Hay ciertos indicadores en la vida de todas las mujeres que nos ponen en alerta. Cada una tiene los propios: cuántos días sin depilarnos, sin teñirnos, sin ir al ginmasio, sin hablar con la mejor amiga, sin tener buen sexo, sin dormir bien, sin comprarnos algo que nos guste o sencillamente necesitemos, etc. Son señales inequívocas de que algo anda mal, de que el tiempo, al menos, el dedicado "a una misma" escasea. En mi caso, desde mi época de estudiante cuando pasaba algo muy heavy en mi vida -desde prueba coeficiente dos hasta el día de mi boda- y el stress me comía por dentro (mientras yo por fuera también me lo comía todo de pura ansiedad), me daba ataque con cuática al colón. Era, como dice una colega la señal de "luces rojas" o mi propio "Houston, we have a problem".
Hoy - cuando enfermarme yo misma se ha convertido en un lujo que según mis hijas y mi pega no me puedo dar- mis episodios de máxima demanda quedan de manifiesto simplemente por no haber hecho catarsis en este blog por más de un mes... ergo, ahora
Ni se piensen que no he necesitado escribir, que va!, al revés, he requeterequerido desahogarme, y por eso mismo es que no lo he hecho: el tiempo, el ánimo, el sueño, el trabajo, y un largo etc. me lo han impedido.
Y aquí estoy, frente al computador (nuevo, por lo demás, cuyas teclas y su distribiución aún no acabo de comprender) con el síndrome de la hoja en blanco, bueno, la pantalla en blanco para ser más rigurosa. Tantas cosas que decir que ya ni se por donde empezar, me siento total y absolutamente sobrepasada.
Vengo llegando de un viaje de pega a Europa (que suerte, dirán algunas... no se engañen por favor!). Digo llegando porque si bien llevo una semana en Chilito, no he tenido tiempo ni para revisar las fotos. Me bajé el lunes del avión y ese mismo día en la tarde ya estaba en onces familiares, repartija de regalo y obviamente, sacándole el jugo a mis hijas y mi marido, que quedaron probablemente con hematomas después de tantos abrazos. Al día siguiente, en la pega produciendo, organizando un megaevento del trabajo para ese mismo jueves y leyendo contra el tiempo los paper del diplomado, mientras llamaba a Help porque los pollos chicos tienen rinofaringuitis otra vez y mi jefa me retaba (con justa razón) por llegar a las 10 de la mañana en vez de a las 9:30. Flor!
Para peor, en la oficina todos me miran con cara de envidia, como si hubiera vuelta recientemente de vacaciones en alguna isla paradisiaca del Caribe; y no de conocer a full en apenas dos semanas todo lo que pude sobre la materia de la pasantía y los clichés de Barcelona, Madrid y París (la torre, el arco, la Sagrada Familia, etc, etc, etc. Y sí, son bonitas, sí, los franceses son guapos y cochinos y no, no me subí a la eiffel, al vi de afuerita no más).
Hacer todo y hacerlo bien. Ufff, víctima de mi propia trampa de nuevo. Como dice el refrán popular, quien mucho abarca, poco aprieta, o poco disfruta, como sería mejor dicho en mi caso. Europa fue intenso, bonito, enriquecedor, pero vamos, que hasta ahí no más llego.
La vuelta, como ya les decía, tampoco ha sido de miel sobre hojuelas. Tengo sueño, nunca me terminé por acostrumbrar al horario, y 17 días después, cuando ya sentía que lo lograba, me vine de vuelta.
Allá, uds. me entenderán, trataba de conectarme a las hora en que las niñas acostumbraban verme llegar -19:00 app. hora chilena- lo que daba un plazo fatal de la 1 de la mañana en "las Europas". Y a la mañana siguiente reunión. Qué decir cuando se me ocurría esperar a mi marido, me daban las 3 de la madrugada sin problemas. Sacrificado?, no, el sacrificio habría sido no verlas a la hora que al menos para ellas, era la de siempre.
