 meses se me acabe el fuero maternal que tengo por la mas chica?, dejo de ir al jardín,  de almorzar con las dos, de cortar mi día de trabajo con sus sonrisas, que son la recarga perfecta y precisa para la otra mitad de la jornada.
En pleno siglo XXI, en la era de todas las vainas que ya describí, donde conceptos como el teletrabajo, el great place to work, la productividad por metas y no por el cumplimiento de normas, etc.; están tan manoseados; me enfrento, como muchas, a una pared. A un mundo sumamente masculino, mucho mas allá del genero (porque para muestra un botón: quien dijo que 5 días son suficientes para un papa, en 5 días se hacen tramites, pero no termina de conectarse plenamente con su hijo recién nacido y de apañar a su mujer!!!). A un mundo donde me cuesta cada vez mas estar, ser. Un mundo donde soy madre, esposa y profesional, pero no en plenitud, y cada vez con mas dificultad, pues corro a ratos entre tropiezos para desvestir un santo y rauda  vestir a otro. Einstein -que convengamos que leso no era- decía "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo"...

Fin de año -se que el año termino hace rato, pero mientras uno no salga de vacaciones, la cosa no vale- es siempre una oportunidad para replantearse y preguntarse, casi desde el cliche, "Que se espera de los próximos 365 días?". Hoy cambiare la pregunta. Me diré a mi misma, "Misma, que diantres harás con los próximos 365 días?". Al menos Einstein ya me dio una pista.