Acá, back to reality, me dan ganas de dormirme a las 10 de la noche (imaginarán la felicidad de mi esposo, pucha que fome la señora que le mandaron de vuelta de España!!) y me da hambre a las horas más increíbles.
Mi jefa, con un hijo más grande y sin marido que atender, anda como lechuga. "Dormí todo el fin de semana", me comentó el otro día. A un niño de 13 años debe ser más fácil explicarle que la mamá está cansada que a dos guaguas de 3 y 1, supongo.
Y esto me lleva a la reflexión de hoy (que manera de darme vueltas, no???, para que vean que ando dispersa). Las mujeres somos, a ratos, muy pocos solidarias, primero con nosotras, y segundo, porqué no reconocerlo, con el resto del género. Tenemos mala memoria, olvidamos cómo era cambiar pañales con rapidez; indicamos con tono de reproche la mancha de leche en la blusa de la colega que amamanta antes de entrar a reunión; no entendemos cómo si las guaguas se despiertan temprano, la madre de las mismas no llega antes de las 8:00 a la oficina, porque claro, invisibilizamos el ritual previo a cada salida. Y vamos más allá: tratamos de suelta a la soltera que, oh envidia, tiene todo su derecho a pasarla bien e irse de carrete hasta que se le apague la tele; o de superficial a la que se puede gastar toda la plata del sueldo en ropa; o de irresponsable a la que se hace un test de embarazo toda urgida en el baño de la pega porque tuvo una "noche loca" con el novio.
Somos tan duras con nosotras y entre nosotras que a ratos, damos susto. Nos ha costado tanto llegar a donde estamos (y nos falta aún tanto para lograr igualdad de sueldos, de reconocimientos, de cargos públicos, de responsabilidades, y nuevamente, un largo etc.) que nos defendemos como leonas entre leonas; en vez de hermanarnos, de cobijarnos, de regalar y recordar que nosotras, algún día, estuvimos o estaremos exactamente donde está la mujer que tenemos justo al lado.
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martes, 6 de julio de 2010
viernes, 4 de junio de 2010
Soy mamona, y qué
Hace rato no escribía... No fue por falta de ganas, de temas, de inspiración... No, básico: fue falta de tiempo. Por la pucha que es escaso este bien! y no, no soy yo no maestro, es el mal del siglo XXI y hasta donde veo, afecta en menor o mayor medida a la humanidad casi completa. Si ya parece pandemia la tontera (aunque la OMS nunca se ha pronunciado al respecto). Sí, un mal que a las que nos dividimos en 3 (o 4,5,6,10), nos afecta con cuática.
Recapitulemos, estoy colapsada: En exactamente una semana más me voy a España (acá es donde un tercio me mira con cara de incredulidad, el otro tercio con cara de envidia, y el resto descorcha una botella de champaña y me felicita... bueno, probablemente menos de un tercio y lo de la botella de champaña es too much).
Y sí, claro, estoy contenta, por primera vez en mi vida y recién a las 31 cruzo el Atlántico. Sé que: es una oportunidad enorme, debo estar agradecida, me voy gastos pagos (aunque es sabido que los viáticos en el ámbito académico son harto discretos), son "apenas" dos semanas y estas experiencias no se dan muchas veces en la vida; o al menos no para la clase media de este país que prioriza la educación de los pollos chicos, el dividendo y la compra de un auto más grande apenas se pueda (¿han tratado de sentar a la abuela, la hermana, la niñera o a quien se sea en medio de las dos sillas de bebé del vehículo?. Es como los concursos de sábado gigante donde había que adivinar cuántos energúmenos apretujados cabían dentro del mini).
Ya, estamos claros con eso (el agradecimiento, la oportunidad, la gran experiencia, la pata de la guagua, la cacha de las espada y todas esas vainas). Pasemos a lo siguiente... igual tengo pena.
Sí, me han pintado que estar dos semanas sin hijas, marido, pañales, reuniones de apoderados, compras en el súper, idas a la librería por los útiles, noches haciendo plumeros, visitas al pediatra, al vacunatorio, a la casa de mis suegros y un largo etc. equivalen a una suerte de estadía junto a los dioses del Olimpo, a horas de spa, a la un all inclusive en las termas de la felicidad plena. Pero estos últimos días me he sentido infernal. Paso de la efervescencia del viaje, al stress de tener que dejar 48 cosas listas antes de partir -desde la comida de los perros hasta la quién va a llevar y traer a la Ale del jardín- y a eso, claro, se suma la melancolía enorme que me da cada vez que abrazo a mis hijas.
Las pobres, de 1 y 3 años, no cachan mucho porque la mamá hace un par de semanas las apreta tan fuerte, tanto rato, le dio por olerles el cuello y despedirse cuatro veces de cada una antes de salir.
Mi consuelo: la más chica ya dio sus primeros pasos (me daba un síncope si se largaba a caminar conmigo a miles de kilómetros), y ya tengo todo más o menos organizado para el día del papá (en el Jardín la mayor hará fijo alguna manualidad a base de cono de papel confort, ya tengo el regalo oficial comprado y coordinamos con la niñera toda la dinámica de entrega). Pero no sé, me siento media disfórica o bipolar de a ratos. Estoy dichosa!!!!, pero tengo ganas de llorar...Lo peor de todo, es que la gente (acá no divido en tercios, el 100% me ha dicho lo mismo), comenta que tengo que estar enferma de la cabeza por sentirme así antes de partir a Europa, que cuando vea la Sagrada Familia en vivo y en directo se me va a pasar "la tontera", que basta una ida a Desigual a comprar lo que en Chile llegará recién en 5 meses más para reirme sola, que la culpa no va con las mujeres del siglo XXI, que hay que ser profesional, que las niñas van a estar bien (como si eso bastara para no extrañarlas) y que no soy imprescindible en la casa (juro que eso no tiene nada que ver, ya expliqué que la Carolita las cuida mejor que yo y que mi marido es un 10 en las laboras hogareñas).
No soy yo la bipolar, es esta sociedad. Pasamos de un extremo a otro. Antes, las mismas personas que ahora cuestionan mi "mamonismo", me habrían apedreado en la calle por dejar negligentemente a mis hijas pequeñas sin su madre por dos eternas semanas. Hoy, reconocer que las voy a extrañar, es juzgado como un signo de debilidad en un mundo donde las mujeres prácticamente hemos tenido que masculinizarnos para poder competir (o intentar competir) de igual a igual frente a los hombre en el desalmado mercado laboral.
Y sí, voy a ser feliz de tapas por Madrid, voy a ser profesional mientras dure la pasantía y voy a sobrecogerme cuando me pare frente a la Sagrada Familia, pero saben por qué?, porque voy a pensar en la mía, en MI familia. Y en que si bien, se abre ante mi un viaje maravilloso, sería aún mejor si pudiera contemplarlo a través de los ojos de quienes más quiero... Quizás, por el momento, es mucho pedir recorrer Europa abrazada de mi marido mientras las pollos estiran sus manitos para indicar todo aquello que les llama la atención. Pero no es tanto pedir un poco de empatía maternal y solidaridad de género. O sí?
Viva el spot de chocapic!
Recapitulemos, estoy colapsada: En exactamente una semana más me voy a España (acá es donde un tercio me mira con cara de incredulidad, el otro tercio con cara de envidia, y el resto descorcha una botella de champaña y me felicita... bueno, probablemente menos de un tercio y lo de la botella de champaña es too much).
Y sí, claro, estoy contenta, por primera vez en mi vida y recién a las 31 cruzo el Atlántico. Sé que: es una oportunidad enorme, debo estar agradecida, me voy gastos pagos (aunque es sabido que los viáticos en el ámbito académico son harto discretos), son "apenas" dos semanas y estas experiencias no se dan muchas veces en la vida; o al menos no para la clase media de este país que prioriza la educación de los pollos chicos, el dividendo y la compra de un auto más grande apenas se pueda (¿han tratado de sentar a la abuela, la hermana, la niñera o a quien se sea en medio de las dos sillas de bebé del vehículo?. Es como los concursos de sábado gigante donde había que adivinar cuántos energúmenos apretujados cabían dentro del mini).
Ya, estamos claros con eso (el agradecimiento, la oportunidad, la gran experiencia, la pata de la guagua, la cacha de las espada y todas esas vainas). Pasemos a lo siguiente... igual tengo pena.
Sí, me han pintado que estar dos semanas sin hijas, marido, pañales, reuniones de apoderados, compras en el súper, idas a la librería por los útiles, noches haciendo plumeros, visitas al pediatra, al vacunatorio, a la casa de mis suegros y un largo etc. equivalen a una suerte de estadía junto a los dioses del Olimpo, a horas de spa, a la un all inclusive en las termas de la felicidad plena. Pero estos últimos días me he sentido infernal. Paso de la efervescencia del viaje, al stress de tener que dejar 48 cosas listas antes de partir -desde la comida de los perros hasta la quién va a llevar y traer a la Ale del jardín- y a eso, claro, se suma la melancolía enorme que me da cada vez que abrazo a mis hijas.
Las pobres, de 1 y 3 años, no cachan mucho porque la mamá hace un par de semanas las apreta tan fuerte, tanto rato, le dio por olerles el cuello y despedirse cuatro veces de cada una antes de salir.
Mi consuelo: la más chica ya dio sus primeros pasos (me daba un síncope si se largaba a caminar conmigo a miles de kilómetros), y ya tengo todo más o menos organizado para el día del papá (en el Jardín la mayor hará fijo alguna manualidad a base de cono de papel confort, ya tengo el regalo oficial comprado y coordinamos con la niñera toda la dinámica de entrega). Pero no sé, me siento media disfórica o bipolar de a ratos. Estoy dichosa!!!!, pero tengo ganas de llorar...Lo peor de todo, es que la gente (acá no divido en tercios, el 100% me ha dicho lo mismo), comenta que tengo que estar enferma de la cabeza por sentirme así antes de partir a Europa, que cuando vea la Sagrada Familia en vivo y en directo se me va a pasar "la tontera", que basta una ida a Desigual a comprar lo que en Chile llegará recién en 5 meses más para reirme sola, que la culpa no va con las mujeres del siglo XXI, que hay que ser profesional, que las niñas van a estar bien (como si eso bastara para no extrañarlas) y que no soy imprescindible en la casa (juro que eso no tiene nada que ver, ya expliqué que la Carolita las cuida mejor que yo y que mi marido es un 10 en las laboras hogareñas).
No soy yo la bipolar, es esta sociedad. Pasamos de un extremo a otro. Antes, las mismas personas que ahora cuestionan mi "mamonismo", me habrían apedreado en la calle por dejar negligentemente a mis hijas pequeñas sin su madre por dos eternas semanas. Hoy, reconocer que las voy a extrañar, es juzgado como un signo de debilidad en un mundo donde las mujeres prácticamente hemos tenido que masculinizarnos para poder competir (o intentar competir) de igual a igual frente a los hombre en el desalmado mercado laboral.
Y sí, voy a ser feliz de tapas por Madrid, voy a ser profesional mientras dure la pasantía y voy a sobrecogerme cuando me pare frente a la Sagrada Familia, pero saben por qué?, porque voy a pensar en la mía, en MI familia. Y en que si bien, se abre ante mi un viaje maravilloso, sería aún mejor si pudiera contemplarlo a través de los ojos de quienes más quiero... Quizás, por el momento, es mucho pedir recorrer Europa abrazada de mi marido mientras las pollos estiran sus manitos para indicar todo aquello que les llama la atención. Pero no es tanto pedir un poco de empatía maternal y solidaridad de género. O sí?
Viva el spot de chocapic!
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